Hubo un tiempo en que las mujeres podían criar a quienes gobernarían el país, pero no podían participar en su elección ni, en general, en la política. Sostenían hogares, trabajaban y educaban a sus hijos, mientras las decisiones públicas se tomaban sin reconocerles el mismo derecho a intervenir. Fuera de casa, otros pretendían hablar en su nombre.
El 17 de octubre, aniversario del reconocimiento constitucional de la ciudadanía de las mexicanas en 1953, invita a mirar esta conquista desde el territorio familiar. La lucha por el voto cuestionó una idea arraigada: que el padre o el esposo representaban suficientemente los intereses de todas las personas de su familia.
Las raíces de esa desigualdad son antiguas. En Roma, la organización familiar colocaba al paterfamilias en una posición de autoridad, mientras las mujeres quedaban excluidas de las asambleas políticas. Además, en los comicios centuriados, la distribución de los votantes según su riqueza favorecía a los sectores más acomodados.
No existía, como regla general, un solo voto por familia. Sin embargo, aquella estructura permite reconocer cuánto tiempo convivieron la subordinación de las mujeres dentro del hogar y su exclusión de las decisiones públicas. Estudiar Derecho Romano también ayuda a comprender las desigualdades que hemos tenido que superar en México.
Muchos siglos después, en México todavía se argumentaba que el voto femenino era innecesario porque los hombres ya expresaban la voluntad familiar; como si compartir una casa significara pensar igual; como si una mujer careciera de criterio propio por estar casada; como si el afecto autorizara a sustituir su voluntad.
Las mujeres tuvieron que exigir lo que nunca debió ponerse en duda: su capacidad para decidir sobre el destino de su comunidad. El sufragio fue resultado de organización y perseverancia. Detrás de su reconocimiento estuvieron mujeres que enfrentaron burlas y resistencias de quienes pretendían mantenerlas al margen de la vida pública.
El camino tuvo avances locales antes del reconocimiento nacional. En Yucatán hubo mujeres electas desde 1923. En 1947 se reconoció constitucionalmente el derecho de las mujeres a votar y ser votadas en elecciones municipales. En octubre de 1953 llegó el reconocimiento constitucional de su ciudadanía, y el 3 de julio de 1955 las mujeres participaron por primera vez en una elección federal ordinaria.
Aquellas votantes no llevaron una credencial del IFE o del INE, instituciones que todavía no existían. Ya había documentos electorales para acreditar a quienes podían sufragar, aunque no tenían fotografía. Lo extraordinario fue que pudieron acudir a las urnas para ejercer un derecho que durante generaciones les había sido negado.
Entre ellas estaban las abuelas y bisabuelas de muchas familias actuales. Algunas habían crecido escuchando que la política era asunto de hombres. Su participación abrió posibilidades para sus hijas y nietas: elegir representantes, competir por cargos públicos y ocupar espacios de decisión. En 2025, las mexicanas también acudieron a las urnas para elegir a personas juzgadoras y participaron como candidatas a esos cargos. Aquellas abuelas que lucharon por tener voz en las elecciones abrieron camino para que sus nietas pudieran ahora votar por juezas, magistradas o ministras, e incluso convertirse en una de ellas.
Pero la autonomía política también se respeta en casa. Una mujer puede votar distinto de su pareja, de sus padres o de sus hijos; no tiene que justificar su elección para conservar el afecto familiar. El voto libre y secreto protege su decisión frente a cualquier presión, incluso cuando proviene de alguien cercano.
Por eso importa lo que enseñamos a niñas y niños cuando hablamos de política. Escuchar opiniones diferentes, permitir preguntas y discutir sin descalificar son formas de educar en democracia. Ninguna familia pierde su unión porque sus integrantes tengan convicciones distintas; aprender a respetarlas puede fortalecerla.
A las abuelas como Josefina y como Carmen, que abrieron el camino de las mujeres a las urnas, les debemos más que una conmemoración: les debemos respeto a la libertad que conquistaron. Es importante que ninguna mujer tenga que pedir permiso para participar ni callar para conservar la paz familiar; que ninguna hija o nieta, dentro o fuera de casa, vuelva a creer que su voz o su voto valen menos.