Raymundo Riva Palacio.

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ER. TIEMPO: Los matazetas. El 20 de septiembre de 2011, frente a la Plaza Américas en Boca del Río, una de las más concurridas en la zona del Puerto de Veracruz, amanecieron tirados los cuerpos de 35 miembros de Los Zetas, todos con antecedentes penales. Pocas horas después comenzó a circular un video de cuatro minutos y medio donde una voz en off reivindicaba la ejecución y se decían parte del Cártel Jalisco Nueva Generación. Con ese episodio comenzó la toma de Veracruz por la entonces crecientemente poderosa organización, que en una extraña sintonía con la Marina, contribuyó al exterminio de Zetas en el estado y a un detente entre ellos. El video tenía algunas claves que siguen hoy sin resolverse, como los cuerpos bien formados por el entrenamiento de los siniestros ejecutores que aparecían en el video, algunos con uniformes tácticos y fusiles FAL, que en ese entonces ninguna organización criminal usaba, que actuaron conforme al inicio de un operativo estatal de la Marina para enfrentar a Los Zetas. El Cártel Jalisco Nueva Generación surgió tras la muerte de Ignacio Coronel en Guadalajara en 2010, abatido por el Ejército en su casa, a donde llegaron por un tip. Desde entonces se ha señalado que Coronel, quien tenía el control de las plazas de Jalisco y Colima para el Cártel de Sinaloa, había sido traicionado por uno de sus viejos amigos, Joaquín El Chapo Guzmán, quien a la vez había reclutado a Nemesio El Mencho Oseguera, que era el jefe de sicarios de Coronel. Su responsabilidad incluía el control del Cártel del Milenio, liderado por Óscar Nava Valencia, y cuyo principal negocio eran las drogas sintéticas, cuyos precursores y materiales les llegaban de China por el puerto de Manzanillo. Al morir Coronel y ser capturado Nava Valencia por otro tip extraño, se creó un vacío y una escisión entre dos grupos, Los Torcidos, dirigidos por El Mencho, y La Resistencia, que fue debilitándose por la captura de sus jefes. De ellos dos surgió el Cártel Jalisco Nueva Generación, que se fue apoderando del territorio que habían controlado los hermanos Beltrán Leyva en toda esa región y quedándose con las rutas de las metanfetaminas y los laboratorios en Jalisco para producirlas. Curiosamente, como sucedió en Veracruz, cuando inició el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto, sirvieron también como instrumento, a través de sus miembros en Michoacán, para infiltrar y controlar los grupos de autodefensa que surgieron en Tierra Caliente y aniquilar a La Familia Michoacana y Los Caballeros Templarios, como antes habían hecho con Los Zetas en Veracruz.

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DO. TIEMPO: Los cuinis. La integración de grupos paramilitares en Michoacán para protegerse de la Familia Michoacana y de su sucesora, Los Caballeros Templarios, avalados, protegidos e incluso armados por el naciente gobierno de Enrique Peña Nieto, se convirtió pronto en una pesadilla que estuvo a punto de quebrar al estado y convertirse en una especie de guerra civil. El gobierno peñista quiso corregir el error cometido, pero fue muy tarde. El haber utilizado, aunque fuera inopinada o informalmente al Cártel Jalisco Nueva Generación para hacer operaciones de limpieza de otras organizaciones criminales, los empoderó. El cártel se construyó con una estructura jerárquica bien establecida y altamente disciplinada, con áreas profesionales en términos militares y propaganda –que se distinguió por ser empática con la gente al prometer que combatirían a los grupos que les provocaban miedo y muertes–, pero sobre todo en el campo financiero, que manejaba el cuñado de Nemesio El Mencho Oseguera, el jefe de la organización, Abigael El Cuini González Valencia. González Valencia no era un advenedizo en el negocio, y su familia se había transformado de productores de aguacates a innovadores narcotraficantes. Su organización criminal nació mucho antes de que El Mencho figurara en los anales criminales, en los 70, cuando su tío, José Valencia, cambió la siembra tradicional de la familia por mariguana y amapola en el municipio Aguililla, donde un familiar había sido alcalde. La organización se bautizó como el Cártel del Milenio y bajo el mando de Armando Valencia se expandió en los 90 de Michoacán a Jalisco, Colima y Nayarit, vinculándose al Cártel de Medellín, encabezado por Fabio Ochoa, quien junto con sus hermanos contribuyeron a esa maquinaria de drogas y dinero que había encabezado Pablo Escobar. Buscado afanosamente por la DEA, el gobierno mexicano finalmente detuvo a El Cuini en Puerto Vallarta en febrero de 2015, lo que significó un muy fuerte golpe para el Cártel Jalisco Nueva Generación, del que se llegó a pensar no se recuperaría. El Cuini era el cerebro financiero y se mantenía con un perfil muy bajo, que lo llevó incluso a ofrecer 50 millones de pesos a unos policías sólo para que no lo presentaran en televisión. Presionadas por los estadounidenses para ir tras Los cuinis, las autoridades mexicanas continuaron pegando en la estructura financiera de la organización. Al año siguiente de la detención de Abigael, capturaron a su hermano Gerardo en Uruguay, y en 2017 a José en Brasil. Pero la organización ya era muy poderosa. 

