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Manuel Lino / Los Intangibles.com

El pasado 16 de noviembre se dieron a conocer los resultados de un estudio sobre un nuevo virus mortal que puede propagarse de persona a persona en entornos de atención médica.

El brote del virus Chapare, ocurrió el año pasado, en 2019, cerca de la capital de Bolivia, La Paz, y fue contenido exitosamente; sin embargo, “un joven médico residente, un médico de ambulancia y un gastroenterólogo contrajeron el virus después de encontrarse con pacientes infectados, y dos de estos trabajadores de la salud murieron más tarde”, advirtió Caitlin Cossaboom, epidemióloga de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC). 

Al menos fueron cinco infecciones con síntomas similares a los que causa el virus del Ébola; tres de ellas fueron mortales. “Creemos que muchos fluidos corporales pueden portar el virus”, añadió Cossaboom.

Antes del reciente brote se había confirmado un único caso en 2004 en la provincia boliviana del Chapare. 

La reaparición en 2019 de esta fiebre hemorrágica ocasionó que el Ministerio de Salud de Bolivia, los CDC y la Organización Panamericana de la Salud (OPS) se pusieran investigar las características y los orígenes enfermedad y desarrollaron una prueba PCR que permite diagnosticarla.

El virus del Chapare pertenece al grupo de los llamados arenavirus, que incluyen a otros patógenos peligrosos como el virus Lassa, que causa miles de muertes anuales en África Occidental, y el Machupo, que ha provocado brotes mortales en Bolivia. Hay evidencia preliminar de que una especie de roedor es la portadora del virus y puede transmitirlo a las personas u otros animales que a su vez pueden infectar a los humanos.

Se puede decir que la aparición del virus Chapare es, en sí misma, un síntoma de un problema que aqueja al mundo entero y a Latinoamérica en particular, y que se puede resumir con la advertencia “la pérdida de biodiversidad puede causar pandemias”.

La fábula de los animalitos peligrosos

Cada año, de acuerdo con el reporte del Fondo Mundial para la Vida Silvestre (WWF, por sus siglas en inglés) surgen tres o cuatro nuevas enfermedades infecciosas en los seres humanos, y se calcula que en los últimos 30 años, alrededor del 65% de ellas tuvieron un origen zoonótico; es decir, pasaron de un animal al ser humano.

El nuevo coronavirus revela el problema más grave de las zoonosis: como los patógenos son desconocidos no tenemos defensa inmunológica ni médica contra ellos. Así, aunque aún no se sabe si el SARS-CoV-2 proviene de un pangolín, murciélago o civeta, está claro que las cerca de 60 millones de infecciones registradas, que han acarreado alrededor de un millón 400 mil muertes, se dieron a partir de un único y primer caso humano.

Es por esto que el reporte del WWF llama a Covid-19 “una llamada urgente para proteger a la gente y la naturaleza”. En palabras del biólogo Rodrigo Medellín “la conservación debe ser considerada la primera línea de defensa para la siguiente pandemia”. 

En esta consideración coinciden la ONU, como lo dio a conocer en septiembre en la quinta edición de sus Perspectivas sobre la Biodiversidad Global, y el Panel Intergubernamental de Ciencia y Política sobre Biodiversidad y Servicios de los Ecosistemas (IPBES), y cuyo informe publicado el 30 de octubre se llamó “Escape de la era de las pandemias”. 

La relación entre las zoonosis virales y la biodiversidad sucede por el llamado efecto de dilución, que se puede explicar así: los virus suelen pasar de una especia a otra; cuando hay muchas especies, la probabilidad que tiene cada una de recibir un nuevo virus es baja; cuando disminuye el número de especies aumentan las probabilidades de que los seres humanos, los más abundantes, recibamos los virus zoonóticos. 

Por otra parte, Rodolfo Dirzo, biólogo que lleva años advirtiendo sobre los peligros de la defaunación, comenta que las actividades humanas, como la caza y la agricultura, no disminuyen de manera homogénea la biodiversidad animal, y en particular la de los mamíferos, de donde provienen la mayor parte de las zoonosis, se elimina primero a las especies de mayor tamaño. 

Sobreviven, sobre todo, especies de roedores y los murciélagos, que además pueden considerarse reservorios de patógenos zoonóticos. Esto no es especulación, fue confirmado por un análisis de alrededor de seis mil 800 comunidades ecológicas en seis continentes publicado recientemente. 

“Hemos estado advirtiendo sobre esto durante décadas”, sostuvo Kate Jones, del University College de Londres y coautora del estudio. “Nadie prestó atención”.

Del tecolote llanero ¿al escudo nacional?

El tecolote llanero (Athene cunicularia) no es un búho cualquiera, es de hecho el único que en lugar de descansar y empollar en un nido sobre un árbol lo hacen en un agujero en la tierra, una madriguera. 

Como son pequeños y no están bien armados, estos tecolotes se defienden con un truco: cuando un depredador se acerca a su madriguera, lo asustan haciendo un ruido como de víbora de cascabel.

