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Elizabeth Hernández y Manuel Lino

El manejo de la pandemia en México ha estado salpicado de datos inconclusos, documentos deficientes y medidas incorrectas que se acercan a la negligencia criminal. El resultado más severo de estos errores son las más de 500 mil vidas que se han perdido a causa de una estrategia liderada por Hugo López-Gatell, el Zar del coronavirus, quien dejó a un lado la ciencia para sustituirla por ideología y política.

Hugo López-Gatell

Las primeras señales de alerta surgieron casi de inmediato. Tan sólo cinco días después de que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declarara al nuevo coronavirus como una pandemia, López-Gatell anotó su primer punto político al asegurar que “la fuerza del presidente era moral, no de contagio”; una frase que pudo ganarle simpatías con su jefe López Obrador, pero que aminoró la gravedad de la crisis.

Su batalla con los datos y los modelos matemáticos tampoco tardó en aparecer. El Subsecretario jamás fue capaz de explicar con detalle el origen de sus estadísticas, el famoso sistema Centinela, o las proyecciones que lo llevaron a predecir el pico de la pandemia en múltiples ocasiones, sin acertar en ninguna de estas, pero con medidas que se desfasaron por esta falta de precisión.

Datos oficiales, así como de analistas independientes, pusieron en evidencia a López-Gatell, quien tuvo que esconder las cifras vitales de la pandemia, así como las hospitalizaciones durante las etapas más críticas de la emergencia sanitaria, mientras llenaba el discurso con frases que aseguraban que había “transparencia plena” en el manejo de esta crisis.

Ante los señalamientos a su gestión, el Subsecretario ha elegido la burla y el tono prepotente para exponer a sus críticos, ya fueran periodistas o usuarios de las redes sociales; pero también ha minimizado los consejos de expertos, nacionales e internacionales, así como de documentos y publicaciones que remarcaban los errores de su estrategia.

El carisma de López-Gatell se ha visto opacado por los errores de una estrategia que borró su estatus de rockstar de la pandemia, para dar paso al Doctor Muerte, un título menos encantador y que se ha vuelto tendencia ante cada una de las desafortunadas declaraciones del aún Subsecretario de prevención y promoción de la salud.

Más allá de los datos, que posicionan a México entre los países con peor manejo de la pandemia, el verdadero impacto de esta crisis se cuela entre las conversaciones cotidianas que recuerdan a todas las personas que han muerto, los millones de enfermos, las pérdidas laborales y económicas que pudieron mitigarse si en la estrategia de López-Gatell hubiera prevalecido la ciencia sobre la política.

Matemáticas a modo 

En México existen dos caras de la pandemia: la que se reporta en las cifras oficiales, y otra que ha sido desenterrada de entre los datos por analistas independientes, periodistas, expertos en programación y matemáticos, quienes han acorralado a Hugo López-Gatell en cada recoveco de su estrategia.

Los desacuerdos entre las estadísticas del Subsecretario de Salud y la realidad comenzaron con las primeras cifras de la pandemia; incluso antes de que la Secretaría de Salud publicara datos abiertos, algunos analistas independientes notaron los supuestos fallos que el funcionario cometía en las gráficas que se presentaban cada tarde.

Hugo López-Gatell
Omisión. Las conferencia diarias fueron usadas para ocultar o minimizar la información de mayor gravedad.

El primer error notorio fue el de comparar la curva epidémica de México frente a la de otros países en donde la pandemia había comenzado con más de un mes de diferencia. Analistas señalaron que era una falla metodológica iniciar ese conteo por fechas en lugar de por días transcurridos desde el primer caso, algo que López-Gatell desestimó con burlas o frases en las que repetía la idea sobre la “dificultad técnica” de entender cómo funciona una epidemia.

