Leyeron bien. Hablamos demasiado de cómo la realidad supera a la ficción porque nos gusta cómo suena esa frase, pero, claramente, la ficción supera a la realidad casi todas las veces y hay ficciones bastante lamentables. Tal es el caso de la serie Timbiriche, producida por ViX, aunque tal vez conviene aprovechar esta oportunidad para ver más allá de lo obvio.
Hay una escena en la película El secreto de Romelia (Busi Cortés, 1988), donde Diana Bracho le platica a José Ángel García (sí, el papá de Gael): “Una chava me dijo: ‘Yo pensé que el movimiento del 68 había sido un temblor’”. Él reacciona sorprendido: “¡No puede ser!, ¿pues en qué mundo viven?” y ella le responde: “En el de Timbiriche”. El cine crea registros que se convierten en memoria, y esa memoria nos recuerda que el grupo musical, creado por Víctor Hugo O’Farrill y Luis de Llano, también funcionó como un instrumento para infantilizar a las audiencias.
Yo, como muchos mexicanos, crecí con la música de Timbiriche y, por eso, entiendo que tantos fans se hayan tomado de manera personal el que un trabajo de ficción ensucie la memoria que guardan de su infancia y juventud. Pero los recuerdos que cada mexicano pueda tener de Timbiriche, como en todo, dependen de a quién se le pregunte. Incluso, el recuerdo que Sasha Sökol tiene no es el mismo que el de Benny Ibarra o Paulina Rubio, como ya quedó demostrado ante la ley.
La memoria es engañosa, pero, si algo es cierto, es que los integrantes de Timbiriche son un buen ejemplo de lo que hoy se conoce como nepobabies y vivieron (o todavía viven) en una burbuja. Mi trabajo como periodista me ha permitido hablar con algunos de ellos, pero también con diversos miembros de la escena del rock hecho en México, y lo que estos últimos recuerdan es que Timbiriche fue el grupo que sirvió como “tapadera” de la realidad que vivían otros jóvenes por aquellos años.
Como proyecto, llenaron un hueco que había quedado en la producción discográfica nacional, importando sonidos de la música pop internacional. Primero, como un grupo infantil que se mimetizó con actos españoles (Parchís y Miguel Bosé) y, después, reinventándose como La Banda Timbiriche (aunque aprendieron a tocar los instrumentos más tarde). Fueron una agrupación de stadium rock, punk, new wave, synth pop y hasta rap, según lo marcaran las tendencias, pero cantaban con pistas. Se convirtieron en nuestros Beatles, The Police, Fleetwood Mac y U2, todos en uno.
Con la censura que el rock mexicano vivió tras los eventos del Festival de Rock y Ruedas de Avándaro en 1971, tuvo que pasar bastante tiempo para que auténticas bandas de rock se abrieran camino dentro de los medios de comunicación y recuperaran la confianza de la gran familia mexicana. Y no estamos hablando únicamente de la música, sino de espacios de expresión y hasta movimientos sociales. Me pregunto si los “timbiriches” están conscientes del papel que jugaron en todo esto.
La serie de ViX no atina a satisfacer a ninguna audiencia: ni a los fans del grupo ni a los interesados en el contexto histórico. Pero todavía, entre los pésimos diálogos, la terrible dirección de actores y la muy mala leche, queda algo por considerar. La sociedad mexicana está abordando esta polémica, como de costumbre, desde el juicio moral y la indignación, pero yo quisiera saber si los integrantes de Timbiriche aún son capaces de sentarse a ver esta serie como cualquier otro miembro del público y, tal vez, enterarse de alguna otra cosa que ellos mismos ignoraban.