Raymundo Riva Palacio.

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ER. TIEMPO: Hace tanto tiempo que somos racistas. En aquellos años cuando la televisión en México era en blanco y negro, Pedro Vargas —quien nació en San Miguel de Allende, de padres campesinos y que puso su maravillosa voz de tenor al servicio del canto popular— hablaba sobre el color de su piel y, en ese entonces, por el contexto y la realidad, parecía broma cuando decía que se iba a dar baños de leche para que cuando fuera a Sanborns no lo discriminaran. Era una denuncia poderosa que nunca encontró eco en nadie. Pocos años después de su muerte, en 1989, el tema del racismo en México seguía siendo un debate nonato y un problema intocado. Se daban casos como en un restaurante italiano en Polanco, que sigue siendo exitoso: le negaron la entrada a una chica que ayudaba con el trabajo en casa a una señora que le pareció común llevarla a comer con ella. La señora podía entrar, pero no quien trabajaba con ella. La señora se fue, como también lo hicieron varios comensales que atestiguaron la acción del gerente. El racismo era claro, mezclado con el clasismo. Las cosas no han cambiado mucho en el fondo. Yalitza Aparicio, una indígena mexicana que contra las condiciones adversas fue superándose y llegó a una cima cuando el director de cine Alfonso Cuarón la convirtió en material de nominación del Oscar a la mejor actriz por su actuación en Roma, ha sido víctima de ataques rabiosos en las redes sociales desde que surgió a la fama. Un actor de telenovelas, Sergio Goyri, la llamó “pinche india”, porque había sido nominada para el Oscar, y cuando figuraba para una nominación en los Ariel, la máxima presea del cine mexicano, hubo varias artistas que hicieron cabildeo para que no la nominaran. ¿Razones objetivas? Ninguna. El color de su piel, su origen, la incapacidad para entender que, en el fondo, el racismo y el clasismo mexicano viene en la cultura como un pecado de origen. Aparicio enfrentó más odios este año, cuando escribió en The New York Times un artículo sobre los derechos de las trabajadoras domésticas, tras su notable actuación en Roma. Escribió sobre la discriminación en México, que como consecuencia fue lapidada en las redes sociales con mensajes racistas y clasistas. Cuando fue portada en la revista Vanity Fair, anónimamente escribieron en Twitter: “Aunque la mona se vista de seda…”. Como dijo Areli Ramírez, profesora en la Universidad Iberoamericana, a la BBC de Londres: “Yalitza Aparicio se vuelve objeto de lo peor que tiene el país”. Sin duda.

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DO. TIEMPO: La lucha interminable de Rincón Gallardo. Aunque el revisionismo histórico esté ahora en busca de un espacio diario en la opinión pública, hay cosas que por más se quieran borrar no se podrán lograr, porque siguen vigentes y son referentes inescapables. Gilberto Rincón Gallardo es, en el contexto reaccionario de la actualidad, una figura que retoma fuerza política y moral ante el desprecio politiquero del presidente Andrés Manuel López Obrador que, en un arrebato, desconoció al Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación y pidió que desapareciera. Rincón Gallardo se eleva más alto y más lejos que López Obrador, en objetivos y miras. Rincón Gallardo, uno de los comunistas más congruentes que ha tenido este país, cuya lucha por las libertades lo llevó a Lecumberri en 1968 y en 1971. Pisó la cárcel en más de 30 ocasiones adicionales, mientras López Obrador militaba en el PRI, en una época cuando el partido en el poder perseguía a comunistas que peleaban la apertura democrática. Rincón Gallardo fue uno de los grandes precursores de la transición democrática y de sus reformas de segunda generación, como la creación del Conapred del que fue su primer presidente en 2003. Rincón Gallardo había sido víctima él mismo de la discriminación, víctima de una malformación congénita que le había deformado sus brazos y sus manos y que, sin embargo, había vencido en la vida cotidiana. Solía recordar, cuando salía el tema de manera marginal, cómo su madre lo había animado a vencer la discapacidad obligándolo a abrocharse las agujetas al decirle que, si no era capaz de hacerlo, jamás podría hacer nada por sí mismo en la vida. En 2008, Eduardo Vázquez Marín, que conoció a Rincón Gallardo al ingresar al Partido Comunista, escribió en Letras Libres un retrato del viejo comunista como homenaje y agradecimiento por haber formado a una generación de jóvenes inquietos, que concluía: “Vivió y murió recordándonos a todos la existencia de un mundo profundamente injusto al que nuestros ojos se acostumbran y frente a cuyo dolor la sensibilidad social opta muchas veces por la indiferencia, reivindicando la existencia y los derechos de los olvidados”. En los últimos días, la obsesión ególatra de López Obrador ha querido borrar los derechos de los olvidados e ignorar la lucha de Rincón Gallardo. No puede. La realidad siempre es más fuerte que López Obrador, y el legado de Rincón Gallardo y su auténtica lucha por esos olvidados, más poderosa que la retórica efímera del Presidente en turno. 

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ER. TIEMPO: La geografía tiene clases sociales. Hace unos días, el senador Germán Martínez, neolópezobradorista, declaró en la radio que la Ciudad de México estaba dividida por la Calzada de Tlalpan, como una especie de frontera entre una sociedad de primera y una de segunda. En términos racistas, la definición se puede aplicar. En el oriente de la capital, en los municipios mexiquenses conurbados, donde se encuentran las ciudades dormitorios más grandes del país, se encuentran grupos de apoyo de diversas comunidades indígenas, que reciben a los suyos para protegerlos de esta cruel ciudad que los discrimina todo el tiempo. El 40% de ellos, mayores de 15 años, presentan rezago educativo (la media capitalina es 8.4%), y 5.5% no saben leer ni escribir (contra el 1.1% promedio en la ciudad), según la Encuesta Intercensal 2015. El 20% de los mexicanos, por si hubiera dudas, jamás rentarían nada a un indígena. La discriminación se potencia por el color de la piel, como reveló la Encuesta Nacional sobre la Discriminación del Inegi de 2017, donde siete de cada 10 personas de tez morena afirmó ocupar los puestos más bajos en sus trabajos. El racismo y la discriminación no se frenan al poniente de la Calzada de Tlalpan. A nivel nacional, uno de cada cinco mexicanos mayores de 18 años, declaró haber sido objeto de discriminación, pero no en estados donde la retórica hueca marca diferencias entre blancos y morenos, sino en lugares como Puebla, Guerrero y Oaxaca, que tienen un alto componente indígena, que ocupan tres de los cuatro primeros lugares de discriminación. Hay un fenómeno más complejo que no permite trazar líneas generales sobre quién discrimina más. El clasismo y el racismo está extendido y enraizado en todo el país. Nueve de cada 10 trabajadoras domésticas —la denuncia de Yalitza Aparicio—, no tienen prestaciones laborales, y dos de cada 10 mujeres reciben menos salario que un hombre que haga el mismo trabajo. Los discapacitados, por los que tanto luchó Gilberto Rincón Gallardo, siguen sufriendo. El 50% afirma que sus derechos no le importan a la sociedad y tiene mucho de razón: 23% de los mexicanos, no vivirían con una persona discapacitada. La discriminación toca a la comunidad lésbica, gay y transgénero, que después de los indígenas, son el grupo más discriminado en México. El racismo y la discriminación es transversal y voltear a verlo cuando la coyuntura política induce, no lleva a ningún lado salvo a seguir, parafraseando a Eduardo Vázquez Marín, seguir ignorando los derechos de los olvidados. 

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