Difundir estas primeras gráficas creó la imagen errónea de que “México estaba mejor que Italia o España”, y que por tanto no era necesario tomar medidas extremas como cerrar la vida social o limitar algunas actividades. Sin embargo, expertos en salud pública —como algunos exsecretarios de salud federal y de otros estados—, advirtieron sobre este error y el desfase natural entre ambas curvas.

Pero López-Gatell defendió estas estimaciones y añadió al modelo Centinela —un nuevo elemento de confusión—, al discurso sobre las cifras en México. Durante las primeras semanas de aumento en el número de casos, el Subsecretario ganó terreno al asegurar que este método de vigilancia no sólo era óptimo para el coronavirus, sino que era aprobado por diversos organismos internacionales.

El crecimiento exponencial de las cifras en unas cuantas semanas, así como la primera defunción por Covid-19 en el país dinamitaron la confianza en un modelo que nunca fue desestimado por López-Gatell, y cuya sustitución se justificó, nuevamente, en un detalle técnico que era “demasiado incomprensible para la población general”, por lo que no era necesario explicarlo a profundidad.

Durante la operación del Sistema Centinela, que es útil para la vigilancia epidemiológica de brotes y no para una pandemia, el Subsecretario de Salud afirmó que no había subregistro de casos, que se contaban todos los positivos en México y que no era necesario un programas extenso de pruebas para el rastreo de posibles pacientes. Una batalla que no ha abandonado a pesar de las cifras que demuestran la ineficacia de esta medida.

Ante la inviabilidad de sostener la mentira sobre el subregistro de casos, López-Gatell tuvo que admitir que existía un factor de ocho enfermos no detectados por cada positivo. Sin embargo, matemáticos y otros analistas demostraron que ese número no sólo incorrecto, sino que la cifra real rondaba los 30 contagios por cada paciente oficial, lo que daba la primera dimensión correcta de la tragedia que México estaba por enfrentar.

López-Gatell fue incapaz de reconocer públicamente que para mediados de abril los números ya rozaban los 200 mil casos positivos, e incluso mantuvo las cifras bajas hasta que el sistema de semáforos epidemiológicos estuvo completo, con lo que trasladó la responsabilidad de la crisis a los estados, justo cuando los casos se comenzaron a acelerar rumbo al primer pico de la pandemia, que también ha sido el más pequeño en México.

El retraso entre las cifras reales y aquellas que se hacían públicas, impactó en las medidas que se tomaron para controlar la pandemia. A pesar del crecimiento de casos, no se realizaron más pruebas. Tampoco se alertó sobre el verdadero tamaño de la epidemia o de los puntos más vulnerables en ese momento. López-Gatell hizo malabares para mantener el discurso de un rumbo favorable, mientras los contagios y fallecimientos por Covid-19 se acumulaban día tras día.

La publicación de datos abiertos hizo más fácil comprobar los errores dentro de los cálculos del Zar del coronavirus. Una revisión de los modelos epidemiológicos más básicos desnudaban la falta de pericia de López-Gatell en el manejo de éstas; así como la intención de ocultar las cifras más preocupantes de la crisis.

Pronto las gráficas del Subsecretario y sus reportes se llenaron de comparaciones erróneas en las que destacan tipográficamente los datos favorables. En las presentaciones aparecían con grandes números en color rojo los avances, mientras que el crecimiento de indicadores fundamentales se dejaba a un lado o desaparecía por completo.

López-Gatell y su equipo entendieron que los datos facilitaban análisis externos que dejaban en evidencia el discurso, por lo que además de atacar a los expertos que publicaban estas revisiones, también cerraron el acceso a la información abierta de indicadores esenciales dentro del manejo de la pandemia, como son las hospitalizaciones o el avance de la vacunación en el país.

La falta de datos precisos contribuyó a que la segunda ola de contagios en México fuera también la más letal, y es que las negativas a proporcionar el número de camas disponibles, a informar sobre el crecimiento real de la pandemia en el país y a cambiar el color del semáforo sirvieron para dar una falsa sensación de seguridad durante las fiestas decembrinas, la cual explotó semanas después.

