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ejecentral

De pronto la noticia estremeció a muchos en México, y fuera: El jueves 30 de octubre, por la mañana había desaparecido un grupo de ciclistas en la carretera que va del Ajusco a Xalatlaco, en el Distrito Federal. Eran ocho muchachos. Cinco hombres y tres mujeres. Algunos de ellos medallistas olímpicos u organizadores olímpicos…

Salieron para hacer ejercicio a las 8 de la mañana en una carretera despejada en el cerro que está al poniente de la capital del país y que por su poco tránsito es apropiada para este tipo de ejercicios; pero también son solitarios sus parajes… Al medio día se dio la voz de alarma porque se perdió todo contacto con ellos. De inmediato la policía activó un protocolo de búsqueda a petición de las familias…

El hecho es dramático, pero también muy dramática la reacción de todos quienes conocieron la noticia. La situación en la que se encuentra el país hace que todos se miren unos a otros cuando ocurren hechos como éste, que pudieran semejarse a lo ocurrido en Iguala, Guerrero, el 26 de septiembre pasado con los 43 estudiantes de la Normal de Ayotzinapa.

Pero también está en el ambiente lo ocurrido en Tlatlaya. Y está también el múltiple descubrimiento de fosas clandestinas en otros estados de la República en las que se han encontrado cadáveres de los que se ignora su identidad:

Las fosas son la muestra de que nuestro cuerpo social estaba enfermo hace mucho tiempo y nadie quiso atenderlo a tiempo para prevenir el momento trágico que estamos viviendo aquí.

Así que al sólo crujido de una hoja se tiembla al pensar que a los jóvenes deportistas algo pudiera ocurrirles; que estuvieran cautivos y sin posibilidad de ser rescatados y, acaso, lo peor, a la vista de la impunidad con la que actúan quienes cometen este tipo de delitos.

Todas estas cosas muestran una cara desconocida en el país, aunque sabíamos que existía: la cara de la violencia criminal; la del agravio físico; la de la patología extrema. Lo de Tlatlaya e Iguala es la muestra y es, al mismo tiempo, la punta de la madeja.

Hoy sabemos que en México hay, entre muchos, una enfermedad patológica que les lleva al crimen o simple y sencillamente a la criminalidad; pero también sabemos que en materia de seguridad, de justicia, de resguardo, de gobernabilidad y responsabilidad ética de gobierno las cosas están muy mal. Y no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Eso ocurre en los tres niveles de gobierno en el país: federal, estatales y municipales; legislativo y aun judicial: todos tienen vela en ese entierro nacional y todos acusan al otro para defender lo indefendible: su responsabilidad o irresponsabilidad.

Así que de pronto nadie tiene la culpa de lo que pasa en gran parte del país. Los partidos políticos, fuente inagotable de ambición, de corrupción, abuso, chanchullo, manipulación política, ingresos, puestos, salarios, tráfico de influencias… se señalan unos a otros.

El PRD dice que cometió un error al designar candidatos con sus siglas a personajes mal averiguados. Y asumen el yerro, pero buscan justificarse acusando al todo: ‘todo está mal aquí, así que no somos la excepción’, un poco a la manera del “que lancen la primera piedra los libres de pecado”… Y ellos lanzan su piedra…

Y la lanza el PRI para acusar a Andrés Manuel López Obrador de ser el origen del problema en Iguala al haber apoyado, él personalmente, al presidente municipal ahora huido, José Luis Abarca y a quien junto con su esposa se señala como presuntos responsables de la detención de los normalistas. Y exhiben fotografías en redes sociales en las que AMLO saluda de abrazo a Abarca. Y estas fotos son correspondidas por quienes defienden al dirigente de Morena, exhibiendo fotos de Enrique Peña Nieto y otros más, con gente en grado de presunción.

Todo, aquí, está en punto de nerviosismo. De miedo. De inseguridad. Y cada vez que suena una hoja seca y se presupone la desaparición de alguien se cruzan los dedos, se refiere lo que ha ocurrido antes y se vive con el ¡Jesús! en la boca. “¡Que no les pase nada!”…  Es la exclamación permanente en el México del año 2014.

Gran parte de lo que han hecho los políticos para estar en el poder fue amañado: está mal. Mucho de lo que han hecho quienes construyen su presente y su futuro de poder tiene que ver con corrupción y complicidad, de mayor o menor grado. Los grados de ambición de poder y económicos han bloqueado el paso a gente con intenciones renovadas, frescas y sin tacha…

El envejecimiento de nuestro cuerpo político está a la vista. Y lo mejor será que ya suelten amarras y partan al descanso de los jubilados, en donde ni estorben ni den lata. La gente nueva ya por ahí: Está en la multitud que marchó el 15 de octubre en la capital del país; está entre los muchachos del Politécnico Nacional que son al mismo tiempo respondones, pero también equilibrados; están en los miles de mexicanos que dentro y fuera expresan ya su fastidio e indignación.

Así que todo está a punto de cambio en el país. Ojalá el gobierno federal y los estatales entiendan las señales y comiencen a sacar su cepillo de dientes de sus oficinas…

El viernes 31 de octubre se anunció que aparecieron los deportistas del Ajusco. Por fortuna. Que fue un secuestro por el que sus familiares pagaron rescate. Que estén bien nos hizo lanzar un profundo suspiro nacional de alivio. Pero… ¿así vamos a estar siempre?

¿Y la gente que está apareciendo en las fosas? ¿Quiénes son? ¿Y sus familiares?… Hay muchas preguntas aun; pocas respuestas.

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