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Bet Birai Nieto

Por varias décadas se creyó que el hombre que asesinó a John F. Kennedy permaneció durante una semana en la Ciudad de México, como parte del plan para concretar el magnicidio. Justo su estancia aquí afianzó el engranaje que involucraba a Cuba, a través de su Embajada en México, pero un nuevo documento ha cambiado esta versión, y confirma que 24 horas después del ataque, desde el gobierno mexicano, se operó para la CIA y acusar a la isla caribeña.

La declaración de Sylvia Durán, exempleada del Consulado de Cuba (fechada el 8 de mayo de 1978) —quien por muchos años fue señalada como una parte de la conspiración desde México—, al conocerse, pone en jaque la versión de una intrusión cubana en el asesinato, y exhibe a intelectuales mexicanos y cómo los investigadores mexicanos dirigieron los interrogatorios hacia la confabulación comunista con Lee Oswald.

Esta estrecha cercanía de los más altos funcionarios mexicanos con la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA, por sus siglas en inglés), se confirma con un video en el que aparecen tres expresidentes departiendo en la boda de Winston Scott, el jefe de unidad en México de la oficina estadounidense, quien tuvo un papel fundamental en operaciones durante los años de la Guerra Fría y quien reclutó a los tres. Los mandatarios aparecen en el festejo, ocurrido el 24 de diciembre de 1962, como parte del círculo más cercano al jefe de espías estadounidense.

Odio, Sylvia 03

De los millones de documentos que fueron desclasificados en los últimos años en Estados Unidos, entre los que aparece la declaración de Sylvia Durán, y las investigaciones de Larry Rivera —experto en el tema sobre el asesinato del presidente estadounidense y autor del libro Los jinetes de Kennedy—, surge una gran revelación: el hombre que visitó la Ciudad de México del 27 de septiembre al 3 de octubre de 1963 no era el asesino del entonces presidente, ocurrido en Dallas, Texas, el 22 de noviembre de aquel año, sino alguien que se le parecía.

En este entramado, entre los documentos, se asoma la figura de Fernando Gutiérrez Barrios, entonces director de la Dirección Federal de Seguridad (DFS), cuyo papel fue angular en los interrogatorios de Durán para incriminarla como informante y amante de Oswald, y así convertirlo en una conspiración cubana. 

Odio, Sylvia 03

Fernando Gutiérrez Barrios “fue el que dirigió el interrogatorio de Sylvia Durán, que tenía una manera muy sutil para interrogar (…) la CIA y el FBI querían sacarle a Sylvia la declaración no solamente de que ella atendió a Oswald, ‘el impostor’, sino que también había tenido una situación amorosa con él”, refirió para ejecentral Larry Rivera, quien por más de 40 años se ha dedicado a estudiar el magnicidio de Kennedy.

Sylvia Durán, la clave 

Había transcurrido menos de un día del asesinato de quien fue el trigésimo quinto presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy, en Dallas. La imagen sería icónica y grabada en televisión: un hombre rubio de 46 años, acompañado por su esposa y sentados en la parte trasera de un descapotado vehículo Lincoln X-100, saludaban a una multitud que se acercaba, cuando varios disparos de arma de fuego lo desplomaron ante miles de espectadores.

En la televisión, una empleada de la Embajada de Cuba en México, Silvia Tirado Bazán —conocida en aquel entonces como Sylvia Durán—, veía la escena, aunque lo que la dejó petrificada fue el nombre de quien identificaron como el autor material del crimen: Lee Harvey Oswald. La razón, un mes antes del asesinato de John F. Kennedy alguien con la misma identidad había visitado la sede cubana en México en al menos tres ocasiones. Pero había un detalle más: aquel joven de 24 años y de un metro y 75 centímetros de estatura, cuya imagen aparecía en todos los titulares de la prensa y la televisión, no correspondía con la persona que había conocido con la misma identidad en la Ciudad de México.

