Simón Vargas

Los hombres sabios hablan porque tienen algo que decir; los necios porque tienen que decir algo. Platón.

En la última semana mucho se ha especulado sobre la situación de una popular YouTuber quien fue puesta en prisión preventiva por el delito de pornografía infantil; de forma irónica los hombres que agredieron a la menor, de en ese entonces 16 años, y que fueron grabados en vídeo acusados de violación equiparada, hasta la fecha no han sido detenidos y la única que se encuentra vinculada a proceso es la influencer, sobre todo por ser la responsable de describir dichos actos sexuales ante millones de espectadores con los que cuenta su canal; lo que a la larga también se convirtió en un linchamiento mediático y revictimización para la menor que aparece en las imágenes.

Sin lugar a dudas, diversas preguntas de orden legal surgen en torno al tema, pero lo que sí hay que reconocer es que en un mundo donde la presencia en redes sociales se ha convertido incluso en un negocio bastante rentable, compartir o difundir material fotográfico o en vídeo, opinar sobre contextos específicos, asumir posiciones morales, o participar en debates, debe hacerse de forma menos imprudente y más reflexiva, orientada siempre bajo un sistema ético.

No solo se trata de situaciones como la antes descrita o el escándalo vivido hace años con Cambridge Analytica, sino que es necesario que se comprenda la urgencia de un modelo ético ante medios de comunicación cada vez más veloces, repletos de información no siempre comprobada y capaces de acrecentar rápidamente la espiral del silencio propuesta por la politóloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann.

El tema va más allá cuando se trata de la comunicación política, ya que en un sinnúmero de ocasiones la información se obtiene de forma ilícita, la que después es utilizada para categorizar e influir en el electorado, lo que ha impulsado que el estudio del marketing político o de la últimamente popularizada psicopolítica, se haya intensificado y ampliado sustancialmente en el último lustro.

Y es que hasta hace un par de décadas tanto a la comunicación, al marketing o a la psicología era difícil relacionarlas con las labores políticas, sin embargo, hoy su influencia es notable, de acuerdo al documento Comunicación, Política y Ética publicado en la red social de artículos de revistas científicas ResearchGate se afirma que: Para ser eficaces hay que elaborar los mensajes y argumentaciones basándose en que los electores votan en función de sus valores, sobre la base de lo que son (de sus identidades), de lo que admiran y a quienes admiran.

Pero además de lo anterior, hay que advertir que el poder ya no solo reside en el conocimiento y manejo de información sino además en la popularidad de quien lo usa, hoy la política desafortunadamente se ha transformado en un espectáculo que busca emplear la fama para atraer la atención sobre las audiencias.

Es claro que el tema deriva en preguntas incisivas ¿Es ético que los medios y las redes sociales exhiban más los aspectos negativos que los positivos en ciertas situaciones o con algunos actores políticos?, ¿la población se merece la creación de distractores de atención o corrientes de opinión solo con la finalidad de “limpiar” imágenes políticas y “ensuciar” otras?, ¿emitir la primicia justifica que las fuentes no sean corroboradas adecuadamente?, ¿cómo sobreponer la ética a la manipulación de emociones, a la mentira de los doblajes de voz o a la construcción de relatos con tal de no exhibir la corrupción y la impunidad?

Todo pareciera indicar que términos como ética, moral, valores y comunicación, marketing o publicidad no pueden ir vinculados; sin embargo, es probable que la ciencia del derecho nos permita  conciliarlas, y es que es innegable que nuestro país lleva ya varias décadas de cambios constantes en cuanto a creación de normas del sistema electoral, y pese a que desde 1987 la regulación del acceso de los partidos políticos a radio y televisión fue asentada en el Código Federal Electoral, donde se les otorgaba 15 minutos de transmisión mensuales, las transformaciones continúan allanando camino.

En esta serie de modificaciones hace siete años, en 2014, se llevó a cabo una reforma al Sistema de Comunicación Política y más recientemente el año pasado se hicieron una sucesión de cambios impulsados por decisiones presidenciales, impugnaciones de televisoras y resoluciones de los tribunales electorales, que han impactado el modelo de comunicación política.

Es urgente que se analicen, reflexionen y tristemente, en algunos casos apenas se elaboren códigos éticos que rijan con integridad, equilibrio, respeto y confidencialidad los medios de comunicación, redes sociales y empresas e instituciones dedicadas a la imagen pública; porque en un mundo donde las certezas y la confianza escasean poner información veraz a disposición de la población creará nuevos bastiones para rehacer la imagen política.

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