Ilustración: EjeCentral

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Manuel Lino / Los Intangibles.com

Cuando Josiah Booker era presidente de Booker Brothers, la compañía con sede en Liverpool que por más de un siglo llegó controlar tres cuartas partes de la economía de la Guayana inglesa, estaba muy preocupado por la educación: no quería que los empleados de la compañía aprendieran a leer porque esto les daría ánimos para aspirar “a más de lo que les corresponde en la vida”. 

A pesar de que su sucesor John Jock Campbell sí hizo un esfuerzo para mejorar las condiciones de vida de los trabajadores, junto con misioneros y la Sociedad Británica en Contra de la Esclavitud, para 1966, cuando el país alcanzó su independencia (y pasó a llamarse Guyana), “la nueva nación tenía una sola universidad, una escuela nocturna que se había establecido tres años antes”, explica Charles Mann en el libro 1493

Entre los temas de las ciencias económicas es difícil que alguno pueda generar tanta controversia y enojo como la desigualdad, sobre todo porque parece rebasar por mucho los límites de la economía y llegar a las áreas del derecho, la política, la psicología y la ética. El tema de la pobreza se acerca, pero una cosa es ser pobres, sin escolaridad ni acceso a los sistemas de salud, y otra es que, además, los vecinos, jefes u otros compatriotas sean muy ricos, se vayan a atender a Houston y a perder dinero en Las Vegas. 

Aunque Guyana tiene múltiples diferencias con Latinoamérica, se puede tomar como ejemplo de por qué el subcontinente que se extiende hacia el sur del Río Bravo lleva siglos siendo la región más desigual del mundo, con su pasado colonial, sus economías basadas en la riqueza natural, sus enormes latifundios, además de su dependencia científico-tecnológica y su casi nula capacidad de innovación.

También sirve para hablar del país que, de acuerdo a ciertas consideraciones, es el más desigual de la región… sí, México.

La llaga en crecimiento

En los últimos meses, con la llegada de la pandemia, el tema de la desigualdad ha pasado de ser importante para México a ser fundamental. El virus se ha cebado en las desigualdades. Ha dejado claro que hay grupos poblacionales con mucho menos acceso a la salud, la información, la conectividad, el agua, la alimentación saludable y la posibilidad de quedarse en casa. De manera análoga, a nivel mundial ha distinguido a los países que tienen sistemas de salud sólidos, gobiernos responsables y economías fuertes y basadas en el conocimiento de los que no.

Desafortunadamente, un análisis de la Comisión Económica para América Latina (Cepal) revela que, como resultado de la pandemia y de las medidas necesarias para proteger a la población de la misma, la pobreza y la pobreza extrema aumentarán en todos los países de la región. La pobreza extrema crecerá “en México, Nicaragua y el Ecuador”, y la pobreza en general aumentará “especialmente” en Argentina, México, Ecuador y Brasil, revela el análisis. 

Además, “aumentará la desigualdad en todos los países de la región” y “los peores resultados se esperan en las economías más grandes de la región… los países en los que más cambio habrá del Índice Gini, de tres por ciento o más, serán Argentina, Brasil, Ecuador, México y Uruguay”. 

La mano invisible y el marxismo, en lucha desigual

La intención de reducir la pobreza y la desigualdad prácticamente nació con la propia teoría económica cuando, en 1776, Adam Smith planteó en La riqueza de las naciones la existencia de una “mano invisible” que haría que el mercado se ocupara de los pobres. 

Durante siglos, la mano invisible ha dado palmaditas en las espaldas de los grandes protagonistas de los mercados para tranquilizarlos y dejarlos pensar que estaban cumpliendo con su papel de mantener en funcionamiento una maquinaria que, eventualmente, corregiría sus errores e injusticias, tanto los que le daban sustento como los que fuese creando en el camino. Es más, de alguna manera los convencía de que generar o acaparar más riqueza para sí mismos era no solo la mejor sino la única manera racional de combatir la pobreza.