De acuerdo con el investigador Larry Rivera, en la Embajada de Cuba en México hubo cuatro personas clave en la identificación de Lee Harvey Oswald: Sylvia Durán, Consuelo Esperón, Luis Alberú Soto —agente cubano de la CIA— y el cónsul Eusebio Azcué. Esto, detalla, se comprueba con la declaración hecha por Durán en 1978, en la que refiere que incluso Azcué corrió al estadounidense por resistirse a salir de la embajada hasta no tener un pasaporte a Cuba.

En su declaración Durán expuso que el 27 de septiembre se presentó ante ella Lee Harvey Oswald por ser una de las empleadas que se podía comunicar en inglés dentro de la Embajada cubana. Ahí le dijo sobre su necesidad de obtener una visa de tránsito a Cuba. “Voy a la Unión Soviética”, dijo Lee Harvey Oswald. “Me muestra su cédula de trabajado en ese país, cartas al Partido Comunista Norteamericano solicitando información, recortes de periódicos que lo muestran luchando o ‘siendo sometido por los brazos’ por algunos policías, en una reunión en apoyo de la revolución cubana”, manifestó Durán.

En este documento, la exempleada del consulado cubano también aclara que su contacto con el supuesto asesino de Kennedy se limita a realizar el trámite para obtener su visa, y si bien Oswald le dice que es comunista, ella misma se preguntaba ¿por qué no visitó el Partido Comunista de Cuba?, pues en estos casos “el Partido Comunista de su país se debía dirigir su par cubano para que el trámite de la visa fuera directo. Y añadió: “me pareció extraño que viajara con todos esos documentos y lo califiqué de ingenuo”.

Este encuentro relatado por Durán, al que se puede acceder libremente por medio de la Fundación Mary Ferrell, refiere que el contacto con Lee Harvey Oswald se limitó al trámite de su visa y para proporcionarle el número telefónico del consulado y su nombre para que una semana después se comunicara con ella para verificar su documento final. Así, Lee Harvey Oswald registró a Sylvia Durán en su directorio, algo que también fue señalado por la CIA para inferir que había un nexo entre ambos fuera de la embajada.

Por momentos, citó Durán, el trato se tornó álgido por la insistencia del estadounidense por tener la visa antes de tres días, pues por la tarde de ese día, Oswald regresó a la embajada cubana para hacer un segundo intento por obtener la visa de tránsito por Cuba, pero recibió la misma respuesta de la mañana. Ahora el hombre gritaba alterado: “‘No es posible, ¡no puedo esperar tanto!’, grita. Intento convencerlo de que no hay nada que se pueda hacer, excepto esperar”.

Así, la empleada pidió el refuerzo del cónsul saliente, Eusebio Azcué, quien le “explica tranquilamente, una vez más, los requisitos que deben cumplirse (…) No comprende las razones y sigue gesticulando. Azcué pierde la paciencia: si eres un verdadero revolucionario entenderías las razones por las que no se pueden otorgar visas a quien las solicite, así que por favor abandona este Consulado inmediatamente a menos que quieras que te eche. Oswald está al borde de las lágrimas. Balbucea palabras ininteligibles y se va”. 

Para Larry Rivera, una de las prácticas de la CIA era el montaje de “eventos falsos” para involucrar a uno o varios sujetos de su interés en situaciones a su favor. En este caso, la supuesta estancia de Lee Harvey Oswald, el hombre que asesinó a Kennedy, también podría ser un montaje, al ubicar a uno o dos sujetos más con la misma identidad en diferentes escenarios. Además hay que considerar que en esa época la Embajada cubana era vigilada permanentemente por la DFS, la CIA y espías de otros países, tanto aliados como enemigos.

Al respecto, la declaración de Durán refiere que el hombre a quien vio en la embajada cubana correspondía al de una “figura débil, que no mide más de cinco pies con 68 pulgadas (1.7 metros)”, quien al no obtener una visa de tránsito para Cuba en menos de tres días, “sus ojos piden protección y están sostenidos por un cuerpo desgarbado. Parece no estar seguro de sí mismo”.

Larry Rivera refiere que las características físicas de Lee Harvey Oswald no corresponden con las del hombre que asesinó al expresidente y que después de dos días, mataron en Dallas.