Pero si el número de contagios no contabilizados es alto, el exceso de mortalidad —que López-Gatell no quiso admitir hasta finales de 2020—, es la muestra más clara de la manipulación de las cifras durante la pandemia. Y es que hasta principios de esta semana, la Secretaría de Salud se ha negado a incluir más de 150 mil defunciones por Covid-19 en sus registros oficiales.

Ignorar y manipular estos datos no fue un error, sino parte fundamental de la estrategia que ha liderado hasta ahora el Zar del coronavirus de México para manejar la pandemia; y es que las medidas nunca fueron encaminadas a controlar los casos, sino la opinión pública, trabajo para el que una figura como la del Subsecretario fue indispensable.

Hugo López-Gatell

El subsecretario, solo contra el mundo

De acuerdo con la Ley General de Salud, el organismo encargado de manejar las emergencias sanitarias debería ser el Consejo de Salubridad General (CSG), en particular por su presidente, el secretario de Salud Jorge Alcocer, y en su ausencia sería el secretario del CSG, José Ignacio Santos Preciado, quien estaría a cargo con el apoyo de 13 vocales titulares (como los secretarios de Hacienda, Economía y Educación y el rector de la UNAM) y la posibilidad de invitar hasta a 19 vocales con voz pero sin voto, como los presidentes de la Academia Mexicana de Pediatría, de la Asociación Nacional de Hospitales Privados y de la Cámara Nacional de la Industria Farmacéutica. 

Sin embargo, por el segundo de los dos artículos del decreto presidencial —publicado el 30 de marzo de 2020—, aunque el Consejo de Salubridad General se declara en sesión permanente, “la Secretaría de Salud determinará todas las acciones que resulten necesarias para atender la emergencia” de la pandemia Covid-19.

Así fue cómo legalmente el peso de conducir a la sociedad mexicana por la pandemia quedó casi por completo en los hombros de López-Gatell, quien no parece haberse apoyado en otros epidemiólogos, asociaciones de médicos o universitarios para tomar decisiones.

Entre el 23 y 27 de noviembre de 2020 se realizó un seminario convocado por el Instituto Nacional de Salud Pública (INSP) y otras 13 instituciones en el que se reunieron 38 especialistas de 29 instituciones nacionales e internacionales para “analizar la experiencia de México ante la pandemia”. 

A partir del seminario se redactó el documento Reflexiones sobre la respuesta de México ante la pandemia de Covid-19 y sugerencias para enfrentar los próximos retos, que fue presentado al gabinete el 21 de diciembre de 2021, día en que fue bien recibido, aunque sus sugerencias como cambiar la forma de comunicación con la población, recomendar el uso del cubrebocas y hacerlo obligatorio en espacios cerrados y hacer seguimiento de casos y sus contactos, entre muchas otras, no fueron atendidas. 

El 27 de enero de 2021, un día después de que se diera a conocer que el presidente López Obrador padecía Covid-19, las Reflexiones se volvieron a entregar a las secretarías de Economía y Salud en una conferencia de prensa. El director general del INSP, Juan A. Rivera Dommarco, dijo en ese momento que el objetivo era emitir “recomendaciones para que las autoridades de salud y otros sectores puedan basar sus decisiones en la mejor evidencia disponible”. 

Durante la presentación, Tonatiuh Barrientos Gutiérrez, del INSP, destacó “la absoluta necesidad” de contar “con un plan nacional de vacunación que sea un documento muy extenso” con descripciones precisas de todos los pasos y puntos a cubrir y “que esté basado en las recomendaciones del grupo técnico asesor de vacunas”. Ni ésta, ni las otras recomendaciones se siguieron.

Más tarde, el 2 de abril de 2021, el Zar del coronavirus sufrió un duro golpe con la publicación del informe La respuesta de México a Covid-19: un caso de estudio, del que muchos medios destacaron el dato de que alrededor de 190 mil muertes de las que ocurrieron durante 2020 podrían haberse prevenido con una estrategia mediana para enfrentar la pandemia de Covid-19. 

