Raymundo Riva Palacio.

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ER. TIEMPO: En México, una copia de Orbán. Ocho años antes de que Andrés Manuel López Obrador ganara la Presidencia, en Hungría apareció un político cuya actitud aportaba una cartografía de lo que veríamos en México más adelante. Viktor Orbán ganó las elecciones en 2010 y desde que se convirtió en primer ministro comenzó un proceso de involución política inspirado en Vladimir Putin, quien ha desarrollado un modelo autoritario bajo la máscara de una democracia nacionalista no liberal. Es decir, donde el estado de Derecho no es parte del credo del líder, ni la división de poderes, ni las libertades. Orbán ha construido una democracia “iliberal” basada en su conservadurismo y valores cristianos que acomoda siempre a lo que mejor le convenga. Con la crisis de la pandemia del Covid-19, Orbán ha buscado, como otros líderes de diferente credo en el mundo, sacar provecho político. El 20 de marzo el parlamento húngaro le otorgó el derecho a gobernar por decreto para enfrentar al coronavirus, aprovechando la debilidad del Parlamento por el debilitamiento al que lo sometió Orbán o el miedo de muchos legisladores a enfrentarlo. López Obrador está gobernando por decreto y, todavía con más espacio que su colega húngaro para maniobrar, está llevando a cabo acciones antes de tener las leyes. Para empatar sus decisiones autoritarias con la ley, ordena al Congreso y al Senado a sesionar únicamente para que se aprueben las cosas que él dice. Orbán era un disidente durante el régimen comunista, como López Obrador lo era durante el régimen controlado por el PRI y el PAN. En ambos casos, desprecian y atacan el sistema anterior. Orbán ha debilitado al Poder Judicial
—López Obrador tiene en el presidente de la Suprema Corte, Arturo Zaldívar, un aliado incondicional, aún a costa de su prestigio—, y ha golpeado a universidades y la academia para aniquilar a la oposición crítica, como lo ha hecho López Obrador, quien como su colega en Hungría, también ha tratado de golpear sistemáticamente a la prensa para neutralizarla o para apoderarse de ella. Este tipo de líderes, hijos de la crisis financiera global de 2008 y 2009 han florecido en el mundo, como Hugo Chávez y Nicolás Maduro en Venezuela, Jaroslaw Kaczynski en Polonia o el propio Donald Trump en Estados Unidos. López Obrador no está solo en el mundo, tiene amigos que cada vez son más.

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DO.TIEMPO: Lo que yo digo es universal. La Copa del Mundo de Futbol en Sudáfrica fue el momento de gloria para España, que derrotó a Holanda en una agónica final. Pero en Corea del Norte eso nunca existió, y para los norcoreanos, quien obtuvo el trofeo fue Portugal que, sólo para no olvidar, nunca lo ha conseguido. Lo que sí fue cierto es que Corea del Norte se enfrentó a Portugal en la fase de grupos, donde los portugueses se dieron un festín. El encuentro era transmitido por la televisión norcoreana, pero cuando Tiago anotó el cuarto gol se acabó la transmisión del partido, por lo que los norcoreanos nunca supieron que perdieron 0-7. Para que la derrota no pasara a los anales del nacionalismo norcoreano como una vergüenza, el régimen de Kim Jong-un decidió que el ganador de la Copa del Mundo fuera Portugal para construir la percepción de haber perdido sólo con el mejor, y convertir una goleada en la gloria. Kim Jong-un, tan distinto del presidente Andrés Manuel López Obrador, no lo es tanto en el tema de la propaganda. Lo diferente es que en Corea del Norte todo está cerrado y en México no puede aplicar la censura, por lo abierto que es. Pero igual que en el Mundial de Futbol, López Obrador resaltó el aplauso al final de una reciente reunión global de productores de petróleo, como si hubiera sido para la secretaria de Energía, Rocío Nahle, en reconocimiento a su trabajo como negociadora. La realidad es que el aplauso era para el acuerdo petrolero en general, no para Nahle, quien, al contrario, fue muy criticada por su bajo nivel técnico y negociador. Hace unos días, López Obrador dijo otra de sus grandes frases, al decir que en el mundo sabían como México estaba “dominando” al Covid-19. La prensa extranjera, por el contrario, no deja de recordar que cuando avanzaba el virus en México y todo el mundo iba al distanciamiento social, él pedía abrazarse y besarse porque no pasaba nada. Lo que ha reconocido el mundo es cómo el narcotráfico ocupó espacios de gestión social que correspondía llenar al Estado, en la distribución de despensas, su obcecación a mantener política económica de recorte al gobierno —El Señor Tacaño lo llamó el sábado The Guardian— o la forma como quiere enfrentar la crisis, y el Financial Times dijo poco antes que el Presidente ha tenido “respuestas fallidas y un comportamiento errático” para enfrentar la pandemia. Nadie ha dicho nada, menos elogiado que México ha “domado” al coronavirus, un dicho como aquel en el que Portugal ganó la Copa del Mundo en Sudáfrica.

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ER.TIEMPO: México y Brasil, de la mano. Históricamente, la relación política y diplomática entre México y Brasil ha sido difícil porque los dos países han disputado por décadas el liderazgo de América Latina. Las cosas no han cambiado mucho, en ese sentido, pero sí se han transformado en cuanto a las analogías que cada vez más frecuentes se hacen de Andrés Manuel López Obrador y Jair Bolsonaro. El diario The New York Times registró en su momento cómo mientras los líderes latinoamericanos tomaban medidas de distanciamiento social, López Obrador y Bolsonaro estimulaban a la gente a hacer lo contrario. José Miguel Vivanco, director de Human Rights Watch para América Latina, dijo recientemente que los dos han intentado “minimizar, ignorar” e incluso burlarse de la pandemia del coronavirus con una actitud “increíblemente irresponsable”. Los dos tienen enorme escozor a la crítica o a que haya quien les quite reflectores o atente contra su poder centralizado. Bolsonaro le declaró la guerra —valoración hecha por The New York Times— a los gobernadores de Río de Janeiro y San Pablo por haber tomado acciones unilaterales para limitar drásticamente el movimiento de la gente. López Obrador se enfrentó con los gobernadores del centro y el norte del país que hicieron lo mismo. Bolsonaro decía que la pandemia era “un truco” de la prensa, mientras López Obrador afirmaba que se había exagerado la alarma del coronavirus en el mundo. Bolsonaro comparaba el Covid-19 con la influenza y López Obrador decía que su impacto era menor que, precisamente, la influenza. Ambos ven a la prensa como su gran enemigo, y sistemáticamente tratan de desacreditarlos. Bolsonaro ha enfocado sus ataques en Patricia Campos Mello, del influyente Folha de Sao Paulo, una periodista con larga experiencia en conflictos internacionales que dice que sólo en su país ha tenido que necesitar guardaespaldas. López Obrador tiene un mayor menú de periodistas y medios a los que hostiga casi diariamente y provoca linchamientos en las redes sociales y un creciente odio. A los dos les gusta la polarización y el enfrentamiento. Los dos viven sus realidades alternas, aunque siempre, hasta ahora, la verdadera realidad los ha alcanzado.  

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