Alejandro Alemán

Hay veces que lo único interesante en una película de superhéroes es la mentada secuencia post-créditos. Es el caso de Venom: Carnage liberado, aunque ya poniéndonos estrictos, tampoco es que su tan comentada (y spoilereada) escena extra le vuele la cabeza a nadie. Como dijera Homero (Simpson): era obvio si lo pensaban tantito.

Así pues, aquí estamos de nuevo en este show de comedia llamado Venom. Eddie Brock (Tom Hardy) sigue viviendo la vida loca junto con su simbionte, esta especie de monstruo espacial chicloso pero de buen corazón que vive en el cuerpo de Brock, le habla, lo manipula, le aconseja y hasta le hace el desayuno en escenas que —supongo— buscan sacarnos una carcajada. ¡Jo jo, qué chistoso el Venom!

La cosa se complica cuando un policía le asigna a Brock entrevistar a un peligroso asesino serial (¿cómo por qué un policía haría eso?) que no es sino el mismísimo Woody Harrelson canalizando algo de la vibra que le quedó de interpretar a Mickey Knox en la famosa Natural Born Killers (Stone 1994).

En uno de esos encuentros, el periodista y el asesino se hacen de golpes, y es cuando un poco de sangre simbionte cae en el cuerpo de Woody Harrelson transformándolo en Carnage, una versión roja, malévola y muy peligrosa de Venom mismo.

Antes de que ambos se enfrenten en la predecible batalla final, Tom Hardy se la pasa bomba con su amigo Venom: el actor se engancha en muchas secuencias de comedia física que rayan en el pastelazo, con un humor que coloca a la cinta en algún lugar entre Los Tres Chiflados y el Capulinita (y si no saben qué es el Capulinita, pregúntenle a sus papás).

Pero mientras para Tom Hardy todo es diversión (¿qué más placer que ganar algunos millones con tan poco esfuerzo?), a nosotros —el público— nos toca aguantar 97 minutos de este amasijo horrible de CGI baratón, humorismo blanco, y escenas de acción incomprensibles, en una de las películas de superhéroes más flojas que he visto.

Y es que la película ni se esfuerza, ¿para qué? Aún así rompe el récord de taquilla pandémica y deja todo listo para una tercera entrega. ¿Qué caso tiene gastar en un guion, algo de coherencia y un buen CGI? 

Todos van en piloto automático, incluyendo al director Andy Serkis (¡si!, el mismo de Gollum, César y King Kong) quien —cosa rara en el mundo de los superhéroes—, contaba con absoluta libertad. Pero en vez de ejercer esa libertad, decide hacer básicamente lo mismo que su antecesor: mantener la estética de película barata, el humor pueril y las escenas de acción chafa.

Si acaso, lo segundo más interesante de esta cinta es el rapport entre Tom Hardy y Venom: un bromance de lo más extraño, violento y hasta cursi, en una película que no le tiene miedo a nada, ni siquiera al ridículo. 

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