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Luis Alfredo Pérez

Me temo que voy a meterme en un avispero, pero aquí voy.

Leo en el periódico Vanguardia que, a raíz de la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo en Coahuila, en Saltillo se han organizando marchas en contra. Leo también que uno de los organizadores lo justificó así: “Dios me dijo que lo hiciera.”

Si de algo vale, yo tengo experiencia de tercera mano con situaciones como esta. Cuando éramos niños Dios le dijo a un primo mío que fuera a un descampado el sábado muy temprano por la mañana, porque le daría un mensaje que tenía qué ver con la salvación del mundo. El primer sábado no ocurrió nada; el segundo y el tercero tampoco. Sospechoso que el cuarto la historia fue la misma pero no estoy seguro, porque mis tíos dejaron de llevarlo.

Lo que es muy difícil saber es si ese Dios ese el mismo Dios que le habló al organizador de la manifestación. ¿Cómo averiguarlo? No hay manera. Tampoco tengo claro qué va a ocurrir si lo siguiente que Dios le dice a este organizador de mítines es (por ejemplo) que sólo las mujeres pueden salir a la calle y los hombres debemos quedarnos en casa porque afuera cometemos demasiados pecados. ¿Qué vamos a hacer entonces?

El problema con argumentos tan contundentes es que pierden su esplendor cuando se le dicen a un no creyente, a alguien que cree en otro Dios, o a alguien que cree en el mismo pero por alguna razón no recibió el mensaje directamente.

La imposibilidad de saber exactamente de qué Dios hablamos y qué es lo que le dice a la gente es una de las razones por las cuales muchos países dividen entre religión y Estado. Es el caso de México.

Esto significa que si una sociedad decide evaluar si el matrimonio gay debe ser legal, los argumentos en contra y a favor no deben darse en el ámbito de la religión. Sé que esto le cuesta excesivo trabajo comprenderlo a muchas personas. Pero nuestra sociedad es plural, y eso no sólo se refiere a los gustos y preferencias sexuales (que también), sino a que cada quién puede tener su propio Dios (o no tener ninguno), y debemos dar las gracias por eso y dejar que los otros sean también felices.

Holanda, el país donde vivo, es considerado uno de los más avanzados en aspectos como este. Pero no crea usted que siempre fue así. Hasta 1973, por ejemplo, la homosexualidad se trataba aquí como una enfermedad mental.

Hoy se considera que uno de los momentos claves en la lucha por los derechos de los homosexuales ocurrió casi diez años antes. Benno Premsela, un judío cuya familia fue asesinada en Auschwitz, y que sobrevivió gracias a que una amiga de la familia lo ocultó, decidió al terminar la guerra que nunca más se escondería.

Así que en 1964 apareció en la televisión para declararse homosexual y hablar de la asociación de homosexuales de la que era dirigente, cuyos miembros se mantenían hasta entonces en el anonimato, y cuyo objetivo era normalizar la vida de sus miembros. Lo que dijo fue elocuente, pero su presencia lo fue aún más: un hombre de cuarenta y cuatro años vestido con un traje de tres piezas y hablando con un tono sobrio, riguroso y profesoral –– evidentemente, los telespectadores estaban ante una persona normal. Pagaba impuestos, tenía amigos, no iba por la calle exhibiéndose, trabajaba y era profundamente respetado en su profesión. Lo que hiciera en su vida sexual, como aplica con cualquier otra persona, era asunto privado.

En otras palabras, lo que muchos holandeses comprendieron al verlo fue que una persona homosexual es como cualquier persona heterosexual. Puede ser buen o mal padre (o madre),, puede ser un buen o un mal amigo, puede ser fiel o infiel a su pareja, puede ser un pervertido o no. Ser homosexual no es ni una deformación física ni moral, mucho menos algo que vaya en contra de la naturaleza humana. Vuelva a leer la frase anterior: sé que esto puede sorprenderle a los heterosexuales, y es lógico por la simple razón de que ellos no sienten atracción por el mismo sexo. Pero sorpresa, hay algunas personas que sí. ¿Cómo entenderlo? Relájese, no hay necesidad: es el tipo de cosas que los heterosexuales como yo (y probablemente como usted) simplemente debemos aceptar.

Esto no significa que no haya homófobos en Holanda. Sí significa en cambio que los homosexuales tienen los mismos derechos y obligaciones que cualquier otro ciudadano. La preferencia sexual no hace a una persona diferente de la otra ante la ley. Ese el punto.

El matrimonio homosexual, por tanto, no es una discusión de religión; si la iglesia católica o la evangelista o lo que sea no quiere incluir en sus ritos a homosexuales está en su derecho. Otra cosa es que quiera negarle derechos civiles a los ciudadanos.

Por último, decir que la familia es la base de la sociedad es demasiado genérico. Porque cuando uno pone atención, se da cuenta de que la base de la sociedad son las relaciones de afecto, de amor, de cariño y de solidaridad. Sentimientos que muchas veces se dan en las familias, es verdad, pero que cualquier ser humano, sin importar sus preferencias sexuales, puede tener y sentir.

Por cierto: quizá le sorprenda, pero la mitad de la población holandesa se considera a sí misma religiosa.

Twitter: @luisalfredops

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