Esta forma de pensar llegó al límite en la segunda mitad del siglo XX, cuando el economista Milton Friedman dio forma a la teoría económica que se ha denominado neoliberal, que en un burdo resumen propone reducir al máximos la intervención del estado en todos los mercados y dejar que estos arreglen el mundo. 

Desafortunadamente, Friedman no se quedó en la teoría, fue asesor de Ronald Reagan en Estados Unidos, Margaret Thatcher en el Reino Unido y, junto con sus estudiantes de la Universidad de Chicago (los Chicago Boys), lo fueron del régimen dictatorial de Augusto Pinochet en Chile. 

Los resultados en Chile fueron tan desastrosos en cuanto a las cifras de desempleo y aumento de pobreza, además de los políticos, que cuando en 1976 se le concedió el Nobel de Ciencias Económicas a Friedman, hubo una multitud de críticas e incluso se sugirió que el propio premio debía ser suspendido para siempre. 

Eventualmente, el modelo Friedman, que más o menos se ha mantenido en Chile, consiguió que el producto nacional bruto del país creciera hasta en 40%, pero la desigualdad que conllevaba ha sido una carga que incluso generó un estallido social pocos meses antes de la llegada de Covid-19.

En 1983, se le concedió el Nobel de Ciencias Económicas a Gerard Debreu, el teórico que demostró que la mano invisible (o, dicho de otra forma, los mercados eficientes) sólo podía existir en ciertas condiciones. Pero sería hasta 2001 que se le daría el Nobel a Joseph Stiglitz, quien en 1986 junto con Bruce Greenwald había explicado que los mercados eficientes solo ocurren cuando hay información perfecta y mercados completos. Es decir, mostraron que la mano invisible no puede existir en el mundo real.

En buena medida, el éxito de Friedman se debió a que, además de sus artículos académicos, escribía sobre sus teorías de manera comprensible para el público. Aunque no era nadie si se le compara con la idea que ha sido la principal rival de la economía de mercado, emanada de la narrativa más poderosa que se ha escrito en occidente después del Nuevo Testamento: El  Manifiesto del Partido Comunista de Marx y Engels. 

Para el economista Thomas Sowell (marxista, aunque después estudió con Friedman y combate ideas de ambos con datos y evidencia), Marx ofreció la primera explicación de la inequidad que parecía tener sentido, era fácil de comprender y que tenía una narrativa con la que mucha gente se pudo y aún se puede identificar. La explicación se resume como: los ricos lo son porque les quitan a los pobres el resultado de su trabajo. 

Las ideas de Marx han dado lugar a revoluciones que siempre terminan generando más pobreza y corrupción de la que en principio pretendían combatir; quizá porque caen en la “falacia aparentemente invencible”, que señala Sowell en su libro Discriminación y disparidades, de que “se puede justificar que los políticos redistribuyan los beneficios económicos”.

Los datos y la evidencia internacional muestran que lo que funciona es la economía de mercado acotada por un estado que provee salud, educación y estado de derecho.

El dato. México ocupa el lugar 29 a nivel mundial en desigualdad. En el continente, Nicaragua, Brasil, Costa Rica, Belice, Colombia, Panamá y Paraguay son más desiguales. 

México, campeón en desigualdad

En el panorama latinoamericano, México no destaca como la nación más pobre ni la más desigual. Con base en el Índice Gini y según cifras del Banco Mundial, ocupamos el lugar 29 a nivel mundial en desigualdad. En el continente, Nicaragua, Brasil, Costa Rica, Belice, Colombia, Panamá y Paraguay son más desiguales. Pero hay otras formas de medir desigualdad.

En su libro The Haves and the Have-Nots (Los que tienen y los que no), Branko Milanovic compara grandes fortunas a lo largo de la historia. Del Imperio Romano toma a Marco Lisinio Craso, quien pasó a la historia como un rico extravagante y como el general que acabó con la rebelión de Espartaco. Milanovic calcula que la fortuna de Craso ascendía a 200 millones de sestercios y que sus ingresos personales anuales eran de alrededor de 6% de esa cantidad. Dado que los ingresos de un romano promedio eran de unos 380 sestercios al año, Craso podía pagar a 32 mil de ellos de su bolsillo.

