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Manuel Lino / 
LOS INTANGIBLES

El fraile Antero María de San Buenaventura no lo sabía, pero mientras procuraba aliviar el sufrimiento físico y espiritual de los habitantes de Génova durante un brote de peste bubónica, que se calcula mató a un millón 250 mil personas en el reino de Nápoles, al sur de Italia, estaba protegido por uno de los más grandes e inadvertidos inventos de la medicina del siglo XVII: la túnica de la peste.

Los médicos de la época pensaban que la peste se contagiaba por átomos o partículas venenosas que flotaban en el aire, las llamadas miasmas, las cuales, creían, emanaban de los enfermos, los muertos, los animales y hasta de los objetos y volvían infeccioso al aire. Para combatir las miasmas se inventaron los perfumes.

En Italia, llegaron más allá. Hicieron unas túnicas de lino estrechamente tejido que luego cubrían de cera y perfumaban. Además, usaban caperuzas y cubrebocas puntiagudos.

Así, con apariencia de pájaro monstruoso, debía estar el padre Antero cuando escribió, en 1657, que aquella vestimenta sólo servía para mantener a raya a las pulgas. Aun así, debía usar la túnica “si no quiero ser devorado por las pulgas, cuyos ejércitos anidan en mi vestido; tampoco tengo energía suficiente para resistirlas, y necesito una gran fortaleza mental para mantenerme firme en el altar ”.

›Ahora que sabemos que la bacteria Yersinia pestis, causante de la peste, es transmitida por las pulgas de las ratas, puede resultarnos difícil entender cómo el fraile no pensó que estar a salvo de las pulgas era la diferencia fundamental entre él y los enfermos de peste, quienes estaban cubiertos de ellas.

Este episodio, que narra Robert Sullivan en su libro Rats, ocurrió durante una epidemia menor de peste en el sur de Italia… ¡¿Menor?!, me preguntarán con indignación algunos lectores.

Sí, menor. Los poco más de un millón de muertos que se calculan para ese brote fueron una pequeña fracción de la cantidad de personas que murieron, también por la peste, en el siglo XIV, la pandemia más famosa de la historia, aunque no la más grande… Incluso esa se queda corta si la comparamos con las epidemias virales.

Las bacterias en el tiempo

En su Istoria de Morbo sive Mortalitate quae fuit Anno Dni MCCCXLVIII (Historia de la enfermedad o la gran mortandad del año 1348) el notario Gabriel de Mussis cuenta que el khan tártaro Janibeg, frustrado ante la valerosa resistencia de los ciudadanos de Kaffa (ahora llamada Feodosia, en Ucrania, pero que entonces pertenecía al reino de Génova), antes de ordenar la retirada de su ejército, catapultó sobre los muros de la ciudad los cadáveres de sus soldados muertos por la peste.

Después del sitio, contó Gabriel de Mussis, los asustados navegantes genoveses subieron a sus barcos con la “enfermedad aferrada a sus huesos”. El contador atribuyó a esta acción, que tal vez no fue del todo cierta, el inicio de la pandemia de peste más famosa de la historia. También existe la hipótesis de que la enfermedad llegó en 1346 a Marsella a bordo de un barco procedente del Medio Oriente.

Haya iniciado como haya iniciado, la pandemia de peste acabó matando a alrededor de 25 millones de personas en Europa. Como parece que el brote de la enfermedad se dio en una meseta de Asia central, en lo que ahora es Turquestán, se cálcula que en Asia y África murieron otros 25 millones de personas.

DATO: En 1892 el biólogo ruso Dmitry Ivanovsky describe algunas propiedades de un agente infeccioso más pequeño que las bacterias. El holandés Martinus Beijerink confirmó el hallazgo en 1898 y lo llamó virus, que significa toxina o veneno.

Ante la catástrofe, los médicos de la Universidad de París afirmaron que la causa de la plaga fue una conjunción de Saturno, Marte y Júpiter, ocurrida el 20 de marzo de 1345, a las 13:00 horas. Explicaron que “Júpiter, estando húmedo y caliente, extrae vapores malignos de la Tierra; luego, Marte, porque es excesivamente caliente y seco, enciende los vapores, y como resultado hubo relámpagos, chispas, vapores nocivos e incendios en todo el aire”. Sin embargo, aún faltaban tres siglos para que intentaran protegerse del aire.