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ER. TIEMPO: El desafío al Estado. El gobierno de Enrique Peña Nieto contribuyó al crecimiento del Cártel Jalisco Nueva Generación y terminó convirtiéndolo en un monstruo que lo desafió y al que nunca pudo doblegar. Durante su administración asesinó a policías federales en emboscadas, derribó un helicóptero militar cuando quisieron detener a su líder, Nemesio El Mencho Oseguera, el 1 de mayo de 2015, y lo dejó como legado criminal imparable al gobierno de Andrés Manuel López Obrador. El Departamento de Justicia de Estados Unidos lo considera una de las cinco organizaciones criminales trasnacionales del mundo, junto con el Cártel de Sinaloa, la Mara Salvatrucha MS-13 salvadoreña, el Clan del Golfo colombiano que opera en la peligrosa región de Urabá, y Hezbolá de Líbano, responsable de traficar toneladas de cocaína, metanfetaminas y fentanilo a Estados Unidos, así como la causante de centenares de muertes en México. Las autoridades estadounidenses han registrado su presencia en al menos 24 de las 32 entidades mexicanas –un crecimiento de 300% en menos de siete años- con operaciones en los principales mercados de consumo de drogas en esa nación, dominantes junto con el Cártel de Sinaloa en Los Ángeles, Miami, Atlanta, Denver y San Diego, con extensión a Tijuana. El periódico The Washington Post esta semana, y hace dos en The Wall Street Journal, reflejaron la preocupación en Estados Unidos sobre el cártel con amplios reportajes en sus primeras planas. En el Post enfocaron en la violencia del Cártel en contra de las élites, donde han asesinado a un juez federal, intentado matar a dos secretarios de Seguridad Pública, acribillado a decenas de policías y a miles de civiles, incluido un alto número de ciudadanos estadounidenses. Lo difundido en esos medios tiene que ser tomado como llamada de atención por el gobierno de López Obrador. No son gratuitas ni fortuitas esas informaciones tan desplegadas, sino un síntoma de lo que están pensando en Washington. Las presiones ya comenzaron para recortar todas sus fuentes de ingreso y acelerar las extradiciones para irlo frenando y que durante el reacomodo estratégico de los cárteles en México, no salgan más fortalecidos. Sin embargo, el Cártel se sigue extendiendo en México, aliándose con lo que quedó del Cártel de Tijuana y con una fracción del Cártel de Juárez, y está luchando por el control del robo de combustible y rutas de distribución de droga en El Bajío con el Cártel de Santa Rosa de Lima. El Cártel Jalisco Nueva Generación no parece tener límites, y el gobierno de López Obrador, como el de Peña Nieto antes, parece estar rebasado por un poder que quiere estar a su par y que hasta el momento, ha demostrado ser incluso superior. 

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