Hannia Novell

Mientras otras naciones del mundo imponen medidas sanitarias para controlar el avance del coronavirus, en México miran con ligereza los riesgos y toman decisiones frívolas, contradictorias y hasta imprudentes.

Con un alto sentido de responsabilidad, los gobernantes de otros países determinaron proteger la vida de la población con el cierre de fronteras por vía terrestre, marítima y aérea, así como restricciones en la concentración de personas.

No es para menos. El Covid-19 se ha extendido por más de 130 países, con más de 177 mil personas infectadas y siete mil muertos. 

Al cierre de esta edición, China, Italia, España, Alemania y Francia concentraban los números más altos de contagio y letalidad. Sin embargo, los focos rojos ya se han encendido en todos los continentes.

Estados Unidos, nuestro principal socio comercial, con quien compartimos fronteras y hay un extendido flujo migratorio, llegó a más de cuatro mil casos. Chile ha detectado 75 personas infectadas, Argentina 56 y México 82. No obstante, es abismal la distancia en las medidas adoptadas por las tres naciones.

El panorama es poco alentador. Se trata de una de las mayores crisis sanitarias de los últimos años y las consecuencias aún son impredecibles. La Organización Mundial de la Salud (OMS) advirtió que los pacientes curados, aún pueden extender el contagio y las siguientes dos semanas son determinantes.

Colombia, Costa Rica y Ecuador, países latinoamericanos con niveles menores de contagio, han tomado medidas de aislamiento y revisiones minuciosas de los visitantes nacionales y extranjeros que cruzan sus fronteras.

El coronavirus es una pandemia que podría matar a millones y en el gobierno de la 4T priva la parálisis, la irresponsabilidad y el populismo. En cambio, crece el miedo y la desinformación. 

La Secretaría de Salud y el Consejo de Salubridad —facultados constitucionalmente para tomar el control de las decisiones e imponer medidas contundentes para frenar la pandemia— permanecen inmóviles e indiferentes, tan sólo preocupadas por la popularidad presidencial.

La presión social ha alcanzado a algunos gobiernos locales, instituciones educativas, organizaciones religiosas y oficinas gubernamentales, pero son determinaciones aisladas, sin coordinación ni firmeza. Se trata de medidas insuficientes para salvar vidas.

En México impera la desorganización y será con la marca de la casa, la improvisación, como enfrentaremos el impacto masivo del Covid-19. De qué sirve la promoción del saludo de corbata, si es el habitante de Palacio Nacional el primero en desacatar la recomendación.

El cierre de escuelas y la suspensión de clases serán insuficientes si no hay una estrategia integral que contemple la instalación de termómetros infrarrojos en aeropuertos, centrales de autobuses y centros comerciales; la aplicación de pruebas de detección con muestras de hisopos o cotonetes; o la suspensión de eventos públicos.

Una estrategia integral que también debe considerar líneas de acción para atender en centros de primero, segundo y tercer nivel los contagios recientes, los casos graves y pacientes en recuperación; mitigar la parálisis económica, que implicará la suspensión de actividades; y la reorganización de planes de estudio para recuperar la interrupción de clases.

La vida de millones de mexicanos está en peligro y no hay lugar para los cálculos políticos, la frivolidad ni contradicciones. 

Justo lo que en palabras pretende exorcizar la 4T, pero que contradice con sus dichos y con su inacción.  

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