La aproximación de los médicos venecianos fue más pragmática: aislaron a las personas enfermas para evitar el contagio. Cuando vieron que 30 días de aislamiento no eran suficientes, subieron el número a 40. En 1403 se aplicó por primera vez esta medida a la tripulación de un barco procedente del este del Mediterráneo. Desde entonces usamos el término “cuarentena” para este tipo de aislamiento.

Los virus que cambiaron el mundo

Pero cuando en 1492 Cristóbal Colón (otro genovés) llegó a la isla que denominó La Española (actualmente, República Dominicana y Haití) no fue tan relevante que trajera las bacterias de la peste como algunos virus que resultaron incluso más letales…

En sus libros 1491 y 1493, Charles C. Mann resalta el hecho de que, por un misterio evolutivo, antes de la llegada de Colón no había en América ninguna de las enfermedades epidémicas comunes en Europa y Asia, así que cuando los europeos trajeron viruela, influenza, hepatitis, sarampión, encefalitis y neumonía virales, y a las bacterias de la tuberculosis, difteria, cólera, tifus, escarlatina y meningitis, los pobladores de este lado del Atlántico no tenían defensa alguna contra estos males.

Incluso, por provenir todos de una pequeña población que había pasado unos 17 mil años antes por el estrecho de Bering, eran genéticamente muy parecidos unos a otros y sus sistemas inmunes carecían de la variabilidad necesaria para enfrentar al coctel de enfermedades. A la indefensión biológica habría que añadir la intelectual: literalmente no sabían qué hacer ante una epidemia, pues no las conocían.

Para dar una idea de la magnitud de la destrucción se puede citar al propio Colón, que se refirió a los indígenas tainos que había en La Española como “innumerables, porque creo que hay millones y millones de ellos”. Fray Bartolomé de las Casas afirmó que la población era de “más de tres millones “.

Los investigadores contemporáneos dan estimaciones entre 60 mil y casi ocho millones de personas. La cifra real, dice Mann, no es tan relevante. Lo es que unos 50 años después de la llegada de Colón, “según un residente académico español, menos de 500 tainos estaban vivos”.

En este caso, parece que se puede fijar la fecha del inicio de la pandemia: el 23 de abril de 1520, y hasta quién la trajo. Todo comenzó a finales de 1518, cuando hubo un brote de viruela en La Española, de donde pasó a Puerto Rico y a Cuba. De esta última isla, Hernán Cortés zarpó sin permiso de la corona española a atacar al imperio de la Triple Alianza. El gobernador de Cuba mandó entonces a Pánfilo de Narváez, cuyo barco tocó tierra en la fecha señalada; a bordo estaba Francisco Eguía o Baguía, un esclavo enfermo de viruela.

El virus eventualmente llegó, como saltando, hasta Chile por la costa del Pacífico. Así, cuando Francisco Pizarro se decidió a atacar al imperio Inca en 1532, éste estaba en medio de una guerra civil que se desató tras la muerte, por viruela, del emperador Huayna Cápac.

La disputa entre los historiadores sobre la cantidad de pobladores que había en el continente americano no está ni cerca de ser resuelta. Pero con base en los estudios de Cook y Borah, de la Universidad de California en Berkeley, Elsa Malvido del INAH calculó que la población en el valle de México cayó en un 97% en poco más de un siglo.

En otras palabras, si en 1518, como dice uno de los cálculos, había alrededor de 25.2 millones de personas, tras las históricas cuatro epidemias de viruela, dos de sarampión, una de influenza, una de peste, dos de un mal local llamado cocoliztli (que probablemente se desencadenaron por las inusualmente malas condiciones sanitarias) y, claro, las batallas para 1623 había alrededor de 700 mil personas.

Pus de vaca y el gran descubrimiento

En 1796, James Pipps tenía apenas ocho años cuando al médico rural Edward Jenner se le ocurrió la brillante idea de inyectarle pus de vaca…

Jenner no trató de esta manera al niño por maldad, sino porque estaba haciendo un experimento basado, primero, en su experiencia al haber sido él mismo “varolizado” en su infancia durante un brote viruela. Esta tremenda terapia se basaba en la observación de que quienes no morían a consecuencia de la viruela, no volvían a padecerla.

