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Alicia Alarcón

En 1929, el gánster Al Capone estaba en la cima de su carrera criminal. Convertido en el multimillonario rey del “bootlegging” (que consistía en fabricar y distribuir alcohol ilegal) durante la Prohibición, tenía un halo tipo Robin Hood. El problema consistía en que sus métodos para ser el “one and only” de la distribución ilegal, iban desde la simple advertencia hasta el asesinato de rivales, pasando por extorsión, secuestro, corrupción de autoridades y por supuesto, el cobro de protección a negocios locales. Así, era un negocio redondo. El proveía el producto, garantizaba ser el único que lo hacía y de paso, cobraba más por proteger a sus clientes de su propia violencia. 

 
Sin embargo, la famosa matanza del día de San Valentín y las bombas colocadas en negocios locales “rivales” acabaron por dar al traste a su imágen pública y decidió decidió hacer algo por cambiar la opinión popular. En principios de la Gran Depresión, fue de los primeros que puso las famosas “Soup Kitchens” dedicadas a alimentar a los menos favorecidos. Aún así, al Presidente Hoover le empezaba a molestar el nivel de ganancias del criminal y su total control de la ciudad de Chicago, que incluían cuidadas apariciones públicas y apretones de manos con políticos renombrados. Los periódicos de la época -pagados por el, obviamente- decían que Capone hacía más por los pobres que todo el gobierno gringo junto. Su punto culminante como celebridad fue el día de Acción de Gracias en 1930. Sus cocinas alimentaron a más de 5,000 personas.

Eliot Ness, el famoso policía encomendado por el gobierno estadounidense para agarrar a Capone (que en esa época no tenía ninguna de sus ahora agencias de inteligencia) formó un equipo especial dedicado solo a atraparlo. Capone en una forma por demás hábil y muy empresarial, repartió dinero, mató testigos y desapareció evidencia para no ser capturado. No había pruebas de sus crímenes por ningún lado. Al final, el equipo lo arrestó por medio de un infiltrado en su organización, por delitos de evasión fiscal e ingresos ilegales. No había de otra.

Capone sólo estuvo en la cárcel seis años y medio por sus delitos de cuello blanco. Jamás le pudieron probar lo demás. Murió en su mansión de Miami en 1947. El New York Times lo publicó en primera plana con el título: “El final del sueño del demonio”.

Capone representaba lo peor de una sociedad empobrecida, castigada y sin mucho futuro. Pero no era el único criminal de la época. Aunque si el más famoso y ostentoso. Casi una celebridad. Le daba una imagen física a los miedos de una comunidad que no podía o no sabía como enfrentarlos y entonces los aceptaba como propios. La vida de uno de los criminales más carismáticos, sangrientos y mediáticos pasó hace 85 años y está más vigente que nunca, porque las historias se repiten.

Enemigos públicos hay en todos lados. Esos no caducan. Solo se adaptan a las épocas que corren. Por ejemplo, los narcos (como en su momento los contrabandistas de alcohol) ahora utilizan las siglas de un partido para “trabajar”, hacer alianzas entre criminales, comercializar, asesinar y extorsionar. No es muy diferente a la historia del gángster del siglo pasado. Sendos abrazos entre políticos “amigos” convenientes y ante las cámaras. Para después desmentir la misma imagen a gritos. Líderes sindicales que durante años, fueron la imágen de lo que más detestamos: el enriquecimiento a costa de cualquier cosa, la prepotencia, la ostentosidad, el robo, la mentira, la “concertacesión” y los votos del gremio correspondiente vendidos al mejor postor en el momento electoral preciso. Al final, con la visión del personaje tras las rejas, se disminuye la imágen de ladrón para dar paso a la mínima expresión -muy personal- del poder perdido. Pero el problema no se elimina ahí. Sigue en el sucesor que tiene las mismas mañas aunque más silenciosas. Políticos que juraron proteger a sus votantes y los ideales de su partido (sic), ahora solo gritan y actúan ante el reflector cuando tras bambalinas solo negocían para si mismos. Estos famosos enemigos públicos están en todos lados, forman en la imágen popular representaciones de los peores vicios de nuestra sociedad. Y son los que deciden, enjuagan, negocían, se enriquecen, secuestran, matan y de paso, salen sin raspones. Aunque parezca que tienen castigo, salen invictos.

Sin embargo, entre todos estos tipos de criminales, subsiste el más importante y terrible de todos, es decir, el enemigo público número uno: El egoísmo. Lo conocemos bien. No ha mutado ni evolucionado a través del tiempo. No ha cambiado de rostro, solo se ha acomodado en más lugares comunes. Tiene su imagen y la mía. Tiene una marca en el entrecejo de nuestra cara. Es de lo más famoso porque los otros enemigos lo utilizan con nosotros. Es parte de la manipulación, del atole con el dedo, de los montajes. Nos dejamos llevar por sus fechorías y nos hacemos cómplices de ellas. Vivimos centrados en nosotros mismos. No importa si son 43 estudiantes, o si la alcaldesa era amante de alguien, o si las grúas eran negocio o si todo fue montaje. No importa si nos atoran con 595,000 millones de pesos de deuda que nos remonta a tiempos setenteros de deuda y crisis (tema que dejamos abierto para la próxima). No importa si hay más narcopolíticos, más guerrillas, más dolor. Lo que nos importa es lo que nos toca directo. Y si no es a favor, también lo desechamos y de regreso a la burbuja. Ahí está. El peor enemigo, el número uno, seguimos siendo nosotros mismos. Si no lo podemos cambiar, o no lo entendemos, lo aceptamos. Y así ha sido sexenio tras sexenio. Cifra tras cifra de cualquier maldita estadística. Una sociedad con miedo, es una sociedad controlada. Pero nosotros parece que no tenemos miedo. Solo la apatía que da el egoísta “me vale madres”. Así que cuidado, la próxima vez que se refiera a los enemigos públicos mediáticos como “malditos” agregando el adjetivo de su preferencia, piense que están ahí porque a usted, en realidad no le importó hacer nada más para que no se salieran con la suya. Como Capone, que murió millonario, famoso y en la playa. Después de solo seis años de cárcel. Le digo que la historia se repite mil veces. Total. No pasa nada. Todavía.

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