Raymundo Riva Palacio.

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ER. TIEMPO: La prensa golpista. Entre más se le complican los asuntos de la Nación, más referencias hace el presidente Andrés Manuel López Obrador de la prensa que llama “fifí”, a la que acusa siempre de ser opositora porque añora las prebendas que el viejo régimen, le dispensaba. Con el paso de las semanas y el incremento en las críticas a su gobierno, ha recurrido constantemente a las analogías con la prensa que enfrentó el presidente Francisco I. Madero, asesinado junto con el vicepresidente José María Pino Suárez en 1913, tras un golpe de Estado perpetrado por el jefe militar Victoriano Huerta. López Obrador tiene una fijación con ese momento de la Historia y se compara enormemente con Madero. Un golpe de Estado animado por la prensa ronda permanentemente en su cabeza y en la de sus operadores públicos de la propaganda gubernamental. López Obrador tiene una parte de razón cuando traza las comparaciones, al hacerlas de manera general con la prensa en el maderismo. Su obsesión contra el periódico Reforma parecería encontrar asidero histórico en El Mañana, que representaba, como escribió en su obra sobre el tema Jesús Méndez Reyes (“La prensa opositora al maderismo, trinchera de la reacción, El caso del periódico El Mañana”) a “los diferentes grupos que crecieron a la sombra del porfiriato (que) vieron desmoronarse un castillo pletórico de canonjías y privilegios cuando los ‘sombrerudos del norte’ encabezados por un empresario joven e idealista, obtuvieron la renuncia del perenne ejecutivo de hacía 33 años”. Ese diario fue fundado y dirigido por Jesús M. Rábago, que encabezó la oposición a Madero para dar a conocer las grandezas del porfiriato y hacer notorios los problemas y los yerros del maderismo”. Méndez Reyes piensa que la prensa opositora sí jugó un papel importante en la caída del régimen maderista para que el sector que fue desplazado política y económicamente, volviera por sus fueros. Hay literatura que refuerza la idea de López Obrador sobre el papel golpista de la prensa durante el maderismo, pero también hay opiniones contrarias. Arnaldo Córdova, un intelectual comunista que participó en las luchas por su legalización y en sus últimos años de vida, simpatizó con López Obrador, rechazó en una vieja entrevista en Proceso en 2000 esa afirmación. “No es que lo golpeara”, dijo. “Simple y sencillamente lo llamaba a que se diera cuenta de que estaba metido en medio de una Revolución y tenía que actuar en consecuencia. Fueron causas mucho más directas las que llevaron a su caída. El complot en la Embajada (de Estados Unidos), y el golpe del jefe del Ejército. En eso (la prensa) no influyó”.

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DO. TIEMPO: Los factores de un golpe. El videógrafo de Andrés Manuel López Obrador y uno de sus más conspicuos propagandistas, Epigmenio Ibarra, le tendió una alfombra roja en una reciente entrevista, cuando mencionó que la prensa estaba de mal talante. Está más allá, interrumpió Ibarra, está en “la conspiración, en el golpismo”. López Obrador retomó su analogía preferida sobre la prensa en el breve gobierno de Francisco I. Madero, hace más de un siglo, y aseguró que hoy no existen condiciones. En efecto, como declaró el último de los grandes intelectuales de izquierda, Arnaldo Córdova, las partes centrales del golpe de Estado contra Madero fue, por un lado, la intervención directa del embajador de Estados Unidos en México, Henry Lance Wilson, quien tenía intereses en la industria petrolera, que tras promover el levantamiento de varios generales, incluido Bernardo Reyes –padre de Alfonso Reyes, autor de la Cartilla Moral que hoy usa López Obrador en su cruzada de evangelización–, forjó el Pacto de la Embajada con los generales Victoriano Huerta y Félix Díaz, para derrocar al Presidente. Y por el otro, que no haya descabezado las cúpulas militares del porfirismo, sino premiado a uno de sus generales, Huerta, haciéndolo responsable del Ejército. Madero estaba enfrentado con intereses políticos y económicos del porfirismo, pero, como afirma quien lo ve como alter ego, no hay hoy condiciones para un golpe. Su relación con el gobierno de Estados Unidos es de sumisión, no de confrontación, y si bien está enfrentado con los empresarios –la clase política esta completamente aplastada por él-, no hay una ruptura institucional. El Ejército está de su lado con poder, presencia y recursos como nunca en la historia de México, y el jefe de las Fuerzas Armadas, general Luis Cresencio Sandoval, no era la propuesta de su antecesor, Salvador Cienfuegos, sino el penúltimo en promoción, de los 22 generales de tres estrellas viables para el cargo, y quien menos relaciones tenía con los altos mandos en Lomas de Sotelo. López Obrador nunca menciona en sus referencias golpistas de la prensa que también hubo un auge periodístico previo a la Revolución, como narra Jaime Eduardo Figueroa en su tesis doctoral en la Universidad de Sevilla (2010), “como parte de una estrategia propagandística que buscaba dar a conocer la importancia del cambio de gobierno” y que presentó a Madero “como el candidato que lograría las reformas que habrían de conducir a una mejora de la situación política, económica y social del país. Madero usó la prensa que canalizaría el mensaje”, y si fuera hoy su lucha, habría recurrido a “las benditas redes sociales”.

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ER. TIEMPO: La propaganda subliminal. Un error de Francisco I. Madero, sostienen varios historiadores, no fue no haber creado una red periodística a su favor que contrarrestara los ataques de la prensa o neutralizara lo que se convirtió en la peor arma política en su contra: los moneros. Cuando el presidente Andrés Manuel López Obrador traza las analogías de lo que vivió Madero con la crítica y lo que experimenta él, omite que en esos errores estratégicos no ha caído. Desde mucho antes de llegar al poder, López Obrador ha tenido apoyos importantes dentro de la prensa que salieron del clóset, como elementos orgánicos, al llegar a Palacio Nacional. Cuenta con una prensa construida por su vocero Jesús Ramírez Cuevas, como el periódico Regeneración, y un grupo de portales impulsados por su grupo, que también ha creado la RedAMLO en las plataformas digitales. Cuenta con el corazón de los moneros de La Jornada, que dirige Carmen Lira, su triple comadre, encabezados por Rafael Barajas, el talentosísimo El Fisgón, que encabeza el Instituto de Formación Política de Morena —donde se procesa las candidaturas avaladas por López Obrador— con sus dos lugartenientes, los también talentosos Antonio Helguera y José Hernández, quienes hacen la mancuerna propagandística para, con sus ingeniosos trazos, descalificar y atacar a cuantos osen mirar a otro lado que el de su jefe político. Madero, como recuerda Jaime Eduardo Figueroa en su tesis doctoral, tuvo como uno de los factores de su caída los rumores, que fueron usados como arma política y propagandística. López Obrador y su equipo los han manejado para atacar a opositores y disidentes. Han desarrollado con enorme destreza lo que Fred Landis, un académico chileno-estadounidense describió en su tesis de doctorado sobre la guerra sicológica y las operaciones de medios en Chile de 1970 a 1973, la colonización de medios —en América del Sur y otras naciones de la región, quien colonizó fue la CIA— diseminar desinformación y utilizar propaganda divisiva para crear conflictos artificiales dentro de la sociedad. Lo que han hecho los lópezobradoristas es prácticamente una copia del Manual de Operaciones Sicológicas del gobierno de Estados Unidos que sugiere entre sus muchas cosas crear alarma, inventar amenazas, inyectar miedo, incertidumbre y búsqueda de una esperanza. López Obrador no es Madero. Aquel presidente fue ingenuo. El actual es todo lo contrario. 

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