Raymundo Riva Palacio.

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ER. TIEMPO: La primera víctima, la globalización. En marzo de 2004, el profesor Samuel Huntington escribió en el bimensual conservador The National Interest sobre la desnacionalización de las élites en Estados Unidos, donde los hilos que conectaban a una sociedad
—idioma, cultura, religión e identidad patriota— habían sido puestos de lado para participar en la economía global, el comercio y la migración internacional y promover sus valores en el mundo. Ya no había un interés nacional, sino varios y no una, sino muchas prioridades. Se les había ido la memoria, escribió Huntington, advirtiendo que la desnacionalización continuaría mientras se profundizaba la globalización económica. Huntington no vivió para ver esas “almas muertas”, como definía a los desnacionalizados, iban a vivir un proceso totalmente inesperado, el Covid-19, la pandemia que puso de cabeza a la globalización. Tras el estallamiento de la alerta sanitaria en Wuhan, donde se encuentra uno de los polos de desarrollo científico más importantes de China, el gobierno pudo contenerla casi dos meses. Pero al salir de las murallas militares que confinaron a 140 millones de chinos, se expandió velozmente por el hemisferio norte. La mayoría de las naciones afectadas fueron las más interconectadas por el tráfico de personas y por el comercio. El virus llegó a Europa encerrado en empresarios, como también sucedió en Estados Unidos. Golpeó el norte de Italia, la zona industrial y rica de ese país y se expandió a velocidad sin precedente en Nueva York, donde se encuentra la ciudad más cosmopolita del mundo. La primera lectura era que estaba infectando a quienes eran ricos o relativamente ricos, porque ellos fueron quienes primero cayeron. Si uno veía dónde se conectaba el virus con el mundo se topaba con Seúl, Tokio, Hong Kong, Singapur, Londres, Milán, París, Frankfurt, Nueva York, las mecas financieras. Los empresarios y los turistas se convirtieron en potenciales portadores del virus, transportados en aviones. Alrededor de 100 sobrecargos de American Airlines, una de las grandes compañías aéreas de Estados Unidos, fueron infectadas; 600 de Southwest, que los llevó de los grandes aeropuertos estadounidenses por toda la Unión Americana. En Air Canada, un sólo vuelo entre Frankfurt y Toronto dejó infectados a ocho sobrecargos. El diario The Wall Street Journal dedicó un amplio reportaje a la élite mexicana que se fue de vacaciones de invierno a Vail. Más de 500 “afluentes mexicanos”, muchos de las élites financieras y empresariales estuvieron en Vail, reportó el diario, y al menos 50 regresaron con el coronavirus. Uno de ellos, José Kuri Harfush, sigue grave. Otro, Jaime Ruiz Sacristán, presidente del Consejo de Administración de la Bolsa Mexicana de Valores, murió el domingo pasado por las complicaciones del coronavirus.

