En un billar de la colonia Morelos, bajo la luz amarilla de un foco que nunca terminaba de alumbrar del todo, un hombre llamado Abel Morales Rodríguez ganaba tres pesos diarios. Aquella tarde de 1944 lo estaban afiliando al Seguro Social. Cuando le entregaron la credencial con el número 000001, el cartón todavía olía a tinta fresca y a porvenir. No era sólo un documento. Era el primer eslabón de una promesa nacional: que el Estado mexicano se comprometía a cuidar no únicamente la enfermedad del trabajador, sino su vida entera. Salud, descanso, cultura, deporte, vejez digna. Un proyecto de nación que aspiraba a construir bienestar donde antes sólo había jornada e incertidumbre.
Esa promesa se extendió por la Ciudad de México como una arquitectura de ambiciones. El edificio sede del IMSS en Reforma se levantó con la solemnidad de quien cree en las instituciones. El Parque de Beisbol del Seguro Social convirtió los domingos en fiesta de pelota y gritos compartidos. Los teatros abrieron sus puertas para que el mismo hombre que esperaba turno en el consultorio pudiera sentarse a mirar una obra. Oaxtepec y La Trinidad ofrecieron al trabajador el derecho casi subversivo de no producir durante unos días. Y en el corazón de ese sueño, en las paredes del Centro Médico Nacional La Raza, Diego Rivera pintó entre 1953 y 1954 la imagen que todavía resume la ambición y su posible traición.
El pueblo en demanda de salud no es un mural decorativo. Es una tesis al fresco. Ocupa un espacio enorme dentro del hospital, de modo que quien entra a curarse o a acompañar a alguien enfermo no puede evitarlo. El pueblo aparece como sujeto histórico, no como paciente pasivo. La salud no es un favor técnico ni un privilegio de especialistas: es una exigencia colectiva que requiere ciencia, organización, higiene, prevención y responsabilidad pública. Rivera colocó el conocimiento médico al servicio de una comunidad que demanda, que exige, que no ruega. El arte dejó de ser objeto distante y se volvió parte del aire que se respira en los pasillos. El título importa más que cualquier figura aislada: no es “la medicina triunfante” ni “el hospital heroico”. Es el pueblo demandando salud. Esa demanda incluía, en la lógica del Instituto de entonces, el derecho a una vida que no se agotara en el trabajo y en la enfermedad. El mural era el corazón simbólico de un proyecto que quería ser total. Hoy sigue ahí, visible, imponente, esperando que alguien levante la mirada mientras camina hacia una consulta o hacia una incubadora.
Pero el eco que produce ha cambiado de temperatura. Lo que fue imagen aspiracional se ha vuelto, para muchos, espejo de incumplimiento. El mismo Instituto que alguna vez ofreció teatros, parques de beisbol y centros vacacionales enfrenta ahora una crisis que ya no se disimula: servicios de salud tensionados hasta el límite, pensiones que se han vuelto otra forma de espera, y el abandono casi completo de aquella vertiente cultural, deportiva y social que formaba parte del mismo tejido de derechos. La promesa se ha ido reduciendo. Primero se fue el ocio organizado. Después empezó a resquebrajarse lo esencial.
Esta semana el eco se volvió estruendo. De Guadalajara y de Durango llegan los nombres de bebés que no alcanzaron a cumplir meses. Madres que se escriben en un grupo de WhatsApp y se llaman, sin anestesia, mamás en duelo. Incubadoras convertidas en noticia nacional. Bacterias que se transforman en sospecha y en expediente. En las avenidas de esta misma ciudad, trabajadores del Instituto bloquean calles y gritan que no hay material, que no hay personal, que el turno se ha vuelto una lotería. La consigna es seca y terrible: no se vayan a enfermar. La ciudad escucha. Sabe medir la distancia entre el promedio nacional de abasto y la madrugada concreta de una unidad neonatal. Sabe que las auditorías tardan y que las explicaciones oficiales llegan siempre un poco después del dolor.
El cartón del número 000001 sigue guardado en su archivo. El muro de Rivera sigue mirando a quienes cruzan el hospital. El terreno donde estuvo el Parque del Seguro Social ya no huele a pasto ni a pelota. Y en algún rincón de esta república, esta misma noche, alguien espera que la gasa llegue a tiempo, que el personal baste, que la promesa no se haya reducido apenas a un número impreso hace más de ochenta años.
La pregunta que queda suspendida en el aire de la ciudad no es si el pasado fue perfecto. Es si todavía es posible que un derecho nacido para cuidar la vida entera del trabajador —su salud, su vejez, su descanso, su dignidad— no se quede solamente en el recuerdo de lo que alguna vez la nación se atrevió a imaginar.