Simón Vargas

“No podemos tolerar ni cerrar los ojos ante ningún tipo de racismo o exclusión y pretender defender la santidad de toda vida humana.” Papa Francisco

En los últimos 20 años hemos visto avances sin precedentes como los teléfonos inteligentes, el proyecto del genoma humano, las redes sociales, los autos eléctricos o la creación del primer corazón artificial; el mundo ha cambiado rápida e intempestivamente y en diversas áreas lo ha logrado de forma vertiginosa, sin embargo, a pesar del progreso, socialmente aun continuamos denostando y resaltando negativamente las diferencias.

A pesar de los cambios en diversos ámbitos, la mentalidad de algunos individuos sobre el color de piel, la clase social o la raza no ha cambiado, todavía el clasismo, el racismo y la xenofobia continúan siendo una constante que erróneamente justifica crímenes y agresiones en muchos países alrededor del mundo.

Pero ¿Qué es lo que motiva los crímenes de odio? Probablemente, la discriminación racial es uno de los temas más abordados en medios de comunicación y redes sociales, pero, a pesar del permanente debate público aún el tópico no ha sido cerrado; hace tan sólo 37 días la muerte de George Floyd conmocionó a la población estadounidense generando indignación y protestas en este país y en diversos lugares de América Latina, ¿fue este un caso de abuso policial o la muestra de un crimen de odio motivado por el racismo? La respuesta ante este cuestionamiento nunca será sencilla, ya que implica analizarla desde diversos ángulos: los constructos sociales, los factores psicológicos, los estereotipos y por supuesto la formación profesional de aquellos que actuaron contra Floyd; sin embargo, lo realmente lamentable es que este caso es uno de los muchos que suceden día con día en todas las naciones.

Por otro lado, bajo las circunstancias extraordinarias que hoy vivimos también es importante hacer mención de un fenómeno significativo: la xenofobia. Si bien es cierto que se ha desarrollado cierto enojo y frustración por  la aparición del COVID-19 y los efectos negativos que éste ha generado principalmente en la economía, hoy se ha desatado un ataque injustificado contra todas aquellas personas extranjeras, exaltándose como menciona la Organización Internacional de Migración “actitudes, prejuicios o conductas que rechazan, excluyen y, muchas veces, desprecian a otras personas, basados únicamente  en la condición de extranjero o extraño a la identidad de la comunidad, de la sociedad o del país”.

Desde marzo pasado las noticias y redes sociales nos han permitido conocer un sin número de ataques hacia extranjeros que no sólo se limitan a acciones verbales, sino que en algunas ocasiones culminan en agresiones físicas.

Finalmente, nos encontramos frente al clasismo, es decir el prejuicio o discriminación basado en la pertenencia o no a determinada clase social, fenómeno que en nuestro país quedó en evidencia gracias a la Encuesta Nacional de Discriminación 2017 presentada por Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) donde6% de la población mexicana de 18 a 59 años con tono de piel más clara reporta ser director, jefe o funcionario y donde solo el 2.8% de las personas con la tonalidad más obscura alcanza esos puestos; e incluso en este informe se menciona que aquellos individuos con la tez más clara presentan mayor índice de riqueza.

Es así como el racismo, la xenofobia y el clasismo se han convertido en catalizadores de crímenes de odio ya que de acuerdo a datos del Informe Anual de Estadísticas de Crímenes de Odio 2018 emitido por el Buró Federal de Investigaciones (FBI) hubo 671 víctimas en incidentes antilatinos o hispanos en ese año, un incremento de 144 con respecto a los 527 del año anterior.

Este delito motivado por prejuicios requiere un análisis exhaustivo y su erradicación no sólo depende de las instancias gubernamentales sino también de los docentes, que deben enseñar con paciencia la importancia de la tolerancia o de los padres quienes inculcan lo significativo del respeto y la comprensión hacia el prójimo.

En momentos complicados como los que vivimos debemos detenernos a considerar nuestras acciones, y preguntarnos ¿Qué mensajes les mostramos a nuestros hijos? ¿La diferencia merece odio? ¿Estoy permitiendo que ocurran agresiones a mi alrededor? E incluso ¿Soy yo quien las fomenta?

Exijamos y ejerzamos liderazgos inclusivos que condenen cualquier clase de discriminación, porque hoy más que nunca las diferencias deben ser aquello que nos impulse a ser mejores seres humanos.

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