Raymundo Riva Palacio.

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ER. TIEMPO: La infodemia llegó para quedarse. En 1917, el senador estadounidense Hiram Warren Johnson, refiriéndose a los sucesos en la Primera Guerra Mundial, declaró: “La primera víctima en una guerra es la verdad”. En la guerra contra la Covid-19, la primera víctima, en buena parte gracias a Facebook, fue la verdad. La propia Organización Mundial de la Salud la llamó hace meses como “infodemia”, mediante la cual describía un alto volumen de información falsa que quedaba sembrada en la gente y no pocas veces era difundida por los medios. La infodemia se ha convertido en una palabra casera, y tanto el presidente Andrés Manuel López Obrador, como su zar del coronavirus, el subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell, la han utilizado para desacreditar medios y periodistas. López-Gatell, en la racional del gobierno al que representa, añadió pinceladas ideológicas a la definición. “El odio y con ello la fobia y la discriminación están cimentados en una combinación tóxica de ignorancia y miedo”, dijo hace no mucho. “No debemos caer en la trampa de creer a la primera, si no hay una verificación por otras fuentes que lo que se ve ahí es real”, advirtió. “Hay muchísimas maneras de manipular y es útil hacer una reflexión y decir: ‘qué información es creíble y qué no’. Todos los días platicarlo con amigos o la familia para tener los pies en la tierra y poder seguir actuando de esa manera”. La primera víctima de la guerra contra la pandemia, fue en efecto, la verdad. El mismo López-Gatell es una demostración de ello. Dijo que el presidente resistiría la Covid-19 por su enorme fuerza moral, avaló que López Obrador mostrara amuletos y motivos religiosos a la nación como un escudo contra el virus y que la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, dijera que ella se protegía con nanomoléculas de cítricos. Afirmó que los cubre bocas eran innecesarios, y predicó con el ejemplo, y que de nada servía hacer pruebas para detectar personas con Covid. La pandemia no es tan letal como la influenza, le permitió decir al presidente, y que recomendara a la gente salir a la calle y besarse, como él mismo lo hizo para demostrar que el coronavirus no les preocupaba. Ahora el subsecretario está indignado porque en los medios mexicanos y extranjeros le cuentan los muertos y los contagios por Covid, y afirma que la infodemia mata. También la superchería y las mentiras para reforzar las medidas de prevención contra el contagio. Que no se le olvide al subsecretario, cuando le llegue el tiempo de rendir cuentas.

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DO. TIEMPO: Infodemia, la marca de la casa. Desde que andaba en campaña presidencial, Andrés Manuel López Obrador marcó lo que sería una constante durante su gobierno: frases simpáticas y pegajosas, pero falsas. La mejor hasta ahora, por la forma como penetró y sirvió más de dos años después de ser acuñada, fue aquella de “ni Obama lo tiene”, en referencia al avión presidencial que utilizaba el entonces presidente Enrique Peña Nieto, y al que señalaba el candidato López Obrador como tan lujoso, que ni siquiera el Air Force One que utiliza el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, valía lo que el mexicano. Siempre fue mentira esa comparación, pero no importó, al lograr su propósito político que aún le da rédito. Desde entonces muchas han sido sus afirmaciones que no tienen sustento con la realidad. El año pasado, cuando el crecimiento iba en picada, López Obrador dijo que no era cierto e incluso apostó con la prensa a que crecería México más de 2%; el crecimiento fue de casi cero por ciento. Con todos los indicadores a la baja, afirmó que la economía iba bien, y que entregar dinero directo a los más pobres sin pensar en políticas industriales o apoyos a empresas, era un modelo tan exitoso que en el mundo seguirían su ejemplo. Darles dinero mediante programas sociales como sembrar árboles, pero sin ser parte de la Población Económicamente Activa, lo encajó dentro de la estadística de generación de empleos, que dijo crecerían dos millones este año, que de lograrse sería como duplicar lo que nunca se ha podido generar, ni en época de bonanzas. La fortaleza del peso contra el dólar la adjudicó al éxito de su política económica, aunque se trataba de las altas tasas de interés. Ha anunciado que Pemex produce cada vez más, y que la inversión extranjera directa está llegando como nunca antes, lo que cruzado con la propia información oficial, es una mentira. Presume que el consumo va para arriba cuando, de hecho, entre enero y junio cayó 22 por ciento. No importa la realidad, porque en política lo que más ayuda es la percepción. Por eso no trastabilló cuando dijo que no robar, no mentir y no traicionar ayudan a evitar el Covid. Igual que cuando sostuvo que puede haber temblores, hambrunas, inundaciones, incendios, malos gobiernos y corrupción, pero México saldrá adelante porque lo salva su cultura, que por cierto es milenaria, porque esta nación no se fundó en 1325, según el calendario mexica, sino hace 10 mil años, cuando en palabras de López Obrador, mientras pastaban los búfalos en lo que hoy es Nueva York, aquí ya existía la imprenta y había universidades.  

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ER. TIEMPO: Cuando todo era más fácil. Gobernar, dijo una vez Andrés Manuel López Obrador, no requiere gran ciencia. También se requiere ciencia para sacar petróleo, porque es como perforar un pozo para extraer agua. Por eso también los aviones se repelen, según el asesor en aeronáutica del presidente, o ante la queja de cancelación de computadoras en la Secretaría de Economía, el presidente responde que no hay razón para lamentos, pues parafraseando a Vicente Riva Palacio, a la nación no se le cobra, se le debe. Después de todo, José María Morelos y Pavón no necesitaba una laptop, dijo el Presidente, quizás pensando en la redacción de los Sentimientos de la Nación. Las verdades no se le dan a este gobierno que se queja de infodemia en ojo ajeno, pero que ha tenido un comportamiento sistemático de mentiras. La curva de la pandemia del coronavirus, afirma, se está aplanando y la están domando, de la misma forma como la violencia en este país iba a tener un cambio a los 100 días, y a los seis meses habrían revertido la tasa de homicidios dolosos. Todo era un asunto de dar abrazos y no balazos, pero cuando se les exigió dar balazos, el gabinete de seguridad decidió que sus comandos dejaran en libertad a Ovidio Guzmán, el hijo de Joaquín El Chapo Guzmán, para que no hubiera un derramamiento de sangre, y meses después el Presidente dijo que la orden de liberarlo no había sido de ellos, sino de él. López Obrador violó el Código Penal, y su secretario de Seguridad, Alfonso Durazo, fue pillado en una mentira, porque testificó en el Congreso, bajo juramento, que esa orden la dieron de manera colegiada, no el Presidente. Las palabras no se las ha podido llevar el viento. Cancelaron un aeropuerto con un 30% concluido porque estaba consumiendo un lago ya seco desde hace 200 años, y cancelaron proyectos de energías limpias porque contaminaban el paisaje. Son defensores del medio ambiente, pero construyen refinerías y suprimen proyectos de energías limpias. Son democráticos pero cancelan inversiones multimillonarias con votaciones a mano alzada y referéndums con multitudes que, metafóricamente, caben en un puño. “No crean que tiene mucha ciencia el gobernar”, dijo una vez López Obrador. “Eso de que la política es el arte y la ciencia de gobernar no es tan apegado a la realidad. La política tiene más que ver con el sentido común, que es el menos común, eso sí, de los sentidos”. Se ve. 

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