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Diana Loyola

PARIS

Miércoles mágico, de esos que nos regala la vida muy de vez en cuando. Miércoles de abandonarme a la guía de la intuición para explorar los misterios de la vida y dejarme sorprender. Este miércoles tuve la fortuna y el regalo de mi esposo (que cuidó a los críos porque los miércoles no van a la escuela -¡es un tipazo!-) de contar con el día completo para mi, así que, aprovechando que estoy a una hora en tren,  ¡me lancé a París!.

No quise hacer el recorrido clásico de visitar la Torre Eiffel, o Notre Dame o el Louvre… en cambio, quise explorar lugares que no había visitado antes, así que decidí ir a saludar a Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir al cementerio de Montparnasse, y dejarles un beso en la lápida de la tumba que comparten, y con el beso, mi respeto y mi admiración; una historia mágica y hermosa me ocurrió allí, algún día les contaré. Paso a paso exploré los caminos y me fui a buscar las tumbas de Julio Cortázar, de César Vallejo, de Carlos Fuentes y hasta la de Porfirio Díaz. La lista de personas prominentes enterradas allí es inmensa, tan grande como el cementerio mismo, por lo que decidí dejar la exploración y así tener un pretexto para regresar. ¡Cuántas mentes, cuántas letras, cuánta música! El genio de varias generaciones ahí sepultado, personas que persiguieron sus sueños, que cambiaron al mundo, que siguen cambiando destinos por la influencia de su obra. Intimidante y sobrecogedor, apasionante. Para entonces el hambre me invitó a dejar las reflexiones y buscar un lugar para comer y no, no se emocionen, no encontré cerca nada que cubriera mi expectativa de un menú parisino, así que compré una baguette rellena de coppa (un embutido italiano sublime), corazones de alcachofa, queso mozzarela de bufala y un hilo de aceite de olivo. Ufff, soberbio. Con decirles que dejé un buen rato de escribir para evocar el recuerdo de tan delicioso refrigerio… ¡me pierdo!. Ahora que lo pienso, fue una suerte no encontrar lo que buscaba, porque encontré algo excepcional que disfruté mucho y muy despacio.

Cuando menos me di cuenta ya estaba yo subiendo y bajando escaleras en ese laberinto indescifrable del metro parisino; con ese ritmo de gente que va y viene; con ese montón de idiomas entremezclados; con ese glamour todavía invernal de abrigos hermosísimos, botas y bufandas; con esa energía que sólo las grandes ciudades generan… un pasillo, otro, otro tren, más escaleras  y finalmente me encontré en la Gare de Lyon (así se llama la estación del metro que lleva a la terminal de trenes con el mismo nombre). Salí y caminé unas pocas cuadras para encontrar el número 32 de la avenida Daumesnil, lugar que alberga el café Le Témeraire, donde Alejandro Jodorowsky (escritor, director de cine y teatro y artista en varias disciplinas) lee el tarot los miércoles por la tarde. En estos meses, por trabajar en su nueva película, Jodorowsky no va, es su aprendiz y amigo, el señor Moreno quien lo ha sustituído. Como era todavía temprano, pedí un café, una tarta de duraznos y una ficha para el tarot, me tocó la número 4.

Mientras esperaba, agradecí la amabilidad con la que atienden los meseros y el barista y observé lo pequeño que es el lugar. Los techos y las paredes están forrados con tela color rojo quemado; la madera oscura del mostrador, las mesitas y las sillas hacen que el café se sienta íntimo y acogedor; hay una pequeña terraza techada que alberga unas pocas mesas y las lámparas rojas que cuelgan del techo, alumbran tímidamente. A las 5:30 de la tarde en punto, llegó Moreno, un italiano imponente vestido impecablemente de negro, delgado, alto, de edad insondable y con una estructura ósea marcada y particular que lo hace parecer modelo de revista. Se instaló en una mesita ya preparada con un mantel de tela morada y todos los presentes acercaron sus sillas. Uno a uno nos llamó para leernos el tarot, a la vista y oídos de todos, con actitud amable pero firme, con una intuición y acierto que no dejaba de asombrarnos. Por el horario del tren para mi regreso no pude quedarme cuanto hubiese querido para seguir viendo su encanto, su magia. Más allá de creer o no en la lectura del tarot, la experiencia fue extraordinaria. Tocar la vida, dejarse seducir por ella, explorar lo desconocido y sorprenderse, dejarse guiar con la seguridad y la confianza de que podemos fluir con la vida en armonía… eso es belleza. Me siento profundamente agradecida.

Una pequeña caminata por el barrio hindú dio por terminada mi visita relámpago a la ciudad Luz, a la ciudad de todos los romanticismos, de toda la magia y todas las sorpresas. El corazón pleno, el alma sonriente, la certeza como prendedor en el cabello y un montón de fotos fueron los tesoros que me traje de regreso a Lille.

À la prochaine!!

@didiloyola

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