“Toda la evidencia circunstancial que va saliendo es que Harvey Lee Oswald nunca estuvo en la Ciudad de México y que hubo incluso un impostor”, pues el mismo agente de la CIA, Luis Alberú Soto y la empleada Consuelo Esperón, aseguraron que aquel que fue apresado en Estados Unidos, el 22 de noviembre de 1963, no correspondía al que visitó la embajada.

Boda en las Lomas

En la década de los 60, en pleno desarrollo estabilizador orquestado por el presidente Adolfo López Mateos, la sociedad mexicana pugnaba por abrirse paso a la modernidad y en este escenario Estados Unidos se mantenía expectante.

Winston Scott, principal hombre de la CIA en esa época en México, era un encantador estadounidense de 59 años que operaba desde la Embajada de Estados Unidos en Reforma. Los documentos de la CIA, disponibles en el Archivo Nacional en Washington, muestran que Scott se basó en su amistad con el presidente Gustavo Díaz Ordaz, entonces secretario de Gobernación, Luis Echeverría, y otros altos funcionarios para informar a Washington.

Desde 2017, Raymundo Riva Palacio reveló en su columna Estrictamente Personal, cómo esos tres personajes, López Mateos, Díaz Ordaz y Echeverría, eran informantes de la agencia estadounidense. El nombre codificado de la CIA para la red de espías de Scott era LITEMPO. Las letras LI representaban el código de la Agencia para las operaciones en México; TEMPO era el término dado por Scott a un programa que, en palabras de una historia secreta de la Agencia, era “una productiva y efectiva relación entre la CIA y un selecto grupo de altos funcionarios en México”.

Así, López Mateos y otros dos expresidentes, Luis Echeverría Álvarez y Gustavo Díaz Ordaz, se convirtieron en amigos personales de Scott, lo que puede constatarse en documentos desclasificados de la CIA y hasta en un video que circula en YouTube. 

En este material audiovisual titulado “Boda del jefe de agentes de la CIA en México 1962” se observa a los tres exmandatarios departiendo en el enlace matrimonial de Winston Scott con su tercera esposa y no sólo eso, pues López Mateos fungió como testigo principal en la ceremonia civil que se efectuó en las Lomas de Chapultepec.

Si bien en los registros de la CIA no se revela cuánto pagaba Scott a sus informantes de LITEMPO, pero por lo menos un alto oficial de la CIA pensaba que era “excesivo”. En una revisión del programa de LITEMPO de 1964, el jefe de Scott en Washington criticó que “se les paga demasiado a los agentes y sus actividades no son debidamente reportadas”. Y uno de los colegas de Scott se sumó y sostuvo que los agentes de LITEMPO eran “poco productivos y caros”. Scott ignoró estos reclamos. 

El jefe de la CIA en México también cultivó una relación con Fernando Gutiérrez Barrios, quien era conocido como LITEMPO-4. Scott conocía a El Pollo, como apodaban al jefe de la Dirección Federal de Seguridad, por lo menos desde 1960. 

Es por eso que Gutiérrez Barrios personalmente asistió a Scott en los días posteriores al asesinato de John F. Kennedy, en noviembre de 1963, e interrogó a mexicanos —como Sylvia Durán y su esposo Horacio—, por haber tenido contacto con Lee Harvey Oswald.

“No haga comentarios de esto con nadie”

El motivo exacto del arresto de Sylvia Durán, según Larry Rivera, fue realizado a pedido del jefe de la estación de la CIA en México, Winston Scott, caótico y ejecutado por la policía mexicana.

Respecto a aquel día, Durán se referiría como “El fantasma de John F. Kennedy me persigue”, pues tras 15 años del asesinato, es decir, en 1978, el Comité Selecto de la Cámara sobre Asesinatos (HSCA, por sus siglas en inglés) volvió a requerirla.