El informe, elaborado por un equipo multidisciplinario de académicos encabezado por Jaime Sepúlveda, coordinado por el Instituto de Ciencias de la Salud Global de la Universidad de California en San Francisco a petición de la OMS, señala que el manejo de la pandemia destaca por “falta de precaución al tratar con un virus desconocido, fallas en la incorporación de evidencia científica relevante y una incapacidad para reconocer errores y corregir la política, ya que las suposiciones iniciales demostraron ser inválidas”. 

Unos días después, el 14 de abril de 2021 el documento de las Reflexiones se presentó una vez más, ahora ante el público de la conferencia vespertina con la participación de Rivera Dommarco; Samuel Ponce de León, titular de la Comisión Universitaria para la Atención de la Emergencia Coronavirus, y Christian Morales Fuhrimann, representante de la Organización Mundial y Panamericana de la Salud en México. 

Pero las recomendaciones siguieron sin atenderse. Dos expertos, Adolfo Martínez Valle, del Centro de Investigación en Políticas, Población y Salud de la UNAM, y Felicia Marie Knaul, directora del Institute for Advanced Study of the Americas de la Universidad de Miami, publicaron el 8 de agosto de 2021 en The Conversation un texto en el que culpan al gobierno de México por las víctimas de la pandemia en el país:

“Con 192 muertes por cada 100 mil habitantes, la tasa de mortalidad por Covid-19 de México es la cuarta más alta del mundo, detrás de Brasil, Colombia y Argentina, lo que creemos se debe a la respuesta del gobierno mexicano y a la falta de precauciones suficientes por parte de la población”.

Los autores mencionan que las tasas relativamente bajas de cobertura de vacunas contra Covid-19 no se deben principalmente a la falta de suministro, sino a los alrededor de 20 millones de dosis que no se han aplicado y a que el presidente López Obrador “creó brigadas especiales Covid-19 llamadas Correcaminos para distribuir vacunas en lugar de depender de la infraestructura de salud pública probada, extensa y existente de México”.

Hugo López-Gatell
Congruencia. El funcionario que llamó a la gente a quedarse en casa para frenar contagios fue fotografiado en Huatulco.

La supuesta falta de evidencia como pretexto

Como respuesta a la mayoría de las críticas y sugerencias de sus decisiones, López-Gatell suele decir que no hay evidencia científica suficiente o que la que existe no es sólida; lo que en muchas ocasiones ha sido falso o, en otras, seguir el principio precautorio hubiera implicado hacer seguir la sugerencia aún con evidencia insuficiente por si acaso resulta ser cierta.

El 2 de abril de 2020, la OMS reportó que la transmisión de coronavirus se puede dar desde antes de que se desarrollen los síntomas. Exactamente 23 días después, López-Gatell tuiteó: “Como ya lo hemos explicado anteriormente, una persona puede transmitir #COVID19 en cuanto desarrolla síntomas”. 

El tuit fue escrito justo al día siguiente de que se publicara un artículo de investigación en el New England Journal of Medicine,que mostraba evidencia de contagios del virus SARS-CoV-2 en asilos de ancianos por parte de personas presintomáticas. En la misma revista, un artículo de opinión sentenció: “La transmisión asintomática del SARS-CoV-2 es el talón de Aquiles del control de la pandemia de Covid-19”.

El caso de los cubrebocas fue similar y más notorio. A pesar de haber comentado él mismo desde el inicio de la pandemia la posibilidad de que el SARS-CoV-2 se contagiara a través de aerosoles, López-Gatell no recomendaba su uso en lugares públicos, y se apoyaba en que “no había evidencia suficiente” para recomendar su uso y que la OMS no lo recomendaba. 