El tecolote llanero es omnívoro e, igual que cualquier depredador, tiene un papel muy importante en los ecosistemas contribuyendo a mantener el balance entre las distintas poblaciones; además es relevante para los campos de cultivo, pues controla las poblaciones de especies que pueden convertirse en plagas. 

Distintas variedades del tecolote llanero se han encontrado desde el oeste de Canadá hasta Centroamérica, e incluso en “parches” en Sudamérica y algunas islas del Caribe. Es decir, es una especie americana, como las diferentes especies de víboras de cascabel (género Crotalus), como las plantas de la familia Opuntioideae, a la cual pertenecen los nopales.

Pero no podemos completar el escudo nacional porque de las cinco variedades de águila real, el elemento central del mismo, hay solo una en América, el águila dorada o Aquila chrysaetos ssp. canadensis, y la compartimos con todo el norte de Asia. 

María Rodríguez-Shadow señala que “se ha propuesto la hipótesis de que la culebra (no la serpiente) representa a los grupos campesinos que fueron sometidos durante la guerra y sujetos a pagar tributo en trabajo y especie a los señores que gobernaban México-Tenochtitlán”. Matías Domínguez Laso explica que la serpiente también puede ser entendida, aunque no esté emplumada, como Quetzalcóatl o Kukulkán. 

Se puede decir, entonces, que nuestro escudo nacional representa el triunfo del Norte sobre el Sur, o de la guerra sobre la sabiduría o del género masculino; y que pertenece al mito fundacional de una sola ciudad: México-Tenochtitlán. 

Actualmente, el águila real tiene la etiqueta de “amenazada”, “sobre todo por la destrucción de los ecosistemas y la cacería indiscriminada” y desde 2008 la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONANP) hizo un plan para su conservación. 

Sin embargo, cuando en 2017 CONANP detectó un nuevo territorio de anidación de Aquila chrysaetos canadiensis en la Sierra de Juárez, Baja California, se incrementó apenas a 138 el número de parejas reproductivas registradas de esta especie en México. 

Si llegaran a desaparecer las águilas, quizá podríamos proponer al tecolote llanero para el escudo nacional, pues aunque sus poblaciones no son lo que eran hace 30 años se encuentra distribuido por todo el territorio nacional… ¿o no?

Epílogo de la desesperanza

Los estudios internacionales sobre biodiversidad dados a conocer este año señalan que aún no es demasiado tarde para frenar el declive de la diversidad biológica, incluso aseguran que es posible revertir las tendencias actuales. Además, coinciden en que las acciones forzosas para la conservación coinciden con las necesarias para reducir la pobreza y combatir el cambio climático, si tomamos acciones ahora; pero al menos en México no lo estamos haciendo.

En junio pasado, el Global Land Analysis & Discovery (GLAD) del Global Forest Watch con datos de observaciones satelitales sistematizados por investigadores de la Universidad de Maryland, calculó que durante 2019 cada seis segundos se perdió el equivalente a un estadio de fútbol de bosque tropical. La región con mayores pérdidas fue América Latina (sobre todo debido a los incendios en países amazónicos) y que México entró en el noveno lugar a la lista de los 10 países que más destruyen sus bosques tropicales.

El coronavirus no nos ha hecho recapacitar. México asigna cada vez menos presupuesto al cuidado del medio ambiente. La Secretaría del ramo pasó de casi 68 mil millones de pesos de presupuesto en 2015 a poco menos de 30 mil millones en 2020. 

El presupuesto ya aprobado para 2021 es ligeramente mayor, de cerca de 30 mil 500 millones de pesos.

Un comunicado del Centro Mexicano de Derecho Ambiental (CEMDA), destaca que de 2013 a 2020, el sector ambiental federal destinado a la defensa y protección del medio ambiente ha perdido 2 mil 515 plazas.

Pero la reducción más grande ha sido en la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Conanp), encargada de cuidar el 22% del territorio nacional, el presupuesto para proteger cada hectárea se ha reducido 87%, pues en 2016 había 74.12 pesos por hectárea y en 2020 tan sólo 9.56 pesos.

›Desde chico, me gustaba cómo la bandera mexicana, con su escudo de seres vivos, destacaba entre las de otros países que solo tienen colores, figuras geométricas inanimadas o, a lo sumo, una hoja o un árbol; pero al paso que vamos, es razonable suponer que el águila real y algunas especies de crótalos tienen los días contados. 

Quería proponer al tecolote llanero, para suplir a ambos en el escudo, pero de acuerdo con la Comisión Nacional para el Uso y Aprovechamiento de la Biodiversidad (Conabio), aunque este animal fue común en el occidente de Norteamérica, “a partir de las tres últimas décadas sus poblaciones han disminuido”.

¿Cuánto? No lo sabemos. Los últimos estudios hechos en México sobre el tecolote llanero son de antes del 2000… Bueno, nos quedan los roedores, esos que eventualmente nos van a transmitir enfermedades zoonóticas. 

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