Hannia Novell

El pasado 14 de diciembre iniciaron las precampañas (que en realidad son ya campañas), rumbo a la renovación de la Presidencia de la República en 2018.

Más allá de estilos, tonos y formas, en los tres políticos que iniciaron actividades proselitistas (Ricado Anaya, Andrés Manuel López Obrador y José Antonio Meade, es estricto orden alfabético), hay un elemento común: la incongruencia. Veamos caso por caso.

El exlíder nacional del PAN prometió una campaña “alegre” y “diferente”. De hecho, sorprendió cuando su única actividad el primer minuto de ese jueves 14 fue una publicación en su cuenta oficial de Twitter. Era un video en el que se le observaba a bordo de un vehículo que lo trasladaba a la Sierra Gorda de Querétaro, su estado natal, donde tendría sus primeras actividades. En ese mensaje hablaba precisamente de esa campaña “alegre” y “diferente”.

Sin embargo, sus mítines han lucido “tristes” e “iguales” a los de cualquier otro. Una serie de eventos para el olvido.

Así han transcurrido los días al grado de que lo más “destacado” es el “palomazo” que se aventó con Juan Zepeda, el excandidato del PRD a la gubernatura del Estado de México, con el mensaje de que son “de la misma banda”.
Ahí la contracción más importante: unir a la derecha y a la izquierda en un “frente” que primero se vendió como “ciudadano” y que luego tuvo que cambiar hasta el nombre, pues de ciudadano no tenía nada, ya que sus promotores son políticos que pertenecen a partidos.

En el caso de José Antonio Meade, el precandidato de la alianza PRI-PVEM-Panal, los esfuerzos se han concentrado en hacerlo parecer como un ciudadano y no como un militante priista. Ahí radica la incongruencia más grande: un ciudadano no priista que lucha en todo momento por serlo. “¡Háganme suyo!”, pidió a la cúpula de la CTM, sector con el que inició la pasarela para obtener las firmas de respaldo, para posteriormente ir por las de la CNC y el sector popular.

En sus actos de precampaña ha repetido la “liturgia” de las viejas campañas del tricolor. Ataviado a la usanza indígena, inició en San Juan Chamula, Chiapas, con acarreos y los mismos discursos para un electorado que es usado como carne de cañón cada seis años. Un público que espera impaciente durante horas para el encuentro con el “señor (pre)candidato”, el pase de lista, la entrega del lunch y la promesa de los beneficios de los programas sociales.

Y de Andrés Manuel López Obrador, ¿qué decir? ¿Desde cuándo acá la “izquierda” se alía a un partido como Encuentro Social de corte “cristiano-evangélico”? Tan absurda resulta la idea que la propia Elena Poniatowska, seguidora incansable del tabasqueño desde hace casi 18 años, expresó su rechazo durante la presentación del “gabinete 2018-2024”.

López Obrador no se ha cansado de manifestar que no hay contradicción en la alianza entre Morena y la organización que dirige Hugo Eric Flores. “Soy guadalupano y juarista”, ha sostenido.

En lo político, agregó, no tiene diferencias de fondo con el PES. Y en eso hay que darle la razón. AMLO no es de izquierda, por el contrario, es profundamente conservador. Cuando fue jefe de Gobierno del Distrito Federal, bloqueó las iniciativas de matrimonio para personas del mismo sexo, así como la interrupción legal del embarazo.

En fin. Esas son las primeras pinceladas de los tres personajes con posibilidades reales de llegar a Los Pinos. Y sí: los tres representan la incongruencia que se puede convertir —a partir del próximo año—, en la política pública que guiará al país.

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