Gabriela Sotomayor

Difícil es pensar que el presidente de un país recomiende a sus gobernados enfrentar la peor crisis sanitaria y económica de la historia moderna siguiendo un “decálogo” que lo posiciona más como un predicador que como un jefe de Estado. 

Con palabras y sin soluciones el buen predicador se lava las manos como Poncio Pilatos, se quita de encima el problema de la pandemia y lo traslada a los mexicanos. Al fin que todos ya saben cuidarse, llevan gel y mascarilla. Todos a la calle y sálvese quien pueda. Es patético.

Además, con eso de tener animales “en el patio” se zafa también de la crisis humanitaria que se aproxima pues millones de personas van a caer en el laberinto del hambre y la pobreza del que tomará años salir. Cada quien que consiga su alimento como Dios le dé a entender, parece decir.

Con su “decálogo para salir del coronavirus y enfrentar la nueva realidad”, el presidente Andrés Manuel López Obrador llamó a recobrar a “plenitud el sentido de la vida”, salir con seguridad a la calle, “realizar nuestras actividades de siempre y vivir sin miedos ni temores”.

Sería mucho mejor que el Presidente mire a los ojos a los mexicanos y les diga que es imposible mantener el confinamiento porque la economía se desploma debido a que sus genialidades para salir de la crisis fueron insuficientes e incorrectas. Que hablara con la verdad y dijera que hay que salvar al país y pidiera que salgan con la máxima precaución a trabajar ya que la pandemia todavía no llega a su pico y se necesitan esas camas de hospital.

Debe pedir a las personas mayores y a los que padecen hipertensión, diabetes, obesidad y otras enfermedades que se queden en casa y ofrecer un paquete económico a sus empleadores para que puedan garantizarles sus trabajos.

Mejor sería que con toda sinceridad y seriedad ofrezca una hoja de ruta clara de aplicación de pruebas PCR (Reacción en cadena de la polimerasa) para que la gente pueda saber en dónde está el virus, cómo se comporta y se lleve a cabo una estrategia clara de salud pública para sustituir el confinamiento como lo recomienda la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Sería muy caro invertir en el test, test, test, que ha recomendado la OMS desde el día uno, pero más caro va a salir un rebrote del Covid-19 y tener que volver al encierro. Eso sería el peor escenario posible para México.

No se entiende cómo AMLO pide al pueblo evitar el estrés y le invita a serenarse cuando millones de mexicanos no saben cómo podrán mantener a los suyos, cómo van a pagar la renta, los servicios básicos, cómo cree que van a poder dormir tranquilos ante este escenario desgarrador. Es cruel. 

Llamó a defender “el derecho a gozar del cielo, del sol, del aire puro, de la flora, de la fauna, y de toda la naturaleza”. 

Pues entonces que la 4T se comprometa a reconsiderar el freno a las energías limpias y que se lleve a cabo un plan integral para reducir la contaminación ambiental de las grandes urbes mexicanas, ya que la mayoría sobrepasan los límites aconsejados por la Organización Mundial de la Salud (OMS) para la buena calidad del aire.

Y entre todas sus lecciones el Presidente aconseja buscar “un camino de espiritualidad”. Bueno aquí si llegó al colmo. 

Lo que quieren los ciudadanos son soluciones para el mundo terrenal, cada quién tiene su propio santo al cual rezar, más que sermones, urgen acciones. El tiempo corre.

Con el “decálogo” AMLO delata su narcisismo galopante, evoca a Moisés, emula las Tablas de la Ley, lee fuerte y lento sus mandamientos, parece olvidar que por la boca mata y muere el pez.

El Presidente López Obrador se hunde en su discurso conforme la crisis financiera, sanitaria y social que se avecina, trata de ocupar el espacio del fin de semana con sus ocurrencias, no da respiro ni en los días del sagrado descanso. En lugar de gobernar, predica. Hágase su voluntad. Amén. 

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