Hannia Novell

@HanniaNovell

La pandemia del Covid-19 es la peor crisis sanitaria a nivel internacional, desde la Segunda Guerra Mundial. Hoy como entonces, es imperante que los jefes de Estado y de gobierno se coloquen a la altura de la emergencia de salud. 

Los líderes políticos de todos los países del mundo están obligados a disponer la infraestructura médica necesaria, los recursos económicos ademas de planes y estrategias  para atender a las personas infectadas y brindarles el tratamiento indispensable para evitar decesos, pero también deben asumir su situación de superioridad con responsabilidad y empatía, para frenar el contagio del coronavirus.

Los casos de los mandatarios de México, Brasil y Estados Unidos evidencian indiferencia, desdén e irresponsabilidad supremas. Sus declaraciones y acciones lindan los límites de la parodia y el absurdo: son el Covid-19 desde el punto de vista del populismo.

El presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, se ha rehusado a dejar de practicar los abrazos como expresión demagógica de cercanía con la gente. Unas horas antes de que las autoridades sanitarias decretaran la segunda fase de la emergencia, los medios de comunicación y las redes sociales difundían imágenes del tabasqueño alzando en brazos a una menor de edad, a quien besó ocho veces y le dio tres mordiscos en la mejilla. Y qué decir de la gira a Baridaguato Sinaloa, donde el mandatario saluda de mano a a la madre del narcotraficante Chapo Guzmán.

Mientras millones de mexicanos permanecen desorientados y confundidos por la pandemia, López Obrador recomienda utilizar estampitas de santos y elevar la siguiente oración: “Detente enemigo, que el corazón de Jesús está conmigo”, al tiempo en que asegura que su “escudo protector” es la honestidad.

El mandatario brasileño Jair Bolsonaro no se quedó atrás. Ha señalado que su condición de atleta lo hace inmune al resfriadito que ha puesto en jaque el sistema de salud mundial.

Inconforme con las medidas adoptadas por algunos gobernadores de Brasil como el de Sao Paulo, donde declararon en cuarentena a su población y prohibieron el uso del transporte público, Bolsonaro apunta a los medios de comunicación con su dedo acusador, a quienes señala por extender la histeria colectiva.

“Difunden exactamente la sensación de temor, teniendo como su buque insignia el anuncio de la gran cantidad de víctimas en Italia. Un país con un enorme número de personas mayores y con un clima totalmente diferente al nuestro. El escenario perfecto, potenciado por los medios para que verdadera histeria se extendiera por todo nuestro país”.

Mientras que el presidente estadounidense Donald Trump se muestra ansioso por reiniciar su campaña electoral por la reelección. Justo cuando Estados Unidos es considerado el epicentro de la pandemia en América por coronavirus, el jefe de la Casa Blanca está decidido a reiniciar actividades en la semana de Pascua. Su tesis enfatiza en la economía y afirma también que tiene todo resuelto cuando a gritos piden equipo como respiradores desde Nueva York.

La pandemia del coronavirus exige que los líderes políticos —desde presidentes, gobernadores, alcaldes y legisladores— se comporten con responsabilidad y altura de miras. Deben asumir que desempeñan un papel ejemplar, orientador del comportamiento de la población y, sobre todo, son los primeros obligados a cumplir con la ley y buscar el bien común por encima de demagogia y deseos reeleccionistas.

Lo que está en juego es la vida de millones de personas no son votos ni estadísticas, sino seres humanos de carne y hueso que merecen respeto, cuidado y medidas de protección. 

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