Alejandro Alemán

Aaron Sorkin regresa a los lugares donde se siente cómodo: los juzgados, los espacios cerrados, reducidos, donde sus personajes toman asiento y hablan, hablan y hablan. Y uno escucha, porque si algo no ha perdido Sorkin es la capacidad para escribir diálogos interesantes, a veces, incluso, punzantes.

En The Trial of Chicago 7, —su segundo largometraje como director pero noveno como guionista— relata un episodio infame de la historia norteamericana: la vez que el gobierno de los Estados Unidos acusó de conspiración a siete jóvenes activistas luego de que estos fueron brutalmente golpeados por la policía de Chicago en las protestas pacíficas de agosto de 1968.

Los jóvenes (y no tan jóvenes) protestaban por la guerra de Vietnam y la decisión del presidente Johnson de duplicar las tropas, enviando a más jóvenes rumbo a una muerte segura. La policía de Chicago tenía órdenes de tirar a matar sin limitarse en las dosis de toletazos y gas lacrimógeno, aunque el gobierno negó que hayan sido ellos los que iniciaron la revuelta.

La producción no reparó en gastos y se armó de un reparto impresionante: Jeremy Strong, Eddie Redmayne, John Carroll Lynch, Joseph Gordon-Levitt, Frank Langella, Mark Rylance y el par que se roba todo el filme: Sacha Baron Cohen y Yahya Abdul-Mateen II, interpretando este último a Bobby Seale, quien sólo estuvo cuatro horas en Chicago y con eso bastó para convertirse en el octavo acusado.

La edición de Alan Baumgarten da un ritmo ágil al guion de Sorkin, mientras que los encuadres del desaprovechado Phedon Papamichael son funcionales pero nada extraordinarios. La edición y las actuaciones mantienen el interés, pero el guion (por momentos inverosímil) provoca que en no pocas veces uno se pregunte: ¿realmente sucedió eso?

No pasa mucho tiempo cuando queda claro que el juicio y las acusaciones fueron una auténtica farsa, pero no por ello la película tenía que convertirse en comedia. Sorkin triunfa en mostrar lo peligroso de otorgar tanto poder a un demente senil (me refiero al juez, ¿a quién más?), pero nunca puede evitar pontificar y romantizar en exceso la situación, llenando con humor —a manos de Sacha Baron Cohen— casi toda la película.

Llega un momento en que esto no parece un drama de juicios y abogados sino un episodio de la Tremenda Corte, con todo y carcajadas incluídas.

Los grandes aciertos de esta cinta y sus grandes fallas provienen del mismo hombre. El Sorkin guionista sigue siendo efectivo artesano de la palabra, pero el Sorkin director aún vive tras la sombra de aquellos que con mayor efectividad han sabido transformar sus textos en grandes películas. 

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