Sin embargo, el 6 junio de 2020 la OMS, como respuesta a una carta enviada por 239 científicos, cambió sus lineamientos y recomendó el uso del cubrebocas en lugares públicos mal ventilados cuando no se puede aplicar la distancia social. Más de cuatro meses después de la recomendación de la OMS, López-Gatell seguía sin recomendar el cubrebocas e hizo su famosa declaración: “El cubrebocas sirve para lo que sirve y no sirve para lo que no sirve”. 

Paradójicamente, el principal argumento del Subsecretario de Salud en contra del uso del cubrebocas es que causa “falsa sensación de seguridad”, que podía llevar a la gente comportarse de manera imprudente, pero esto carecía de evidencia científica según revelaron investigadores de la Universidad de Cambridge y el King’s College de Londres en un estudio publicado el 4 de agosto en elBritish Medical Journal (The BMJ).

Uno de los episodios más reveladores sobre la supuesta falta de evidencia científica sólida y suficiente fue el de la variante B.1.1.519, que en la segunda ola llegó a estar entre “el 85 y el 90% de las muestras que se secuenciaron en ciudad de México”, según informó recientemente Luis Alonso Herrera Montalvo, director del Instituto de Medicina Genómica (Inmegen) en un seminario en línea y en más del 80% de las muestras de todo el país.

El 25 de febrero de 2021, en la conferencia vespertina y en un comunicado de la Secretaría de Salud con muchos errores, se dio a conocer la abundancia en las muestras secuenciadas en México de la mutación T478K, que se había asociado con evasión de la inmunidad previa; en general esta mutación estaba relacionada con la variante que entonces llevaba el nombre de B.1.1.222 del sistema de clasificación Pango. 

Unos días después, la variante fue reclasificada como B.1.1.519. Sin embargo, a pesar de su gran abundancia en México, nunca fue considerada como “variante de interés”. Por un lado, porque aunque llegó a ser detectada en otros países, especialmente en Estados Unidos y Canadá, no tuvo éxito en ellos. Por otro lado, porque, como le dijo en un par de ocasiones Sylvian Aldighieri a ejecentral, no había relación directa de que pudiera evadir la inmunidad previa ni de que fuese más contagiosa.

“¿Que falta información? Sí, sí falta información”, dijo en entrevista Francisco Barona-Gómez, autor principal de una investigación sobre la abundancia relativa de la variante y de sus mutaciones, pero explica que generar esa información le correspondía a los mexicanos. “En cualquier parte del planeta ya se llamara variante de preocupación… mientras no digamos que es una variante de interés nadie la va a caracterizar”, detalló Barona.

Carlos Arias, coordinador del Consorcio Mexicano de Vigilancia Genómica (CoViGenMex), coincidió en que hizo falta la caracterización de la variante. Recientemente comentó que tal vez era porque faltan laboratorios nivel 3 en México (los indicados para trabajar en este tipo de patógenos), porque los que hay “quizá no están en los lugares adecuados, o no están funcionando de la manera correcta, porque ninguno de ellos se dedicó a caracterizar el virus, quizá todavía se pueda hacer… ya a toro pasado…” 

México, gracias al Inmegen, el Instituto Nacional de Referencia Epidemiológica (Indre) y diversas universidades e instituciones que forman parte del CoViGenMex, hace mucho trabajo de secuenciación de muestras del SARS-CoV-2. Hasta el momento ha contribuido con alrededor de 26 mil secuencias, lo que es poco menos del 1% del total que se tiene a nivel mundial; además, somos el país número 12 en velocidad para reportar resultados de este seguimiento molecular del virus. 

Todos esos datos se le comunicaron a la Dirección General de Epidemiología de la Secretaría de Salud, desde donde se comunica a los estados, pero hasta el momento no está claro qué se ha hecho con esa información.  

Hugo López-Gatell

Vacunación, la suma de todos los errores

El rápido desarrollo y distribución de las vacunas anti-Covid abrió un nuevo frente dentro de la estrategia para controlar la pandemia. López-Gatell y su equipo se posicionaron rápidamente al centro del Plan Nacional, que aseguraron seguiría lineamientos técnicos, así como total transparencia en este proceso y en la asignación de las ansiadas dosis.

