Hannia Novell

La emergencia sanitaria provocada por el Covid no sólo ha puesto a prueba los sistemas de salud y los reflejos políticos de los gobiernos para reducir el impacto en las tasas de desempleo, la escasez de alimentos, en el cierre de negocios familiares y en la salud mental de sus habitantes.

Junto con la pandemia mundial, creció la violencia familiar, el embarazo entre adolescentes y hasta el matrimonio infantil.

Durante 2020 se registró el mayor incremento de matrimonios, en los que la consorte es menor a 18 años. La organización World Visión reportó en el informe mundial Rompiendo Cadenas que 22 niñas se casan y truncan su vida y sus sueños de futuro, cada minuto. Leyó bien: cada 22 minutos hay un matrimonio infantil. 

La tendencia es inquietante, por su origen y sus efectos. Las familias tienen graves problemas económicos para sobrevivir y para aliviar la carga utilizan a las menores de edad para bodas prematuras. En consecuencia, los embarazos adolescentes se han multiplicado, interrumpiendo el desarrollo social y educativo de las menores y poniendo en riesgo la vida de las chicas embarazadas, así como de los bebés en gestación.

El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia refiere que la probabilidad de que una madre adolescente alcance un título universitario es cinco veces menor en comparación con una adolescente que no se ha embarazado y las niñas de familias pobres tienen tres veces más probabilidades de casarse antes de los 18 años que las niñas de familias más ricas. Un dato adicional: las mujeres sin hijos ganan 63 por ciento más que las madres adolescentes.

Así es que el matrimonio infantil es una salida falsa, porque los padres condenan a las hijas a la pobreza y a la violencia de sus parejas. No hay una relación de pareja sino dinámicas de poder desiguales entre niñas y maridos mayores. Además, las complicaciones durante el embarazo y el parto son la principal causa de muerte de niñas y adolescentes, quienes sufren con más frecuencia anemia, eclampsia, endometritis puerperal e infecciones sistémicas.

¿Cómo estamos en México? Con graves problemas, porque la tendencia internacional se confirma en nuestro territorio. La Secretaría de Gobernación (SEGOB) dio a conocer el Impacto de la pandemia en niñas y niños. 

El informe revela las diversas afectaciones que, durante el confinamiento, han sufrido las niñas, niños y adolescentes: dejaron de ir a clases para quedar encerrados en hogares violentos donde se han registrado lesiones, embarazos, desapariciones, homicidios y hasta suicidios.

Sólo a manera de ejemplo, el Consejo Nacional de Población (CONAPO) refiere que en 2020 se presentaron 8 mil 876 embarazos de menores de edad. Esto es, que en México hay al menos 24 partos diarios de niñas y adolescentes de 10 a 14 años. El 31 por ciento de los embarazos en menores de 18 años no fueron planeados y 15 por ciento no fue deseado.

La mayoría de estos embarazos fueron por violación sexual o matrimonios arreglados. El drama es doloroso: niñas entre 10 y 14 años fueron embarazadas por un amigo, un familiar, un desconocido o el exnovio, y las defunciones por embarazo, parto o puerperio en adolescentes mujeres de 15 a 17 años, ocupan el sexto lugar en motivos de muerte a nivel nacional.

El diagnóstico es preciso. Ahora toca al Sistema Nacional de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes (SIPINNA) y a la Comisión Nacional para Prevenir y Erradicar la Violencia Contra las Mujeres (CONAVIM) trabajar en la defensa de nuestra niñas y adolescentes. 

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