Beta Israel: la cuestión judaica puesta a prueba

12 de Octubre de 2026

Beta Israel: la cuestión judaica puesta a prueba

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Alejandro Estivill

Hay una historia del judaísmo que conlleva una interesante reflexión sobre identidad. Los Beta Israel —“Casa de Israel”— son una comunidad judía etíope, concentrada históricamente en las tierras altas de Gondar y Tigray, al noroeste de Etiopía. Se separaron de las comunidades judías de Oriente Próximo, Europa y norte de África, y sobrevivieron rodeados por una férrea sociedad cristiana ortodoxa. No preservaron una tradición rabínica, pero sí sus creencias sobre la Torá reescrita. Tienen sus propios sacerdotes —los kesim— y su liturgia pervivió en ge’ez, la lengua antigua etíope. Se les denominó “Falasha”, palabra con tintes peyorativos: “forastero”, “sin tierra”.

¿Cómo llegaron a Etiopía? No hay respuesta clara. Las tradiciones que los mencionan provienen de ellos mismos. Se adjudican descender de la tribu perdida de Dan, venir de Egipto y ser del linaje de Salomón y la reina de Saba. Algunos historiadores suponen su llegada en el siglo XIV, pero retomando escritos muy posteriores de Eldad el Danita, un viajero que afirmó que las “tribus perdidas de Israel” habitaban en el este de África.

La ruptura con una historia escita no los hizo menos judíos. Conservaron el monoteísmo, la circuncisión, los ayunos y las fiestas de la Torá, así como la orientación de la oración hacia Jerusalén. Incorporaron elementos de orden etíope, sin recurrir al Talmud ni a la autoridad rabínica.

Los intentos de los misioneros cristianos por convertirlos motivaron que en 1867 la organización Alliance Israélite Universelle enviara al filólogo Joseph Halévy a Etiopía para investigar. Pero su genuino encuentro con el judaísmo internacional esperó hasta el siglo XX. El estudioso Jacques Faitlovitch trabajó para acercar a los Beta Israel a las instituciones y prácticas de otras comunidades. Esto no dejó de motivar recelos y racismo.

El hermano desconocido y diferente reaparecía. Ponía en jaque al judaísmo. En 1973, el rabino sefardí principal de Israel, Ovadia Yosef, declaró que los Beta Israel eran miembros legítimos del pueblo judío. Podían acogerse a la Ley del Retorno. La fecha coincidió con un momento grave de violencia en Etiopía, la caída en 1974 del Emperador Haile Selasie y la llegada del terrorífico régimen del Derg. Era la guerra civil.

Muchos Beta Israel caminaron hacia Sudán y fueron víctimas de la enfermedad, la violencia y el hambre. Su situación en Sudán y la propia Etiopía motivó a Israel y organizaciones judías a desarrollar las operaciones Hermanos, Moisés, Sheba y Salomón. Entre 1984 y 1985 se estableció un puente aéreo que terminó abruptamente cuando se conoció públicamente.

Para 1991 se había organizado una segunda gran evacuación. Incluyó a la comunidad judía de Addis Abeba amenazada por la entrada de fuerzas revolucionarias, ahora enemigas del Derg. 36 horas bastaron para que 14 mil personas llegaron a Israel. Se registra que un Boeing 747 transportó en un primer vuelo mil 100 pasajeros. La imagen es épica y conjunta una comunidad que había rezado aislada por cientos y cientos de años con un rescate relámpago.

La ausencia de tradición talmúdica, sus kesim y las diferencias rituales siguieron alimentando dudas. En muchos casos se les exigía responder preguntas complicadísimas o realizar rituales redundantes de confirmación. Los Beta Israel siguieron enfrentando marginación y dudas sobre su estatus. En 2004, una revisión de su situación afirmaba que más de 70 mil todavía no habían sido plenamente aceptados en Israel.

Esta historia toca ciertamente el sentido de la identidad judía. ¿Se conforma de un origen único, lengua, raza, religión, tradición rabínica compartida? ¿Este caso debe relanzar discusiones históricas y halájicas (la halajá, es el “camino” que trasciende un código de leyes civiles y religiosas para ser una guía completa para la vida de la persona judía)? No me atrevería, desde la distancia, a intentar una respuesta.

Durante siglos, los Beta Israel fueron judíos sin saber que existían otros judíos. Tuvieron que demostrar ante esos otros que su aislamiento no había borrado su identidad. Quizá la lección sea que la pertenencia a una comunidad no se revela cuando todos encajan en el molde, sino cuando el molde tiene las esclusas y la flexibilidad para reconocer una historia humana imprevista. Los Beta Israel no son una nota exótica, son la prueba de la fuerza que tiene una identidad como para sobrevivir lejos de sus centros de autoridad.