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Carlos Alberto Martínez

Las relaciones México-Estados Unidos siempre han sido complejas. Hasta el momento, ambas naciones no han sabido procesar la importancia mutua de nuestra vecindad atada a la enorme disparidad socioeconómica que existe entre ambas, originado por un proceso de colonización iniciado por los ingleses que, posteriormente, se amplió a personas de todos los continentes por tierras prácticamente desiertas; los Estados Unidos han tenido un origen, desarrollo y maduración totalmente distinto al de México. Bajo esta óptica podremos entender mejor la dificultad que ambas naciones experimentan para establecer una relación constructiva y complementaria que perdure en el tiempo. 

En efecto, mientras aquel país se funda a partir de la cultura anglosajona sustentada en un extraordinario estado de derecho y el liberalismo económico que coloniza tierras deshabitadas, nuestro país existe mediante el sincretismo de al menos dos culturas, la mexica y la hispánica, en donde aparentemente una fue más dominante que la otra, aunque ello, podría ser discutible. No obstante, ninguna presentaba una estructura legal y económica tan solida como la anglosajona. 

Esta realidad de origen explica parte de la realidad actual. La nación más poderosa del mundo busca su permanencia en ese lugar de influencia y privilegio mientras nosotros estamos tratando de establecer un modelo económico de desarrollo que no detenga el actual avance de los estados del centro y norte, al mismo tiempo que, atendamos el enorme rezago que presentan los estados del sur. Esta situación conduce a ambos países, a la imperiosa necesidad de construir una agenda integral común sustentada en la complementariedad en lugar de la ignorancia mutua. 

el dato. En el último mes, la Secretaría de Economía anunció nuevas inversiones extranjeras por cinco mil 746 millones de dólares.

Por décadas, las sociedades de ambos países han sido educadas bajo la lógica del prejuicio y la ignorancia generando, en México, un sistema educativo que promueve el antiamericanismo y, en Estados Unidos, uno que mantiene la ignorancia con relación a lo mexicano. Ni la Unión Americana puede seguir ignorando el potencial económico de nosotros, como tampoco podemos seguir viendo a los estadounidenses a partir del odio. 

A pesar de esto en 1994, asistimos al primer intento formal de darle un cause institucional a las relaciones económicas que ya existían a través de las empresas privadas entre las dos naciones incorporando también a Canadá que, en su origen, dicho sea de paso, se asemeja más a Estados Unidos que a México. Esta relación económica ha hecho a los tres países más fuertes y competitivos ante un mundo cada vez más interrelacionado que lucha entre la dicotomía de la integración global y la integración sólo a escala regional. 

En los últimos años, bajo la administración de Donald Trump se determinaron nuevas bases para continuar con el proceso de integración económica regional iniciado en el 94. La lógica fue establecer –imponer– un sitio mucho más solido de los estadounidenses ante sus vecinos y socios comerciales para con ello, estar en mejor posición para mantener la supremacía económica global ante los bloques de Europa y, sobre todo, Chiina. 

Los demócratas y su agenda

La economía global está enfrentando un fuerte ajuste producto del avance la economía digital, el reto del cuidado del medio ambiente, el encono social por la disparidad evidencia por las redes sociales y, la profunda relocalización de recursos financieros producto de la pandemia del Covid-19. No hay alternativa para México, le conviene infinitamente más profundizar la integración con Norteamérica que buscar por sí solo el crecimiento económico y enfrentar el futuro económico aislado o cuando posee la conveniencia de la vecindad con Estados Unidos y Canadá con una historia de éxito comercial de más de 25 años misma que hay que llevar al resto del país que no se ha beneficiado aún del libre comercio en la zona.

En los próximos días, Estados Unidos definirá quién y cómo gobernará la nación ante los retos que hemos mencionado. Independientemente de quien resulte ganador en las elecciones, el modelo de desarrollo sustentado en el liberalismo económico no está en cuestionamiento en aquel país. Lo está en juego es el populismo. 

Con la base de la libre empresa y la intervención del Estado básicamente para hacer cumplir las leyes, por ejemplo antimonopolio, los candidatos Joe Biden y el presidente Donald Trump, presentarán desafíos para México en materia económica. 

