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Alejandro Alemán

Alejandro Alemán

El cine de terror y el cine porno tienen algo en común: ambos géneros dependen de la novedad para subsistir. El cine de monstruos, de vampiros, de zombies y muchos otros, son subgéneros que uno a uno han inyectado aire nuevo a un género que está siempre en movimiento para mantenerse vivo.

En 1999 una película añadió un subgénero más a la lista. The Blair Witch Project (Myrick, Sánchez) fue la cinta que inauguró el llamado terror de found footage: películas cuya trama y construcción giraban en torno a un supuesto “material descubierto”, mismo que pretende ser la única grabación de sobrevivencia donde se muestra lo ocurrido a los protagonistas de la historia, usualmente ya muertos.

Así, The Blair Witch Project daba cuenta de la terrorífica travesía de un grupo de adolescentes que, armados con linternas y cámaras de video, graban su incursión a un bosque donde la supuesta bruja del lugar los aterroriza hasta la muerte. La novedad sobrepasaba a la razón, la atmósfera podía más que la imagen misma: en realidad no se veía nada en la pantalla, todo eran gritos y corretizas grabados con cámara en mano, pero en 1999 eso era suficiente para morir de miedo.

Más de quince años después regresa una nueva Blair Witch. El hermano de una de las víctimas de la película original se adentra junto con sus amigos al mismo bosque. La diferencia es que estos adolescentes (ahora millennials) van armados con lo último en tecnología: GPS, GoPro, cámaras miniatura tipo bluetooth, drones, y milagrosas baterías que jamás se agotan.

La bruja en cuestión sabe poco de tecnología por lo que -tal y como era previsible- estos jóvenes sufrirán un infierno muy parecido al de sus anteriores pares menos tecnologizados. El director Adam Wingard, pierde su tiempo y nos hace perder el nuestro con una cinta caótica, llena de gritos, imágenes inconexas y sin ningún aporte nuevo, en un filme que se vuelve insufrible por sí mismo y no por la historia que cuenta.

El género del found footage está muerto y esta cinta es prueba de ello; no así el terror, que buscará -como siempre- otra novedad para mantenerse vivo y seguir matándonos de miedo.

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