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Luis Alfredo Pérez

Hace unos días la facultad donde doy clases invitó a a sus profesores a visitar la sede del Servicio Exterior de la Unión Europea (European External Action Service, EEAS) en Bruselas. El objetivo era conocer más de las labores de esta dependencia –– pero la excursión comenzó a resultar instructiva apenas comenzar.

Quedamos de encontrarnos en la estación de trenes, donde descubrimos que el de las 7.19 a Lieja ––donde enlazaríamos a Bruselas–– se había cancelado sin mayor explicación. Decidimos esperar el que saldría en una hora, y mientras tanto beber café y dedicarnos al segundo objetivo del viaje, que era fomentar la unión entre colegas.

Comenzamos comentando asuntos de trabajo y terminamos hablando de nuestros hijos y de sus escuelas, de nuestros lugares de origen y de como habíamos llegado hasta ahí. El interés era genuino: además de holandeses venidos de diferentes partes del país y de un mexicano, en nuestro pequeño grupo había una profesora rusa, una belga, una francesa y una portuguesa.

Para entonces por fin íbamos en el tren, y en él viajaban también pasajeros de origen africano, árabe y asiático. Pero cruzamos de Holanda a Bélgica sin aduana de por medio y sin que nadie nos pidiera pasaporte, y afuera el paisaje se transformó de inmediato: cambiaron las casas, la vegetación, el aspecto de las personas, la ropa que vestían y los anuncios de las calles.

Probablemente la riqueza cultural sea lo más valioso que tiene Europa. Claro que no significa que la convivencia sea perfecta, ni conviene darla por descontada. Como si quisiera enviar un mensaje o simplemente no pudiera evitarlo, el edificio principal de la UE en Bruselas y sus alrededores, estación de metro incluida, parecen estar siempre en una maldición de obras continuas.

Pero nuestra visita apenas comenzaba. La responsable de recibirnos pareció sorprendida de vernos –– y quedó claro que aún no ajustaba el plan a nuestro retraso. Pero acostumbrados como deben de estar a las visitas y los imprevistos, mientras se reorganizaba la excursión nos llevó a un mural informativo donde un empleado nos entretuvo recordando a los Presidentes históricos de la UE, tema interesante donde los haya, que encima amenizó echando mano de gran formalidad y gravedad. Y si hablamos del mural no imagine algo moderno e interactivo –– por no mencionar que las fotografías con que ilustraba los hechos históricos tampoco eran las más representativas, y que encima había errores en la información, como la fecha de la muerte de Francisco Franco.

Luego fuimos por fin a las pláticas programadas. La primera la dio una persona a la que todo indicaba que el encargo le había caído sin que lo pidiera y sin que lo considerara una de las razones por las cuales le pagan. Usó la presentación que otra persona había preparado para otro evento y nos dio una lección de fijación por los acrónimos, los procedimientos a seguir, y el organigrama de la institución para la cual se trabaja. Las explicaciones que dio de las labores de la EEAS fueron complicadas y oscuras, pero las respuestas a nuestras preguntas fueron rebuscadas y obtusas.

La segunda plática en cambio fue más interesante, aunque también se basó en una presentación hecha para un evento completamente diferente, y la sensación final fue semejante: la UE está llena de personal altamente especializado en sus términos y burocracia.

(Para entonces nos preguntábamos si recibir decenas de visitas cada semana no justifica tener un equipo de presentadores dedicado tan sólo a instruir sobre y a vender las bondades de la Unión Europea, pero nos dolía la cabeza sólo de imaginar la de documentos, directrices, solicitudes y discusiones que crearlo supondría.)

Y como la tercera plática se canceló por el retraso, pero aún había un rato que cubrir hasta que diera la hora de la comida, nos enviaron de nuevo al empleado del mural, que pertrechado ahora de un PowerPoint continuó hablándonos con gran detalle de cosas de la UE que sólo para iniciados; en su defensa debo decir que parecía preparado para hablar durante más o menos tiempo, pero hasta cubrir cualquier contingencia. En su explicación se advertía la falta de energía de las presentaciones que se bastan a sí mismas y no van hacia ninguna parte: que no quieren convencer ni motivar ni inspirar, sino sólo matar el tiempo mientras la traslación de los cuerpos celestes continúa.

Al final del día me quedé pensando en que la aventura de la UE ha creado un lugar extraordinario donde, a pesar de la Historia, conviven millones de personas venidas de culturas y contextos diferentes. Pero ha creado también un universo paralelo que habría vuelto loco de felicidad a Kafka, el de una burocracia que intenta poner orden y concierto entre políticos y funcionarios de veintiocho países, y que ha terminado por convertirse en un monstruo lleno de personas que ven a las instituciones para las cuales trabajan como un fin en sí mismo.

Twitter: @luisalfredops

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