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DO. TIEMPO: El virus no distingue clase social. El coronavirus se extendió rápidamente a través de las principales rutas comerciales que interconectan al mundo. Eso motivó a tonterías de políticos oportunistas como el gobernador de Puebla, Miguel Barbosa, quien le dijo a la gente que los pobres no tenían que preocuparse, pues el virus sólo atacaba a los ricos. ¿Qué pensarían en Dharavi, en los suburbios de Mumbai, la más grande y principal de las ciudades perdidas de Asia? Ahí vive un millón de personas, todos muy pobres y muchos de ellos inmigrantes. El gobierno ha reforzado hasta con violencia el encierro para contener el número de muertos por la pandemia que lleva mil muertos en todo Mumbai. Dharavi les preocupa mucho por la densidad de población —280 mil por kilómetros cuadrados, contra, para ilustrar, seis mil personas en la Ciudad de México— y las condiciones miserables en las que viven. Por ejemplo, hay un excusado por cada mil 440 residentes. El coronavirus no es una enfermedad de ricos, pero sí ha subrayado las diferencias entre las clases sociales. Un estudio del Brookings Institute, muy cercano a los demócratas y con sede en Washington, dibujó perfectamente esas diferencias en Estados Unidos. Quienes viven con lo que reciben cada semana de salario, en la escala baja de la economía laboral, no pueden trabajar desde su casa, como sucede con quienes están en la parte alta de esa escalera. Esta diferencia no es menor, pues el distanciamiento social para evitar contagiar y ser contagiado funciona de manera diferente. Los primeros tienen que arriesgar su salud porque si no lo hacen, no comen. Los segundos pueden seguir comiendo sin arriesgarse. Visto en quintiles de ingreso, el 79% de quienes se encuentran en el quintil más alto evitan ir a lugares públicos o restaurantes, mientras que eso lo puede hacer sólo el 59% del quintil más bajo. Visto en enfermedades asociadas con mayor posibilidad de infección, la diabetes, segunda morbilidad de alto contagio después de la hipertensión, la padece el 21.7% del quintil más bajo, mientras que esa enfermedad sólo impacta en 7.3% del más alto. La alimentación también cuenta. Igualmente, quienes ganan más van a mejores escuelas y pueden mantener sus cursos en línea. Quien no tiene para pagar esas escuelas, perderá el año escolar o le costará mucho recuperarse. No ha sido fortuito, como reveló The New York Times, que la mayor incidencia de letalidad por el Covid-19, en comparación con los anglosajones, hayan sido los africanos.

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ER. TIEMPO: ¿Sobrevivirá el ciudadano global? Hay dos lados de la moneda de la globalización, reflexionó Mie Oba, profesor de la Universidad de Tokio, en un artículo para la revista The Diplomat, que circula en el Lejano Oriente. “En el lado positivo está el flujo de gente transfronterizo, los bienes, el dinero y la información que crean una nueva riqueza y oportunidad”. Y agregó: “En el lado negativo puede exacerbar disparidades globales, posibilitar el terrorismo internacional, el crimen transfronterizo y permitir la rápida diseminación del virus”. Lo primero sigue siendo un tema de élites. En su recordado ensayo, Samuel Huntington estimaba que a ese grupo privilegiado pertenecían 20 millones de personas en el 2000 —40% de ellas estadounidenses— y que probablemente el número se duplicaría para 2010. “Lo que ellos poseen está implicado en la noción de cosmopolita”, observó. “Son sofisticados, urbanos y universales en su perspectiva y compromisos éticos”. Habitan una “burbuja sociocultural” aparte de las culturas individuales de las naciones, y se comunican con una versión de ciencia social del inglés que ha sido etiquetada como global speak (“hablar global”). Huntington los llamó “Los Hombres de Davos”, en relación a la élite del mundo empresarial que cada año se reúne en el Foro de Davos en los Alpes de la Suiza alemana, que describió como “trabajadores de cuello dorado” o “cosmócratas”, empoderados por las nuevas nociones de la conectividad global. “Algo que la globalización ha hecho”, dijo uno de los consejeros de la multinacional agrícola estadounidense, Archer Daniels Mi-dland, “es transferir el poder de los gobiernos al consumidor global”. Ese mundo, descrito en el reporte de Brookings Institution como el de quienes, de trabajo o esparcimiento se conectan vía Zoom, que tienen “horas felices” en línea mientras hacen cuarentena, que piden suministros de comida y bebida que les entregan en la puerta de su casa y almacenan todo lo que puedan o no necesitar, provocando desabasto, está extinguiéndose. Esa integración selectiva camina a ser más amplia. Esa internacionalización está enfrentándose, en desventaja, con el renacimiento de los nacionalismos. La globalización se confronta con restricciones migratorias y freno al comercio global. ¿Ha muerto el Hombre de Davos? Los síntomas sociopolíticos y económicos del Covid-19, son claros. Y no parece haber cura para ello. 

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