Raymundo Riva Palacio.

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ER. TIEMPO: Aquella terrible noche de mayo. La redacción de Excélsior se sacudió casi a las siete de la noche del 30 de mayo de 1984, cuando Luis Soto, colaborador de Manuel Buendía, habló para informar que lo acababan de asesinar. Quince días antes del crimen, después de una cena en el restaurante Las Mercedes en  la Zona Rosa, cerca de su oficina, le dije: “Don Manuel, mejor me cruzo la calle porque es un peligro caminar junto a usted”. Todos rieron pensando que eso nunca sucedería. La mañana del jueves 31 de mayo chocaba con la realidad. La noticia principal en Excélsior, donde escribía, empezaba: “Manuel Buendía, el periodista que dedicó su vida a la defensa de las causas que carecían de voz, que abogó desde su tribuna contra los poderosos y los intocables con una pluma crítica y honesta, fue acallado ayer por la tarde de cinco tiros por la espalda, uno de ellos al corazón. El más influyente columnista político de todos los tiempos moría tirado en una banqueta en la avenida Insurgentes, ante la vista morbosa de decenas de personas que no sabían la relevancia de ese crimen y lo que significó para la vida pública de México”. Buendía siempre llevaba una pistola con sus iniciales en la cintura, y solía decir entre sonriente y echado para adelante, como era: “A mí, para matarme, me tendrán que matar por la espalda, porque si me atacan de frente me llevaré a varios”. Buendía fue asesinado a la hora del crepúsculo por un agresor que, con indudable conocimiento que portaba un arma, le bajó la gabardina que llevaba puesta a la mitad de los brazos para inmovilizarlo y le disparó a quemarropa. La llamada de Soto a Excélsior no fue la primera. Tan pronto le informaron que Buendía estaba tendido en la calle con varios balazos, habló con Miguel López Azuara y Carlos Ferreyra, director y subdirector de Notimex, respectivamente, con quienes también colaboraba, quienes le sugirieron le hablara a José Antonio Zorrilla Pérez, jefe de la Dirección Federal de Seguridad, íntimo amigo de él, y cuya oficina estaba a escaso un kilómetro. Junto con él, varios comandantes de la DFS llegaron en minutos a la oficina de Buendía y por órdenes del secretario de Gobernación, Manuel Bartlett, se llevaron expedientes del voluminoso archivo que tenía Buendía. ¿Qué buscaban? Se comenzó a saber muchos años después.

Ilustración: EjeCentral

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DO. TIEMPO: Un irritante para los poderosos. Cuando fue asesinado, Manuel Buendía acababa de cumplir 58 años. Muy pocos políticos, periodistas e intelectuales le regateaban méritos, aunque entre estos últimos estaba Julio Scherer. Temido, pero respetado, su obsesión por encontrar todas las trampas que hacía el gobierno de Estados Unidos para someter a México llevó a John Gavin, entonces embajador del presidente Ronald Reagan, a referirse privadamente a él como Manuel Malanoche. Las relaciones de Buendía eran extensas en todos los niveles de la vida pública, aunque sobresalía la frecuencia con la que dos de los más notables secretarios de Estado en la historia de los gabinetes, Jesús Reyes Heroles de Gobernación, y Bernardo Sepúlveda Amor de Relaciones Exteriores, lo procuraban. Sus nexos con los hombres de poder nunca fueron de subordinación. En una ocasión, Buendía habló en su influyente columna “Red Privada”, que el gobierno de José López Portillo preparaba una nueva política y prometía la segunda parte al día siguiente. Reyes Heroles llamó al entonces director de Excélsior, Regino Díaz Redondo, y lo amenazó: “Si publican la segunda parte habrán revelado un secreto de Estado y el gobierno tomará represalias”. Díaz Redondo le habló a Buendía y tras comentarle lo dicho por el secretario de Gobernación, le dijo: “Son las cinco don Manuel. Si a las siete usted no me ha hablado, publicaremos la segunda parte y afrontaremos las consecuencias”. Buendía habló a las siete de la noche para decirle a Díaz Redondo: “va en camino otra columna”. Buendía era admirado, respetado y también odiado. Sus enemigos incluían personas e instituciones sobre las que había escrito de manera sistemáticamente crítica, aunque con nadie llegó a tener temores como con la organización ultraderechista Los Tecos, de la Universidad Autónoma de Guadalajara, que tenía una organización secreta de choque. Su preocupación llegaba al extremo que cuando iba a Guadalajara, era el único lugar donde lo protegía un equipo de seguridad. Los Tecos nunca hicieron nada contra él, y tampoco dejó de escribir sobre ellos. Otra figura poderosa, el gobernador de Guerrero, Rubén Figueroa Figueroa lo amenazó públicamente, lo que motivó una movilización de apoyo que concluyó en una tumultuosa reunión en el hotel El Diplomático, se conoció como “el desayuno del desagravio”. Buendía tenía tantos flancos abiertos que no le pareció de alta relevancia retomar en su columna un mes antes de su muerte una denuncia de los obispos del Pacífico sobre la penetración del narcotráfico en las estructuras del poder. Pero eso sería un punto de inflexión.

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ER. TIEMPO. Crimen de Estado. En abril de 1984, se publicó en Excélsior la noticia de que los obispos del Pacífico habían denunciado en una carta la penetración del narcotráfico en la política. A Manuel Buendía le pareció que el tema era relevante y reprodujo la denuncia de los obispos. La publicación sacudió al interior del gabinete de Miguel de la Madrid. El 30 de mayo de 2007 publiqué en la columna “Estrictamente Personal” un informe secreto elaborado por un equipo de investigación, bajo la responsabilidad de Samuel del Villar, que era asesor de De la Madrid, que afirmaba que el verdugo del columnista había sido un militar, cuya orden de matarlo se dio tras una reunión presidida por el entonces secretario de la Defensa, general Juan Arévalo Gardoqui, donde estuvieron presentes funcionarios de la Secretaría de Gobernación y un proveedor de armas de la Defensa, ante el temor, señalaba, que el columnista tuviera información del involucramiento de altos miembros del gobierno con el narcotráfico y la fuera a publicar. Aquel informe describió al ejecutor como un joven delgado y de corte militar, que era como habían descrito al asesino de Buendía testigos entrevistados por el reportero de Excélsior la noche del crimen. Nunca se mencionó a ningún militar involucrado en el homicidio, pero el informe de Del Villar tenía una foto del militar, presunto asesino material, cuyo cuerpo fue encontrado en Zacatecas con 120 puñaladas, tres días después de la muerte de Buendía. Eventualmente, el exdirector de la extinta Dirección Federal de Seguridad, José Antonio Zorrilla Martínez, fue condenado como autor intelectual del crimen, y uno de sus agentes, Manuel Ávila Moro, cuya fisonomía no cuadraba con la descripción del asesino que dieron varios testigos del crimen, fue sentenciado como autor material. El informe de Del Villar mencionaba a Ávila Moro como la persona que esperó en la esquina al asesino para ayudar en la huída en motocicleta, y días después, un reportero de Excélsior, amigo del influyente político y conocedor de las cañerías del país, Javier García Paniagua, recibió una llamada de él en la que le comentó que la motocicleta que se había utilizado en el crimen estaba estacionada en la Dirección Federal de Seguridad. Treinta y seis años después, el crimen de Buendía sigue siendo un enigma sobre las razones por las que se decidió su asesinato y quiénes, a nombre de quién, lo ejecutaron. Zorrilla Pérez siempre lo negó y se mantiene callado. Fue un crimen de Estado en aquellos prolegómenos violentos de la narcopolítica. 

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