Gabriela Sotomayor

En los últimos días el presidente Andrés Manuel López Obrador ha estado desatado. Un poco más de lo usual. Desde el decretazo, pasando por las afrentas al Comité de la ONU contra la Desaparición Forzada, el cambio de jugada con el Banco de México, los ataques desde su púlpito contra Proceso y Carmen Aristegui, hasta el reventón que armó en el Zócalo, el inquilino de Palacio Nacional no se detiene. “Voy derecho y no me quito” parece ser su mantra.

El decretazo es la ratificación descarada de la franca militarización del país. Activistas, expertos, especialistas, intelectuales, ONUDH México, sociedad civil nacional e internacional han sonado las alarmas. El tamaño del golpe es tan brutal, que seguimos sin poder ver la magnitud de lo que puede acarrear. Nuestra mirada sigue pasmada mientras los militares lo celebran. Es gravísimo.

El reportaje de Latinus sobre Santa Lucía desató la furia del presidente que al parecer es incontenible y encontró la salida perfecta a su enojo pulverizando la Constitución.

Otro reportaje non grato fue el de Proceso y Carmen Aristegui sobre los hijos de López Obrador, los nuevos reyes del chocolate. Según la investigación Sembrando vida y la fábrica de chocolates el cacao es el vínculo común entre el programa social por excelencia de López Obrador, el empresario Hugo Chávez Ayala amigo de la familia presidencial y la finca propiedad de los hijos del mandatario.

Molesto, López Obrador dijo que es una investigación “mentirosa, sin fundamentos para buscar mancharnos con la máxima del hampa del periodismo de que la calumnia cuando no mancha tizna”. Descalificó el trabajo de Proceso y de Aristegui cuya respuesta no se hizo esperar.

“En Aristegui Noticias no estamos ni a favor ni en contra de su movimiento (…) “Y yo le mandaría un último mensaje al Presidente López Obrador: usted sabe que lo estimo, estimó su larga batalla por llegar a la Presidencia de la República’’, dijo Aristegui para rematar con el ya memorable “¡sereno, moreno! Lea el reportaje y ya luego platicamos’’.

Muy preocupantes también las declaraciones de López Obrador con respecto al Comité de la ONU contra las Desapariciones Forzadas (CED) que acusó que la impunidad por este flagelo “es casi absoluta”.

López Obrador les pidió presentar pruebas de que en su gobierno persiste este tipo de crímenes de lesa humanidad: “Se ha hecho una labor extraordinaria de búsqueda como nunca y se evita que haya desapariciones forzadas. Si la ONU dice lo contrario, pues tendría que presentar las pruebas(…) No hay ningún vínculo de complicidad, ni con la delincuencia organizada ni con la delincuencia de cuello blanco”.

Respecto a las pruebas, sin ir más lejos, se puede revisar el caso de la desaparición forzada de la activista Claudia Uruchurtu, víctima de Lisbeth Huerta, presidenta municipal morenista de Nochixtlán en Oaxaca. Está documentado.

Quizá López Obrador pensó que, por aceptar la visita del CED, los expertos no iban a hacer su trabajo e iban a ser condescendientes sobre la magnitud de la tragedia. Y todavía falta el informe completo que será presentado al Consejo de Derechos Humanos en Ginebra. Parece que alguien va a pegar el grito en el cielo.

López Obrador estuvo a favor de crear un mecanismo internacional contra la impunidad. Un modelo parecido a la CICIG de Guatemala. Sería una excelente solución para lidiar con los casos de desaparición forzada tomando en cuenta la alianza que existe ahora entre el presidente y las fuerzas armadas, pero se ve imposible.

Y para rematar queda el pachangón de López Obrador en el Zócalo. Desdeña el brote de la variante Ómicron que desde Sudáfrica viajó ya a Brasil, a Estados Unidos y podría llegar a México (toquemos madera). No se preocupó por recomendar el uso de la mascarilla entre los tumultos y con gente que habla, grita, canta, tose, estornuda, el evento podría ser súper- propagador. López Obrador prefirió el fiestón.   

López Obrador deja que el país se hunda en sus problemas cuando parece que tiene un plan concreto entre manos. Lo suyo no es la lealtad ni con su equipo ni con México. 

No deja espacio para respirar, más bien asfixia. Bien haría en pararle a su tren y reflexionar antes de seguir a todo vapor. ¡Sereno, moreno!  

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