Raymundo Riva Palacio.

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ER. TIEMPO: La hora de los demagogos norteamericanos. Desde finales de marzo el diagnóstico estaba claro en México y Estados Unidos. La Deutsche Welle, la radio alemana financiada por el gobierno, hacía un análisis de los líderes populistas americanos a partir de su manejo sobre la Covid-19 y la crisis económica. En él reflejaba la preocupación de que Donald Trump y Andrés Manuel López Obrador llevaran adelante sus intenciones de minimizar la pandemia para abrir sus economías. Un empresario y un enemigo de ellos coincidían en planes. Además, en conceptos, ideas y formas de ver al mundo. Cuando se dio el primer caso de coronavirus en Estados Unidos, Trump dijo que tenía “totalmente todo bajo control”. Cuando esa misma semana avanzaba la pandemia, López Obrador afirmó que México era de los países “más preparados y con menos riesgos por la afectación de este virus”. La realidad es que desde hace casi un mes Estados Unidos es el epicentro de la pandemia y México ha ido avanzando en el ranking mundial de contagios y decesos con nuevos casos diarios. Casi un mes después, con la enfermedad avanzando en sus países, los dos mostraban un optimismo sin sustento. “El coronavirus está controlado en Estados Unidos”, decía Trump. “Los mercados se empiezan a ver muy bien”. López Obrador alegaba: “Ha resistido nuestra economía, sobre todo el peso. Aguantó esta primera etapa de ‘propaganda’ sobre el coronavirus. Estoy seguro de que esto se va a normalizar. Se va a estabilizar. Es un asunto mundial, pero cada vez van a estar más tranquilos los mercados; ese es mi pronóstico”. La Bolsa en Estados Unidos estuvo a punto de tener a un crack similar al de 1929, y las pérdidas registradas rompieron los récords históricos. En Estados Unidos la crisis provocó el desempleo de más de 40 millones de trabajadores, y en México la contracción de la economía será, cuando menos, de 8% con una destrucción de cientos de miles de trabajos. La negación de la realidad era continua, a decir por las evidencias sociales, económicas y médicas, pero los dos seguían declarando. “El número de personas infectadas va a ser sustancialmente bajo”, afirmaba Trump. En 15 días, añadió el 26 de febrero, “va a estar en cero”. López Obrador dijo que la pandemia estaba “domada”. En Estados Unidos hay casi dos millones de casos confirmados, una tercera parte de la suma mundial, y más de 110 mil decesos. En México hay más de 110 mil casos y más de 13 mil decesos. Los hechos contra las palabras.  

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DO. TIEMPO: De milagros y abrazos. Usualmente la verdad no es lo que importa, sino la forma como se cuentan las cosas. Hechos contra narrativa se ha convertido en el juego de la política moderna en varios países y con un creciente número de líderes. Donald Trump en Estados Unidos, y Andrés Manuel López Obrador, son dos de los principales exponentes de narrativa contra hechos, de percepciones frente a datos. La semiótica en la política es parte de su esencia. La crisis sanitaria por el coronavirus los ha puesto frente al espejo y reflejan lo mismo. Por ejemplo, en cuanto al distanciamiento social. Trump estaba decidido a terminar con el confinamiento para la Semana Santa. Ya había declarado que no creía que la dispersión del coronavirus era “inevitable”, como afirmaba su zar de coronavirus, el doctor Anthony Fauci, y que para abril iba a desaparecer por “milagro”. Sus mejores argumentos en ese momento eran las comparaciones contra la influenza. “El año pasado murieron 37 mil estadounidenses de influenza, en promedio entre 27 mil y 70 mil por año”, decía Trump a principios de marzo. “Nada se cierra y la vida y la economía continúan. En este momento hay 546 casos confirmados de coronavirus y 22 muertes”. López Obrador dijo el 28 de febrero, al reportarse el primer caso de Covid-19 en México: “Estamos preparados para enfrentar el coronavirus. No es, según la información que se tiene, algo terrible, fatal. Ni siquiera es equivalente a la influenza”. Tres semanas después decía que él les iba “a decir cuándo no salgan, pero si pueden hacerlo y tienen posibilidad económica, sigan llevando a la familia a comer, a los restaurantes, a las fondas”. Durante dos meses y medio, Trump minimizó la amenaza de la Covid-19 e ignoró las advertencias de sus asesores sobre el potencial de la pandemia con diversas mentiras. López Obrador afirmaba que para enfrentar al coronavirus, él tenía otras cosas. “El escudo protector es como el detente”, dijo. “El escudo protector es la honestidad, eso es lo que protege, el no permitir la corrupción. Detente enemigo, que el corazón está contigo”. El zar del coronavirus, el subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell, reforzaba el disparate: “La fuerza del Presidente es moral, no es una fuerza de contagio. Casi sería mejor que padeciera coronavirus porque lo más probable es que se va a recuperar y va a quedar inmune”. La fe por encima de la ciencia.

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ER. TIEMPO: El enemigo jurado, el mensajero. No es nada raro lo que sucede con los líderes populistas. Como los autócratas, aún en democracias como México y Estados Unidos, nunca hay admisión de error o culpa y siempre se busca quién la pague. La mayoría de las veces son los medios de comunicación. Donald Trump ha estado embarcado en una guerra contra los medios desde antes de iniciar siquiera su gobierno. Sus principales enemigos han sido The New York Times, de quien dice “es un periódico decadente”, y CNN, con cuyo corresponsal en la Casa Blanca, Jim Acosta, se ha enfrentado abiertamente. “Los medios de noticias falsas están haciendo todo lo posible por hacernos ver mal”, reitera Trump. “La prensa es muy deshonesta en cómo reportan el manejo (del coronavirus) y estos periodistas verdaderamente lastiman a nuestro país”. El presidente Andrés Manuel López Obrador ha seguido el mismo camino, atacando a medios y periodistas casi a diario con descalificaciones y violencia verbal. “No hay en México un periodismo profesional, independiente”, dice. “Es parte de la decadencia que se produjo, y lo mismo la radio, lo mismo en la televisión. Los medios de comunicación no supieron entender la nueva realidad, siguieron con lo mismo y muchos optaron por la mentira”. López Obrador ha tomado prestada la frase sembrada por Trump de las fake news, que utiliza indistintamente con “mentiras” y “noticias falsas” para embestir a periodistas y medios, aunque con un énfasis en sus obsesiones, Reforma y El Universal. “Ustedes creen que no aburre abrir un periódico, El Universal, por ejemplo, o el Reforma, y no encontrar nada bueno del gobierno, todo malo, todo malo, no sólo las notas, los articulistas, supuestamente independientes, todos”. Es una constante, de los dos Presidentes. Trump ataca a la prensa en Twitter y mítines ante sus clientelas electorales; López Obrador en Las Mañaneras y en mítines ante sus clientelas electorales. “Trump ha creado un clima en el cual lo mejor de las noticias, las más corroboradas, no son creídas por mucha gente”, lamenta Paul Steiger, exdirector del diario The Wall Street Journal y fundador de ProPublica. López Obrador ha hecho lo mismo: acusando sin base a los medios de corruptos y a periodistas de mercenarios. La lucha persiste en el campo de la percepción y la realidad, que al final cada una rendirá sus cuentas. 

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