Maria Idalia Gomez

México busca intensamente quién le provea ventiladores para poder ampliar su capacidad de atención a pacientes graves de Covid-19 que lo puedan requerir en la fase 3 de la epidemia, que se prevé iniciará en unos días. 

Ese, a pesar de ser un tema de Seguridad Nacional, las oficinas de inteligencia no tienen información al respecto que le pudiera ser útil a las autoridades de Salud y Hacienda para la toma de decisiones sobre ese producto, ni siquiera sobre los esfuerzos que están haciendo universidades y grupos organizados en el propio territorio.

Esas mismas oficinas de Estado, encargadas por ley de alertar y atender sobre los temas que integran la agenda de amenazas y riesgos, tampoco sabe qué está pasando en el país en torno al mercado de las medicinas que (tras pruebas médicas) podrían servir para atender a los enfermos y que están agotadas; tampoco en cuanto a la calidad de los insumos médicos y sus precios que se están comprando, y mucho menos cuentan con información de lo que ocurre en otros países sobre pruebas para detectar el coronavirus o medicamentos a prueba. 

En todos los casos ha tenido que ser el equipo de Salud y de Hacienda el que se ha hecho llegar la información, y por ello llegan a tardar días o alguna semana para tenerla.

Todo esto es un tema de Seguridad Nacional, tal y como lo vio Israel que destinó a uno de sus mejores agentes de inteligencia, uno de los más legendarios, Yossi Cohen, jefe del Mossad, quien ahora, en esta crisis de salud tiene la tarea de llevar a Israel “ventiladores, equipos médicos y más en la guerra contra el coronavirus. Cohen ahora dirige una sala secreta de operaciones encubiertas que se creó en el hospital Sheba. Cientos de su equipo están peinando cada rincón del mundo en busca de equipos y tecnología vitales. No tienen un límite en su presupuesto, y la orden que recibieron fue hacer todo y cualquier cosa para garantizar que Israel pueda hacer frente al virus en condiciones óptimas”, publicó Al-Monitor.

Pero hay algo peor. Esas oficinas de inteligencia mexicanas, especialmente las civiles, tampoco están monitoreando las operaciones de grupos criminales en México y el continente que, en estos tiempos de crisis, vieron crecer sus ganancias ante el freno de químicos chinos para los laboratorios, en donde se procesa la droga. Lo que encareció en el mercado al menudeo las drogas sintéticas, especialmente los opioides sintéticos.

Pero además, como se ha visto en Tamaulipas, Guanajuato y Guerrero, y de forma menos evidente en Michoacán, Durango, Chihuahua, Veracruz y Oaxaca, se está dando un reacomodo territorial de grupos, especialmente de narcotraficantes, por el control de zonas y nuevas alianzas.

En este momento en que la autoridad está concentrada en la pandemia, desgastada ante la población por el miedo, la duda en los resultados en el ámbito local y federal, y cuando se avecina una crisis por la parálisis económica, todo esto abre una puerta de oportunidad para los grupos criminales, su aceptación en las comunidades y para tomar el control territorial. Una oportunidad similar ocurre en Centroamérica, donde los cárteles mexicanos tienen muchos intereses.

En el mundo, esos movimientos estratégicos, a pesar del Covid-19, se siguen dando. Apenas esta semana Estados Unidos anunció un despliegue táctico de su fuerza naval que incluye buques destructores, barcos de combate, aviones y helicópteros militares hacia el Caribe y el Pacífico Oriental. Su misión es la vigilancia, especialmente del territorio venezolano. Esto días después de declarar al presidente Nicolás Maduro como narcotraficantes.

Este movimiento en un momento de desequilibrio político y social de la región, le permitirá el control de la zona, en donde hace tiempo tiene mucha movilidad las fuerzas rusas. Y esto no sólo impactará en lo político, sino también en el mercado criminal, porque Venezuela se ha convertido en uno de los principales puentes aéreos de trasiego de insumos y drogas vinculado a México. 

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