Alejandro Alemán

Val Kilmer —¿quién lo diría?— es un hombre adelantado a su tiempo. Antes de la era del celular, del YouTube y el TikTok, el actor pasaba todo el tiempo actuando frente a una cámara. Desde niño —cuando jugaba con sus hermanos y filmaban sus propios largometrajes— hasta su vida adulta, cuando hacía el “detrás de cámaras” de sus películas en Hollywood.

Si Kilmer hubiera nacido en esta era del video omnipresente sería un Youtuber consumado.

Con más de 60 años y recientemente recuperado de un cáncer en la garganta cuyo costo fue la pérdida de la voz (habla mediante un tubo de traqueostomía), el actor abre su enorme bodega con miles de horas de material filmado durante al menos cincuenta años para que los directores Ting Poo y Leo Scot, realicen una especie de autorretrato biográfico del artista. El resultado es VAL, documental que llega a Prime Video directo del Festival de Cannes, donde tuvo gran respuesta.

Desde las películas con sus hermanos hasta los ensayos en Julliard, pasando por Shakespeare y Hamlet. Kilmer comenta cada episodio de su vida con candor y nostalgia, aunque no siempre con su propia voz: su hijo, Jack, es quien se encarga de la narración en off.

Por supuesto, hay muchas anécdotas sobre la filmación de aquellas cintas que lo hicieron famoso: Top Gun, The Doors, Tombstone, Batman Forever y Heat. En un formato que no es sino un flashback perpetuo, Kilmer evita los temas escabrosos, como lo es su bien ganada fama de actor “conflictivo” y “perfeccionista”.

Más que un documental, por momentos parece que estamos en una sesión de terapia. No hay duda: Kilmer es un actor nato cuya forma de ver el mundo ha sido y seguirá siendo a través de la cámara. Pero en el fondo hay un duro cuestionamiento a la profesión del actor: la realidad y la ficción se funde y los actores viven en esa área gris.

Al menos así lo siente Kilmer, quien siempre buscó mejores papeles con directores más interesantes (mandó decenas de videos a Kubrick y Scorsese, sin éxito alguno), tratando de encontrar el significado a su vida frente a la cámara.

Ya en la parte final de su carrera, Kilmer cumple uno de sus sueños: trabajar con Marlon Brando en La Isla del Dr. Moreau (1996). El ansiado encuentro es casi como el del teniente Willard con el capitán Kurtz en Apocalypse Now (1979): su ídolo es este personaje obeso con la cara pintada de blanco, acostado en una hamaca y que pide ayuda para columpiarse. 

VAL no exterioriza la conclusión de esa experiencia, pero nos queda claro que su breve experiencia con Brando reforzó sus ideas sobre la interpretación: la gran verdad se encuentra tras la mentira, la gran mentira de la actuación. 

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