Irene Muñoz

“Andrés Manuel se quedó turulato” (Elena Poniatowska, 2007), no contemplaba un resultado adverso en las elecciones de 2006. Por ello y sin un plan establecido, debía generar una presión política que le permitiera crear las condiciones necesarias para que se contaran los votos una vez más, con la esperanza de demostrar que estaban equivocados. Así, decidió realizar un plantón conformado por campamentos sobre las calles de Reforma, Juárez, Madero y Zócalo. 

Cuarenta y siete días duró ese plantón que tenía todo: desde tiendas de campaña improvisadas y modestas, hasta unas blancas instaladas detrás del templete principal descritas por Poniatowska como pipiris nice, dignas de “un pachá”, y que fueron establecidas ahí por el entonces jefe de Gobierno electo, Marcelo Ebrard, encargado también de seccionar y establecer el lugar correspondiente en el plantón para cada estado. 

Para Andrés Manuel era necesario y justo el plantón ante el pensamiento “mayestático” como es descrito en el texto Amanecer en el Zócalo, para poder entender por qué no era el ganador. El “voto por voto, casilla por casilla” se llevó a cabo y las cosas para él no cambiaron. Sin embargo, se consolidó como una víctima y como el eterno candidato a la Presidencia que hoy conduce la dirección de nuestro país.

El gobierno de la ciudad, encabezado por el interino Alejandro Encinas, los apoyó y en ese entonces, cuando eran válidas las marchas, plantones y manifestaciones en contra del gobierno, se les permitió romper el pavimento, dañar las calles, generar crisis económica a los negocios; y fue el propio gobierno el que los arropó para que Andrés Manuel y su movimiento no sufrieran lo que es estar en la calle por 47 días.

Les pusieron baños portátiles, los dejaron colgarse por medio de diablitos a la luz pública, recorrían Paseo de la Reforma, afectando la movilidad y fueron protegidos en todo momento bajo el ala de la libertad de manifestación. Recuerdo un día en el que una amiga visitó el lugar, y algo de lo que ahora se mofan, era una realidad de ese entonces; las casas estaban vacías y “no había ni a quién dejarle recado”.

La gente siguió apoyando al movimiento y logró el candidato incansable ganar la presidencia hace dos años; pero el temple y la memoria las dejó en un cajón.

Su sensibilidad a flor de piel no le permite ser estratégico ni tomar buenas decisiones; se crea crisis y autosabotea. No le gusta que se manifiesten contra él y señaló a Frenaaa como un grupo pagado por sus eternos enemigos que ahora, nadie entiende quienes son. En una desafortunada declaración-reto, aseguró renunciar si 100 mil personas se manifestaban en contra; la falta de memoria no le ayudó, y olvidó la marcha del 8 de marzo en la que más de 80 mil mujeres exponían su oposición a la política de género de este gobierno; llegar a más de 100 mil no era difícil y así ocurrió.

Trataron de desestimar la asistencia con las cifras oficiales, al grado de tratar de creer que los conciertos en zócalo son mucho más multitudinarios, cuando todos vimos esas imágenes en los medios y las redes sociales que eran impresionantes. Por supuesto se desdijo del reto, como lo hace generalmente, sobre la renuncia.

Sin embargo renunciar no es el tema, nadie quiere a un país en crisis ante un escenario de este tipo en el que el Presidente renuncie por “causa de fuerza mayor”. Lo importante no es él, es el país; y por ello se debe reconocer el valor de la movilización social y, sobre todo, escuchar a esas voces.

Pero la pregunta real para el Presidente en este momento, y que le permitiría retomar el rumbo, o fijarlo, es ¿cómo quiere ser recordado? Unir nunca ha sido lo suyo, innovar tampoco, generar acciones y proyectos económicos, menos. Le quedan cuatro años para determinar cómo dejar al país, y construir cómo ser recordado ya que el tiempo pasa volando. 

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