Hannia Novell

Andrés Manuel López Obrador, el mejor candidato de la historia, seguro será recordado, pero no como a él le gustaría. 

Insensibilidad, imprudencia, terquedad, improvisación son las marcas de un sexenio que empieza a desdibujarse. Este es el inicio del fin.

Más allá de las encuestas que ya exponen la desilusión del electorado, las miles de mujeres que se manifestaron en todo el país para exigir seguridad y justicia son una clara muestra del hartazgo y decepción de una sociedad cada vez más crítica y participativa.

En esas personas que han salido a las calles para expresar su indignación y fastidio está el destino de una nación que ya no cree en las falsas promesas y tampoco están dispuestas a pagar las facturas de los errores de sus gobernantes.

El presidente López Obrador, quien durante años se montó en las manifestaciones sociales y mostró empatía con las muestras de coraje, dolor y frustración de la gente, hoy se comporta displicente, ajeno y hasta agresivo. Las marchas son importantes para él, pero sólo cuando él las convoca.

Esa es la razón de una popularidad a la baja que golpea con contundencia su credibilidad. Los electores que ayer vieron a un líder cercano a sus demandas y aspiraciones, ya se dieron cuenta del engaño, de la doble moral.

Fueron engañados y hoy tienen las agallas para mostrar su inconformidad. En 2018 ganó las elecciones presidenciales con el 49% de los votos; en 2019 gozaba de una aprobación de 78 por ciento y sólo en un año los niveles bajaron casi 20 por ciento. Es más, en sólo tres meses perdió nueve puntos en las encuestas de popularidad.

Los niveles de aprobación que aún conserva, los cuales alcanzan el 59%, según varias encuestas, no son insignificantes, pero lo importante es que representan una caída de 20 unidades en un año. 

Pero más allá de porcentajes, lo que resulta indudable es que los ríos de mujeres que este fin de semana salieron a las calles en todo el país son  muestra de la capacidad de movilización de una sociedad dispuesta a ejercer su derecho al cambio.

Sin rastro de autocrítica, el inquilino de Palacio Nacional insiste en señalar a los conservadores como los responsables de sus conflictos de imagen, los provocadores que difunden mentiras y engaños para dañar su gobierno, los obstinados que añoran el pasado y los privilegios que detentaron.

Recientemente, al ser cuestionado sobre los números y porcentajes negativos publicados por las casas encuestadoras, AMLO respondió: “Acerca de mi popularidad estoy bien, tenemos mayoría, la gente nos está apoyando y también sufrimos desgastes porque imagínense enfrentar a los conservadores corruptos que no quieren dejar de robar. Están molestísimos”.

El primer mandatario perdió los reflejos políticos. Si no logra recuperarlos y leer el humor social, los tropiezos serán cada vez más constantes y peligrosos, porque profundizarán una crisis de gobierno que a nadie conviene.

Si la indignación social crece, la crisis de inseguridad y violencia prevalece, continúan los graves problemas de abasto de medicinas; el precio internacional del petróleo sigue a la baja y la devaluación del peso se intensifica, los pronósticos no son halagadores.

México no necesita de agoreros del desastre, pero tampoco es tiempo de brindar un apoyo ciego, un cheque en blanco. Esta es, quizás, la última oportunidad para que el gobierno de la 4T asuma con responsabilidad, diálogo y asertividad las riendas de un gobierno que hoy luce cansado, desarticulado, sin rumbo ni impulso. 

El tiempo no perdona, el electorado tampoco. Las elecciones intermedias están más cerca que nunca y en ellas no sólo está en juego la renovación del Congreso, pues en diciembre de 2021, AMLO se jugará su permanencia en la Presidencia. 

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