›Para empezar, nuestro país se encuentra en proceso de cambio de modelo económico de desarrollo moviéndose del liberalismo económico a uno con mayor participación del Estado en la economía, particularmente en materia energética, farmacéutica y de servicios financieros. Lo anterior contrasta con la visión económica de ambos candidatos a la presidencia de Estados Unidos y, a decir verdad, con la historia económica de Norteamérica.

En el caso de que Joe Biden triunfe, las diferencias económicas entre México y Estados Unidos serán mayores que sí se mantiene Donald Trump en la oficina oval por cuatro años más. Tradicionalmente los demócratas han sido más propensos a exigirle a nuestro país una mayor esfuerzo para poder participar y mantenerse como socio comercial con su país. 

Así, materias en las que México ha sido sustancialmente débil como el cuidado del medio ambiente, la solidez de los estándares laborales y la promoción de nuevos sistemas de generación de energía; son los que precisamente Biden propone como eje central de su agenda económica. Es presumible que, bajo su presidencia se aceleren y profundicen las presiones a nuestro país para modificar el plan energético del presidente Andrés Manuel López Obrador sustentando en fortalecer la presencia de las empresas del gobierno Pemex y CFE en el mercado energético sin haber realizado las inversiones suficientes que permitan que lo hagan a través del uso de materiales y procesos menos contaminantes. El cerrar la puerta de facto a las inversiones del sector privado en lo que se conoce como energías renovables como las producidas por el sol y el viento y, tampoco hacerlo en la inversión pública; pondrá fuerte presión que los demócratas en el poder hacia México. 

›Lo mismo ocurrirá con el mercado laboral. Los demócratas han insistido en la idea de que en nuestro país existe un mercado laboral fundamentalmente informal, sin cobertura de seguridad social y que no contribuye con el pago de impuestos a la sociedad. Este fenómeno tiene como resultado que millones de personas estimulen el nivel de salarios en sentido inverso, es decir, presionan el nivel de ingresos de los trabajadores mexicanos a la baja. 

A lo anterior, se agrega el hecho de que la base laboral ocupada en la informalidad ha carecido de la suficiente representación a través de la libre afiliación a sindicatos y acceso a una plena justicia laboral. Es por ello, que para la aprobación del T-MEC, los miembros de este partido tanto en el Senado como en la Cámara de Representantes condicionaron su voto a que en México se hicieran las adecuaciones legales para que desaparecieran las juntas de conciliación para ser sustituidas por juzgados y, se suprimieran los contratos colectivos de trabajo en un solo sindicato. 

La presumible presión del potencial gobierno de Biden sobre el país también va a contener el incremento sustantivo de los salarios reales y una mayor integración de las cadenas de valor con clara convergencia hacia Estados Unidos con la consecuente pérdida de empleos en la manufactura mexicana.

576,777 mdd correspondió el intercambio comercial entre México y Estados Unidos en 2019.

Los riesgos republicanos

En caso de retener la presidencia, con Donald Trump sería más de lo mismo. Él seguirá con su agenda de guerra ficticia con China y su política migratoria populista y, en esa medida, continuará con sus amenazas constantes a sus vecinos y socios; Canadá y México, para imponerles aranceles para que éstos atiendan sus necesidades específicas, particularmente en materia migratoria, en concreto con México. 

La política energética de Trump no se estima que interfiera con la desplegada por el gobierno mexicano a pesar de las presiones que sus industrias y clase política ejerzan. El uso de materias y procesos altamente emisores del gases de efecto invernadero en México no parece ser molestia para el gobierno republicano. En el plano laboral será la presión que puedan ejercer sobre el gobierno de Trump y López Obrador, lo que alcance a mermar nuestra política laboral con relación a la libertad sindical, acceso a la justicia laboral y eliminación de la economía informal que llega la 60% en este país. 

En ambos casos, Biden o Trump, estarán imposibilitados para detener la enorme afluencia de comercio bilateral México-Estados Unidos que para nosotros representa 360 mil millones de dólares; es decir, mil millones de dólares por día de venta de productos mexicanos a nuestro vecino. 

Lo que sí podrán hacer dependiendo de lo que nuestro gobierno pueda hacer es, permitir o impedir que México participe como protagonista dentro de la nueva composición de la economía global rumbo a la era digital y a la construcción de un liberalismo económico con rostro social. La oportunidad está presente en el horizonte cercano, estará en nuestras manos aprovecharla o no. 

85 por ciento exporta México en autos y camiones hacia Estados Unidos y Canadá.

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