¿Qué nos hizo imaginar, por un momento, que México volvería a recibir el Nobel de Literatura? El nombre de Cristina Rivera Garza en las quinielas internacionales encendió una ilusión: volver a escuchar el nombre de nuestro país en el anuncio literario más esperado del año.
El 8 de octubre, el reconocimiento fue para la canadiense Anne Carson, cuya obra entrelaza poesía, ensayo, traducción y tradición clásica. América Latina cumplió así dieciséis años sin recibirlo, desde Mario Vargas Llosa en 2010. Para México, la espera suma treinta y seis años: Octavio Paz lo obtuvo en 1990.
Rivera Garza figuró por segundo año consecutivo entre las favoritas de las apuestas. Eso alimentó la esperanza, aunque no permite saber qué tan cerca estuvo de ganar. Su trayectoria tiene reconocimiento propio: en 2024 obtuvo el Pulitzer por El invencible verano de Liliana, donde reconstruye el feminicidio de su hermana. Su presencia puso una historia mexicana en la conversación sobre la literatura universal.
Esa expectativa también puede abrirnos la puerta al resto de los Nobel. Detrás de nombres que quizá escuchamos por primera vez hay preguntas capaces de cambiar nuestra manera de entender el cerebro, fabricar medicamentos o estudiar el universo. Los premios se entregan en Estocolmo, Suecia, salvo el de Paz, en Oslo, Noruega. ¿Qué reconocieron este año y por qué debería interesarnos?
Medicina premió a Karl Deisseroth, Peter Hegemann y Georg Nagel por la optogenética. A partir del estudio de proteínas sensibles a la luz, desarrollaron herramientas para activar o desactivar células nerviosas específicas. Como un interruptor, la luz permite investigar qué hacen determinados circuitos cerebrales. La técnica también se prueba para recuperar parcialmente la visión en ciertas formas de ceguera.
Física distinguió a Francis Halzen por sus contribuciones al observatorio IceCube y al descubrimiento de neutrinos de origen astrofísico. Miles de sensores instalados en el hielo del Polo Sur detectan señales de estas partículas esquivas. Con ellas podemos estudiar fenómenos extremos y regiones lejanas del cosmos: una nueva manera de observar el universo y descubrir lo que la luz no alcanza a contarnos.
Química reconoció a Henri B. Kagan y Kenso Soai por sus hallazgos sobre moléculas que existen en dos formas semejantes a nuestras manos: parecidas, pero opuestas. En un medicamento, esa diferencia puede modificar sus efectos. Sus investigaciones ayudan a comprender cómo favorecer una de esas formas, con implicaciones para la fabricación de fármacos y el estudio del origen de la vida.
El Nobel de la Paz fue para Navi Pillay, jurista sudafricana, por sus esfuerzos en favor de la paz y el derecho internacional. Defendió activistas durante el apartheid y, como jueza en el tribunal para Ruanda, contribuyó a establecer que la violencia sexual puede constituir genocidio. Al cierre de esta columna, el domingo 11 de octubre, queda pendiente Ciencias Económicas, cuyo anuncio será el lunes 12.
Hay una enseñanza detrás del calendario: los descubrimientos científicos premiados no nacieron esta semana. Entre las ideas iniciales y el reconocimiento transcurrieron décadas. Sus posibles beneficios requieren investigación sostenida, pruebas y recursos. Recordarlo importa cuando esperamos resultados inmediatos de trabajos que necesitan paciencia y continuidad.
El Nobel puede darles un impulso: atrae atención hacia líneas de investigación, facilita nuevas colaboraciones y puede favorecer financiamiento. En literatura, amplía la visibilidad de una obra. Así, una ceremonia aparentemente distante puede acercarnos conocimientos que transformen nuestra vida y relatos que nos ayuden a comprenderla.
Por eso vale la pena seguir estos premios más allá del anuncio. Y también levantar la voz desde América Latina. Dieciséis años justifican renovar la conversación sobre nuestros autores, sin atribuir al jurado una exclusión deliberada ni restar mérito a Carson. La región tiene historias, talento y trayectorias que merecen una atención sostenida.
En México, esa tarea puede comenzar mucho antes de la siguiente quiniela: leer a nuestros escritores, impulsar su traducción y circulación, fortalecer bibliotecas y acercar sus obras a nuevos públicos. La expectativa por Rivera Garza puede convertirse en algo más duradero que una ilusión de octubre.
El valor de nuestra literatura existe con independencia del Nobel. Ojalá el premio vuelva pronto a América Latina y ojalá regrese a México. Mientras llega ese anuncio, hagamos nuestra parte: que el mundo encuentre una región que lee, impulsa y comparte a sus creadores. La próxima gran noticia puede empezar con el libro que abramos hoy.
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