Haciendo un cálculo similar, el autor revisa a millonarios como Andrew Carnegie, John D. Rockefeller y Bill Gates, y llega a la conclusión de que Rockefeller en 1937, cuando su fortuna era de unos mil 400 millones de dólares y podía pagar de 116 mil personas de ingreso promedio en Estados Unidos, ha sido el más rico. En comparación, Bill Gates en 2005 tenía una riqueza de 50 mil millones de dólares, pero dado el crecimiento del PIB per cápita de Estados Unidos, sólo podría pagar 75 mil trabajadores de su bolsa personal.

Milanovic hace el cálculo también para el mexicano Carlos Slim, cuya fortuna antes de la crisis de 2009 era de 53 mil millones de dólares y de su bolsillo podía pagar los ingresos de 440 mil mexicanos promedio. Es decir, “sin cambiar el hecho de Rockefeller fue el más rico de la historia, en términos relativos lo era más Carlos Slim”. No hay país latinoamericano con un ejemplo así.

En América Latina, los principales obstáculos probablemente han sido las divisiones sociales y la estrategia económica. La política oscila entre una izquierda populista y preocupada por las masas y una derecha que defendía los derechos de los ricos. Al mismo tiempo, las élites han subestimado la importancia de invertir en tecnología y en educación superior”.  Jeffrey Sachs en Economía para un planeta abarrotado. 

Epílogo de reacción social

De acuerdo con Martin Ravallion, que estudia la desigualdad en el mundo en desarrollo, la inequidad se puede medir de manera absoluta o relativa y no se trata “de que un concepto esté bien y el otro sea equivocado, simplemente reflejan distintos juicios de valor”. Ravallion se refiere, claro, al índice Gini, que mide en términos absolutos, y el método de desviación logarítmica de la media, que lo hace de forma relativa, y no a la aproximación casi anecdótica que acabo de dar. 

Sin embargo, cuando leemos en la lista de los más ricos de la revista Forbes que tras la cancelación del aeropuerto y con la llegada de Covid-19, después de perder 11 mil 900 millones de dólares, Carlos Slim ocupa el lugar 12 entre los más ricos del mundo con 52 mil 100 millones de dólares; de saber que la fortuna del segundo hombre más rico de México, Ricardo Salinas Pliego, es de 11 mil 700 millones de dólares, pero que sus empresas deben impuestos; y que Alfonso Romo dijo hace unos meses que no habría más dinero para investigación y desarrollo porque México debería seguir importando tecnología para generar más riqueza, que los ventiladores, que el gobierno no compra más pruebas diagnósticas pero dice que va a generar empleos… Cuando vemos cómo está el país y que la Cepal dice que se va a poner peor, las mediciones éticas, psicológicas y emocionales de la desigualdad no pueden sino salir a relucir. 

Ante la llegada de Covid-19, muchos mexicanos tomaron acciones para prevenir el contagio desde antes de que lo recomendaran las autoridades. Desafortunadamente, lo que hay que hacer de manera personal para mitigar en lo posible las consecuencias económicas de la pandemia es menos claro. 

Algunos economistas sugieren cosas como dar participación en las empresas a los trabajadores para compensar el riesgo de contagio de ir a trabajar, por ejemplo. En general se trata de innovar, porque empezar a construir un mundo nuevo empieza por lo poquito que se haga en lo individual. 

Para Martin Ravallion, se puede decir que la desigualdad global no ha disminuido sino aumentado si se cumple una o más de las siguientes condiciones: (i) se atribuye un alto peso ético a los más pobres; (ii) se tiene una fuerte aversión ética a la desigualdad de alto nivel; (iii) se toma una perspectiva nacionalista, enfatizando la privación relativa dentro de los países; o (iv) uno ve la desigualdad como absoluta en lugar de relativa. 

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