Simón Vargas

Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla mientras el género humano no la escucha
Víctor Hugo

Desde hace poco más de una década el cambio climático y cualquier tema relacionado con el medio ambiente se han convertido en tópicos abordados constantemente por las agendas gubernamentales de casi todas las naciones, aunque abordar en muchas ocasiones no necesariamente se ha traducido en atención u ocupación.

Si bien es cierto que al inicio de la pandemia ocasionada por el virus SARS-CoV-2 la ausencia de gran parte de la actividad humana concedió una pausa que permitió que la calidad del aire mejorara, que la reducción de la emisión de gases invernadero incrementará considerablemente y permitió que muchos animales volvieran por un par de días a lugares donde la presencia de los humanos los había hecho emigrar.

Las fotografías que circularon durante los primeros meses de pandemia, dieron la vuelta al mundo y es que el canal de Venecia lució por primera vez en décadas un agua cristalina lo que permitió el regreso de peces, patos tomaron baños en las fuentes de Roma, porque paradójicamente, y a pesar de la grave situación a la que apenas comenzábamos a enfrentarnos el aislamiento nos brindó un poco de esperanza, aunque con pesar hay que admitir que ésta fue fugaz.

La pregunta que da titulo a esta columna aun cuando suena fuerte, sobre todo frente a los momentos que vivimos, debe ser planteada y tomada con seriedad. El pasado sábado se llevó a cabo La Cumbre sobre la Ambición Climática la cual fue convocada por la Organización de las Naciones Unidas y celebrada justamente en la fecha en la que en 2015 se alcanzó el histórico Acuerdo de París.

Esta reunión se llevó a cabo de forma virtual y conjuntó a líderes de alrededor de 75 países, quienes ven en el cambio climático un oponente difícil, al que se debe enfrentar con acciones concretas, cambios radicales y planes que tengan como objetivo primordial la conservación y restauración de nuestro planeta.

Y es que los efectos producidos por el calentamiento global han sido cada vez más evidentes: olas de calor extremo, incendios, inundaciones y sequías catastróficas; lo peor es que de no mantener el incremento de la temperatura mundial por debajo de los 2 °C con respecto a los niveles preindustriales o, mejor aún, de limitarlo a 1.5 °C, estos serán cada vez más constantes y destructivos.

Además de las repercusiones mencionadas anteriormente, de acuerdo al Índice de Desarrollo Humano, emitido por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, si no se cambian los esquemas y se continúa basándose en el desarrollo de la explotación irracional de la naturaleza como se ha hecho hasta el momento se incrementará la pobreza y desigualdad. 

Aún con esta evidencia, ¿debemos continuar negando que la situación es una emergencia? La respuesta pareciera obvia y reducida a un simple: no; sin embargo, a cinco años del Acuerdo de París y a casi 10 de que llegue el límite de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, aún estamos muy lejos de alcanzar las metas. La emergencia climática no solo implica acciones por parte del sector marítimo, la aviación o las industrias también deben presentar e implementar nuevos esquemas de gobiernos, empresas privadas y la sociedad civil.

A pesar de que nuestro país cuenta con amplios recursos naturales, no estamos lejos de enfrentarnos a cuestiones graves, en datos del World Resources Institute, nuestro país se ubica en el puesto 24 de las naciones más vulnerables en términos de alto estrés por el uso y escasez de agua, líquido vital para el desarrollo y vida.

El problema no solo atañe a los países desarrollados, tampoco debe limitarse a sembrar árboles o a mencionar medidas para disminuir las emisiones de dióxido de carbono. La ralentización permitida, irónicamente, por la pandemia, debe impulsarnos a reenfocar las actividades, a dejar de creer que es un problema que se solucionará solo y a cambiar radicalmente nuestra forma de vida. 

Es probable que el término “crisis” suene subversivo, pero hoy más que nunca es necesario comenzar con actuaciones radicales para evitar que futuras generaciones tengan que pagar deudas climáticas imposibles de saldar.

*Analista en temas de Seguridad, Justicia, Política y Educación. 
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