Este es un extracto de la declaración de Durán fechada el 6 de junio de 1978, ante la HSCA sobre su interrogatorio practicado 15 años atrás en las instalaciones de la DFS, el 23 de noviembre de 1963:

“¿Eres comunista? No. Camina, gesticula. Mira señora, no nos engañes. Más que hablar, ladra. Lenin dice que eres comunista cuando eres miembro de un Partido Comunista. No estoy afiliada al Partido Comunista, por lo que no soy comunista. (…) ¿Conoce a José Revueltas, su líder? Pepe? Por supuesto, es un escritor magnífico. ¿Has leído El proletariado sin cabeza? ¡Por supuesto! ¿Cuál es tu opinión sobre Revueltas? Él es hegeliano. ¿Qué?, pregunta un hombre que registra todo lo que digo en una especie de máquina de escribir. ¿Cuántas veces has visitado Cuba? ¿A quién viste? ¿Qué lugares visitaste? ¿Qué instrucciones le dieron? (…) ¿Tuviste relaciones sexuales con Oswald?”. 

Después de cinco horas de interrogatorio, refiere Durán, entró en el cuarto un hombre delgado de expresión fría, con tipo nazi. Es el capitán Fernando Gutiérrez Barrios quien al hablar le dice: “Solamente hay tres tipos de relación con Oswald: de trabajo, de hombre a mujer o política. Todos se callaron cuando él hablaba. El Capitán era el único que hacía preguntas concretas, sin gritar. En forma cruelmente educada”. En otra sesión del interrogatorio, los agentes preguntaron si “¿Hay un túnel que une a la Embajada Cubana con la Rusa?, ¿Cuánto tiempo trabajó en el instituto cubano? ¿Quienes colaboraban, sus nombres, sus direcciones?”.

En el relato de Durán entra nuevamente Gutiérrez Barrios, ahora portaba en las manos un papel: “No sé cuántas veces repetí lo que hablé con Oswald. El Capitán entra, me da un papel y me dice: repita lo que le escribí a Oswald. Escribo mi nombre y el teléfono del Consulado, exactamente igual como lo hacía con todos los que solicitaron visa, para que no estuvieran yendo al Consulado y exactamente igual como lo hice con Oswald”.

Durán recrea el interrogatorio al asegurar que no se extralimitó en sus funciones como se afirma en el Informe Warren, al cumplir con la rutina. “El Capitán sale, regresa y me pide lo mismo. No sé cuántas veces se repite esta operación. Al final me dice que Oswald tenía mi nombre y mi teléfono en su agenda. Yo creo que tenía el papel que yo le había dado con mis datos y estaban cotejando la letra. Después de ocho horas de interrogatorio todo queda aclarado. No tengo ninguna culpa. Perdone las molestias. Le sugerimos que no haga comentarios, sobre esto, con nadie”. 

Los señalamientos 

En la década de los 60, México era un tablero que mezclaba personajes políticos con el espionaje internacional durante la Guerra Fría y la Ciudad de México fue el epicentro de muchas operaciones de la CIA.

En los andamiajes del espionaje, el papel de intelectuales era fundamental, servían como informantes y anzuelos o para introducir a agentes encubiertos, en este caso de la CIA, en círculos críticos y con ramificaciones de las esferas de poder. 

En la historia del complot contra Kennedy un personaje clave es la escritora mexicana Elena Garro, quien en 1964, junto con su hija Helena, aseguró que Lee Oswald había visitado la casa de sus familiares para departir en una “fiesta de Twist”, invitado por Sylvia, la esposa de su primo, Horacio Durán. 

En su declaración, contenida en el informe de la Comisión Warren, Garro aseguraba que Sylvia no sólo conocía al homicida de Kennedy y lo invitó a su casa, a la “fiesta de Twist”, sino que además era su amante. Entonces sus palabras fortalecían la idea de la intervención cubana, al ser una escritora que los documentos acreditan fue reclutada por la CIA. 

El testimonio de Garro fue desestimado también en el HSCA que en 1978, es decir, 15 años después del magnicidio, reabrió el caso. ¿La razón?  No encontró evidencia de que Oswald estuviera en aquella fiesta junto con Sylvia Durán ni que fuera su amante. Otro de los personajes que identificaron a Durán como amante de Harvey Lee Oswald fue el pintor Carlos Jurado Delmar —reclutado también por la CIA, de acuerdo con la investigación de Larry Rivera—, quien aseguraba que ella no sólo había tenido una relación extramarital con Oswald, sino con él mismo. 

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