Así, la varolización consistía en hacer una herida al paciente y ponerle el contenido purulento de una vesícula de viruela de algún enfermo. Acto seguido, los pacientes eran puestos en cuarentena con la esperanza de que sobrevivieran. De esta brusca manera, se evitaba que un brote de viruela se convirtiera en una epidemia.

DATO: La variolización, un antecedente de la vacunación, fue inventada en China alrededor del siglo XV, tres siglos después se empezaría a usar en Europa.

Además, Jenner había observado que las mujeres que ordeñaban vacas tenían una menor incidencia de viruela; supuso que la menos letal viruela bovina tal vez confería una cierta protección contra la viruela humana. Y así fue. Cuando un mes después el pequeño Pipps fue inoculado con pus de ser humano, no tuvo el más mínimo síntoma de viruela.

Las vacunas (literalmente, significa “de vaca”) de Jenner detuvieron a la enfermedad que llevaba entre 10 y 12 mil años matando seres humanos, pues el virus muy probablemente “brincó” de las reses a los humanos desde el principio domesticación. Pero fue el francés Louis Pasteur quien, casi un siglo después, sistematizó la creación de vacunas para otras enfermedades, generó la idea de atenuar la virulencia del patógeno.

Por cierto, la madre de Jenner, Sarah, murió de fiebre puerperal después de dar a luz a su noveno hijo. Este mal hacía que poco más de 20% de los partos en Europa en el siglo XIX tuvieran un final similar, hasta que el médico Ignaz Semmelweis propuso, a partir de sus observaciones, la muy exitosa técnica “lavarse concienzudamente las manos”, que no sólo sirve para atender partos.

El coronavirus y la moraleja de estas fábulas

Los antibióticos descubiertos por Fleming en 1928 previenen de infecciones bacterianas, pero los antivirales, que se se empezaron a desarrollar en los años 60 sólo impiden el desarrollo de algunos virus; por lo que las técnicas medievales y decimonónicas de prevención de epidemias virales (cuarentenas, tapabocas, lavarse las manos y vacunas) se siguen usando.

En los últimos 140 años se han desarrollado eficaces herramientas para potenciar y mejorar estas técnicas y disminuir el sufrimiento que conllevan. Así, los científicos chinos lograron secuenciar el genoma completo del virus y averiguar cómo funciona la infección en menos de un mes, y calculan tener y estar en posibilidades de distribuir en Wuhan una vacuna contra el coronavirus a mediados de marzo.

Esta impresionante velocidad no es fruto de la casualidad ni de que los chinos “sean muy listos”, sino de una sostenida política de estado de apoyo a la ciencia y la tecnología. Desde hace décadas, China beca estudiantes para que asistan a las mejores universidades del mundo y luego les da trabajo para que regresen; además, invierte cerca de 300 mil millones de dólares (2.5 de su PIB) en investigación y desarrollo. México, en cambio…

›Hace 10 años se tuvieron que mandar las muestras del virus H1N1 a Atlanta para que fueran identificadas; no porque en México no pudiera hacerse, sino porque no existían la coordinación en el sistema de salud para que las autoridades supieran que podía hacerse.

Ahora, se reduce el presupuesto para investigación y desarrollo al punto de que hay centros que no pueden pagar servicios como agua o luz, se califica los apoyos a la innovación de desvíos, se limitan los viajes de investigadores al extranjero y de paso se le que llama mafiosos y flojos (“no salen de sus cubículos”), no se renuevan becas para que estudiantes terminen sus maestrías y doctorados… y eso por no mencionar la falta de recursos, planificación y coordinación que se han evidenciado en el sistema de salud.

Es difícil que el coronavirus 2019-nCoV llegue a México, y tampoco es muy probable que surja un nuevo virus aquí pronto. Como población, de 120 millones de personas, no estamos en peligro real, lo que no quita que muchos de nosotros estén padeciendo y muriendo por enfermedades que podrían aliviarse ni que nuestros precarios sistemas de salud, investigación y desarrollo sigan dependiendo de importar medicamentos y equipo de naciones que sí le han apostado a la ciencia, la tecnología y la innovación.

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