Sin embargo, los problemas no tardaron en aparecer. El Plan Nacional de Vacunación tuvo que ser modificado casi de inmediato por la falta de precisión en algunos de sus puntos, además, las fechas de cumplimiento para cada etapa quedaban desfasadas frente a la realidad, en donde la compra tardía de estas dosis había retrasado su distribución.

El primer desacuerdo importante con la planeación hecha por López-Gatell surgió entre el personal de salud, que no sólo fue dividido por su lugar de trabajo, también por su profesión. 

Así fue como dentistas, operadores de ambulancias y miles de médicos familiares quedaron fuera de la supuesta primera línea de atención, a pesar de que muchos de ellos tenían contacto directo con pacientes de Covid-19, y fueron parte fundamental para atender las olas previas de contagios.

Mientras la presión aumentaba, el Subsecretario aprobó más cambios para que el Plan Nacional de Vacunación se adaptara al discurso político mientras se alejaba de los aspectos técnicos. Se dejó a un lado la priorización de grupos vulnerables para establecer la edad como único criterio para recibir antes estas dosis.

El deseo de abrir las escuelas de manera apresurada, y aún con oleadas de contagios en algunos estados, condujo a otra modificación. Personal educativo, así como los Siervos de la Nación, entraron a la lista de profesiones prioritarias antes que el resto del gremio médico y pronto México se convirtió en el país con más decesos entre este grupo.

Para la vacunación, López-Gatell echó mano de las tácticas que ya había utilizado durante gran parte de la pandemia: primero ocultó los datos alegando que era imposible llevar un registro en tiempo real, algo que le ha permitido almacenar hasta 19 millones de dosis sin que se aclare su ubicación. 

También desechó las recomendaciones internacionales para mejorar esta estrategia, así como opiniones expertas sobre la priorización que debía dar a éstas.

Los escasos datos que existen sobre la vacunación han permitido trazar una serie de inconsistencias que revelan claramente la manipulación de esta estrategia. Miles de dosis han desaparecido de un día a otro, e incluso se han reportado aplicaciones en fechas en las que era imposible porque el proceso estaba suspendido, o bien, no había vacunas en México.

El último desacuerdo de la realidad con López-Gatell provino del reclamo de Zulma González, una pequeña de 12 años con diabetes tipo I, quien le recordó que él mismo había reconocido como las personas con enfermedades crónicas o degenerativas merecían la misma priorización en atención o tratamientos que los adultos mayores, algo que no había sucedido hasta el momento y que orillaba a la familia de la menor a buscar un amparo judicial.

›Las palabras de Zulma, así como la acción jurídica de cientos de familias que han buscado proteger a sus hijos, sirvieron para que López-Gatell utilizara nuevamente a los niños enfermos dentro de un contexto político que se aleja del juramento que alguna vez hizo como médico; y es que mientras el Subsecretario señaló que “por cada amparo de este tipo se quita la oportunidad a otra persona en mayor riesgo”, los estrategas de los países a los que México ha donado dosis anti-Covid decidieron iniciar  la vacunación entre mayores de 12 años.

Aunque la pandemia ha elevado la visibilidad de Hugo López-Gatell, es importante recordar que no sólo es el Zar del coronavirus; también ocupa un puesto clave dentro de la Secretaría de Salud y ha sido el encargado de instrumentar dos políticas que han sido muy cuestionadas: la desaparición del Seguro Popular y de las compras consolidadas de medicamentos.

El desastre en el manejo de la pandemia se ha convertido en un reflejo de las prácticas que imperan en torno a la salud en México, en donde los sistemas de información no se actualizan, los datos esenciales se ocultan, la falta de medicamentos se agudiza y el personal e instalaciones son escasos, mientras el discurso se sostiene en avances que no corresponden a la realidad.  

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