En octubre, Jardines del Pedregal amanece con una luz limpia. La piedra volcánica conserva el frío de la noche; detrás de las bardas, las casas parecen vivir de espaldas a la calle. Hay portones de hierro, jardines cuidados y perros que ladran sin asomarse. Levantado sobre la lava del Xitle, el barrio tiene algo de fortaleza: aquí la arquitectura protege la intimidad con muros que también protegen del mundo.
Una mañana, las pantallas de los celulares empezaron a mostrar que detrás de una de esas bardas había aparecido una figura parecida a un demonio.
La criatura tenía cabeza de cabra, cuernos afilados, alas extendidas y un cuerpo salido de un sueño febril. Permanecía inmóvil sobre una pared de piedra negra, mirando la calle con la paciencia de las cosas que no necesitan moverse para inquietar. La fotografía tenía la nitidez engañosa de las imágenes que parecen verdaderas, pero esconden lo necesario para ponerlas en duda.
Nadie encontró la dirección exacta donde supuestamente había sido colocada. Pero unos hablaban de vecinos indignados; otros, de ruidos extraños y de un propietario que se negaba a retirar la figura. La historia crecía con cada reenvío. Alguien decía conocer a quien había visto la estatua; otro, a quien había hablado con el vigilante de la privada. La criatura tenía domicilio y enemigos, aunque nadie pudiera señalar la casa donde vivía.
En esta ciudad, los rumores tienen una manera particular de escaparse de sus autores.
Después se supo que la fotografía era una imagen fabricada con inteligencia artificial, una ocurrencia digital que encontró en las redes sociales una vida más larga que la prevista. Pero algunos ya habían salido a buscarla por las calles del Pedregal, entre bardas que no devolvían la mirada y jardines donde el viento levantaba hojas secas.
Cerca del lugar donde supuestamente se encontraba la extraña cabra hay una propiedad vinculada con los Legionarios de Cristo. La imaginaria proximidad añadió ironía al rumor: la cabra y la cruz, el símbolo esotérico y la institución religiosa, compartiendo paisaje. No había relación entre ambos; bastaba con que la imaginación los pusiera a conversar.
La autoridad de la alcaldía Álvaro Obregón salió a pedir calma y a desmentir las versiones alarmistas. Llegó cuando la criatura ya había recorrido la ciudad sin abandonar su pedestal inexistente. No había estatua que retirar ni aparición que perseguir. Había una imagen y una multitud dispuesta a completar lo que no mostraba.
El Baphomet es una figura medieval que en realidad representa la unión de fuerzas opuestas. Sin embargo, con el tiempo, la cultura popular y ciertos temores religiosos la convirtieron en emblema satánico. La inteligencia artificial no inventó ese miedo: le puso una dirección y la rumorología hizo el resto.
Mientras la ciudad discutía sobre el ser demoníaco, otra inquietud más profana rondaba las conversaciones: el patrimonio inmobiliario, las reglas sobre el uso del suelo y el temor a que las decisiones públicas alteraran el valor de una propiedad. El aumento en las tasas del impuesto predial aparecía entre esas preocupaciones, junto con una pregunta nada esotérica: ¿el gobierno busca decidir sobre aquello que es mío?
El predial y la imagen de Baphomet son asuntos sin nada en común. Pero en esos días encontraron vecindad. La criatura parecía encarnar una intrusión: algo ajeno que aparecía detrás de un muro, sin permiso ni explicación.
En otras partes de la ciudad, el miedo tiene rostros más inmediatos: la violencia, el despojo, la incertidumbre de llegar a casa. En el Pedregal, la aparición tocaba otra fibra: la posibilidad de que algo rompiera el orden cuidadosamente construido. Ninguna barda es inexpugnable cuando la amenaza no necesita cruzar la puerta.
Antes de los algoritmos estuvieron la Llorona, los aparecidos y los muertos que andan penando. La ciudad fabrica historias para dar cuerpo a lo que no sabe nombrar. Ahora puede producir una fotografía convincente, compartirla miles de veces y dejar que la realidad corra detrás, tratando de alcanzarla.
Al final, octubre sigue extendiendo sus tardes sobre la piedra volcánica. Los portones permanecieron cerrados. Del ser demoníaco no quedó más que una imagen que nadie podía encontrar en la calle, aunque muchos la hubieran visto en su teléfono.
Baphomet no pagará predial. No tiene escritura, domicilio ni obligación fiscal. Sin embargo, consiguió instalarse donde ninguna criatura necesita permiso para entrar: en la imaginación de una ciudad preocupada por las nuevas condiciones para sus propiedades.
La estatua nunca estuvo en el Pedregal. La incertidumbre, en cambio, sí. Quizá por eso la criatura resultó tan convincente: detrás de los muros levantados para mantener afuera al mundo, encontró una puerta abierta.