Raymundo Riva Palacio.

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ER. TIEMPO. Cuando estuvieron a punto de cancelar. Después de la debacle económica del gobierno del presidente José López Portillo, cuyo sexenio estuvo envuelto en abusos, nepotismo y múltiples señalamientos de corrupción, Miguel de la Madrid llegó con una promesa a la Presidencia: la renovación moral. De la Madrid comenzó con un programa para combatir la corrupción, que incluyó estrictas reglas de normatividad dentro de la administración pública y la creación de lo que hoy es la Secretaría de la Función Pública. En abril de 1983, tras una invitación del presidente Ronald Reagan para que hiciera una visita de Estado a Washington, las cancillerías trabajaron el viaje y un encuentro en la Casa Blanca, que quedó programado para el 15 de mayo. De la Madrid viajó el 14 de mayo, el mismo día que el columnista Jack Anderson publicó en el Washington Post que, de acuerdo con un informe de la CIA, los expresidentes Luis Echeverría y José López Portillo, habían robado del erario entre 300 y mil millones de dólares el primero, y entre tres mil y cinco mil millones el segundo. La comitiva mexicana no lo registró, y al embajador en Washington, Jorge Espinoza de los Reyes tampoco le pareció relevante. Preparaban el gran día, pero se despertaron con una bomba, revelada por el mismo Anderson en el Post: según la CIA, De la Madrid tenía 162 millones de dólares en un banco suizo, sugiriendo corrupción. La columna provocó una crisis en la delegación mexicana. Hubo quien sugirió cancelar la cita con Reagan, programada a las 11 de la mañana, pero se desechó rápidamente la idea. Se planteó cancelar el desayuno al día siguiente con la señora, en ese entonces dueña del Post, pero se pensó que no era conveniente. De la Madrid acudió a la cita y Reagan fue muy violento. No se refirió a la columna, pero era innecesario; llegó debilitado. Reagan cuestionó la creación del Grupo Contadora, en enero de ese año, que lograría frenar la invasión de Estados Unidos a Nicaragua. “México se está comportando de una manera irresponsable, queriendo apagar el fuego con gasolina”, espetó Reagan. De eso se trataba la filtración a Anderson, colocar de rodillas al mexicano en la Oficina Oval. Tiempo después se supo todo. El dinero existía, pero no era del presidente, sino recursos extraoficiales recaudados por la ONU para apoyar a Nelson Mandela, que acababa de asumir la Presidencia de Sudáfrica. México había abierto la cuenta ex profeso, para entregárselo.

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DO. TIEMPO: El bravucón y la patanería. El 14 de febrero de 1979, poco más de dos años después de que José López Portillo y James Carter asumieron las presidencias de sus países, el jefe de la Casa Blanca pisó México en visita de Estado. Las relaciones no estaban en su mejor momento, por fuertes diferendos en materia energética. El gobierno mexicano había negociado con las empresas estadounidenses la venta de gas natural a precios más competitivos que lo que pagaban a los canadienses, pero el secretario de Energía, James Schlesinger, con la venia de Carter, se interpuso y lo bloqueó. El secretario de Relaciones Exteriores, Santiago Roel, fue a hablar con él en Washington, y la patanería de Schlesinger, que había sido jefe de la CIA y secretario de Defensa, fue patente desde que entró a su despacho y lo recibió con los pies sobre la mesa. Eso fue lo de menos. Gritos y manotazos se dieron los dos, en lo que parecía el final de esa negociación. Las cosas se despresurizaron lo suficiente para mantener la visita de Carter a México, pero desde el primer momento no caminaron bien. Nadie del gobierno fue a recibirlo al aeropuerto, como mandaba el protocolo en esa época, salvo el embajador estadounidense Patrick Lucey. Después, en la comida que le ofreció el gobierno en la cancillería, López Portillo afirmó: “No hemos puesto nuestra amistad a prueba y todavía tenemos que decidir qué estamos dispuestos a hacer de nuestra relación. La podemos ver como problemática o podemos pensarla como conflictiva”. El discurso fue interpretado como un regaño para Carter, quien optó por no replicarle, y recordar en cambio, en un atropellado discurso con toque personal, cuando en una visita como turista a México, hospedado en el Hotel Majestic del Zócalo, tuvo una experiencia con “la revancha de Moctezuma”, como traducen coloquialmente la diarrea. Le fue muy mal en México y Estados Unidos. Cuando se despidió 48 horas después, le dijo a López Portillo que había aprendido mucho de él y que lo consideraba su amigo. Tan pronto se fue, López Portillo exclamó: “¡Me lo chingué”. López Portillo no sabía que Carter había tenido con él una cortesía. Un mes antes, tras dos años de revolución en Irán, el viejo aliado de Estados Unidos, el sah Mohamed Reza Pahlevi se había exiliado, y el 11 de febrero, el gobierno provisional, colapsó. En la Casa Blanca propusieron cancelar la visita a México, pero en la víspera, Carter dijo no y la llevó a cabo, aunque su mente estaba en Teherán. 

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ER. TIEMPO: Cuando había, aunque no lo creíamos, un gabinete. La visita anunciada a Washington para que se reúnan los presidentes Andrés Manuel López Obrador y Donald Trump ha recordado mucho, en la crítica por lo inoportuno de ella, la que hizo el estadounidense al presidente Enrique Peña Nieto en 2016. Las objeciones son las mismas, ¿por qué reunirse con él en medio de la campaña presidencial? Pero como dice López Obrador, es diferente a Peña Nieto. Tiene razón por diferentes motivos. Peña Nieto no quería reunirse con Trump, pero el entonces secretario de Hacienda, Luis Videgaray, lo convenció, pese a las objeciones de la canciller, Claudia Ruiz Massieu, y el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong. En esta ocasión, el único miembro del gabinete que ha expresado sutilmente opiniones sobre un mal momento para realizarla es el canciller Marcelo Ebrard, porque el resto ni opinión tienen al respecto. A Peña Nieto le provocó una crisis en el gabinete que afectaría incluso la correlación de fuerzas internas de cara a la sucesión presidencial. López Obrador no tiene ese problema. Está lejos la sucesión presidencial y tiene todo el poder en su equipo y el partido para decidir a quién quiere de sucesora o sucesor, cuando menos en estos momentos. A diferencia del gabinete de Peña Nieto, el de López Obrador es mudo y obsequioso. A diferencia de Peña Nieto, López Obrador no escucha a los pocos que les presta atención. Videgaray convenció a su jefe de que era mejor hablar con Trump para matizar sus fuertes declaraciones sobre México y buscar que su belicosidad en materia de migración se redujera. Nadie convence a López Obrador, quien, a diferencia de Peña Nieto y Videgaray, que veían estratégicamente el encuentro, él lo ve como una muestra de apoyo a Trump en este momento que lo necesita. Peña Nieto y Videgaray calcularon tener más positivos que negativos en el largo plazo, mientras que López Obrador no piensa en el largo plazo, sino únicamente que Trump, que se ha portado muy bien con él, necesita que vaya a darle un espaldarazo. López Obrador dice públicamente que no será una visita político-electoral, pero entiende perfectamente, y por eso la hará, que de eso se trata. Quiere que Trump se reelija. Videgaray calculó que si Trump ganaba —en las encuestas estaba muy cerrada la contienda con Hillary Clinton—, esa visita ayudaría a México. Hoy, Trump está 10 puntos abajo de su contendiente demócrata Joe Biden, pero no le importa. Los resultados serán su juez final. 

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