Jalisco: el agua no se ensucia sola

13 de Octubre de 2026

Jalisco: el agua no se ensucia sola

Julieta Mendoza - columna

Hay crisis que estallan de pronto y otras que se construyen lentamente, entre advertencias ignoradas, presupuestos insuficientes y decisiones que siempre pueden esperar. La del agua en Jalisco pertenece a las segundas. No comenzó cuando los ciudadanos denunciaron que de sus llaves salía agua turbia, con sedimentos y olores desagradables. Comenzó mucho antes, cuando el deterioro de la infraestructura dejó de ser una señal de alarma para convertirse en parte de la normalidad administrativa.

Lo preocupante no es únicamente que falle el suministro. Es que una sociedad haya tenido que acostumbrarse a desconfiar de un servicio público por el que paga y que debería garantizar condiciones mínimas de seguridad.

El Sistema Intermunicipal de los Servicios de Agua Potable y Alcantarillado, SIAPA, es una pieza central de esta historia. Su deterioro financiero, las dificultades de recaudación y las deficiencias de infraestructura obligan a revisar cómo se ha administrado durante años. Pero sería demasiado sencillo atribuir todo a una institución. Detrás de cada organismo público existen decisiones políticas, presupuestos aprobados, funcionarios responsables y mecanismos de supervisión que debieron funcionar.

Ahí está el verdadero problema: las fallas administrativas pueden acumularse durante años sin consecuencias visibles para quienes toman decisiones, mientras sus efectos terminan concentrándose en la vida cotidiana de los ciudadanos.

El gobernador Pablo Lemus ha reconocido la gravedad de la crisis y anunciado proyectos para mejorar el abastecimiento. Entre ellos figura un nuevo acueducto Chapala-Guadalajara, cuya inversión propuesta supera los 11 mil millones de pesos. La infraestructura es necesaria, pero una inversión millonaria no constituye, por sí misma, una solución. Importa saber qué problemas resolverá, cuánto costará mantenerla y quién verificará sus resultados.

¿Por qué la prevención suele recibir menos atención política que las grandes obras?

Reparar tuberías, detectar fugas, modernizar plantas y vigilar descargas contaminantes quizá produzca menos fotografías oficiales que inaugurar infraestructura. Sin embargo, esas tareas determinan si el agua llega en condiciones adecuadas a los hogares.

También sería un error reducir esta crisis a una disputa entre administraciones. El deterioro acumulado exige revisar responsabilidades anteriores, pero el gobierno actual tiene obligaciones que no pueden aplazarse. La continuidad institucional significa precisamente eso: los problemas heredados no desaparecen con el cambio de funcionarios.

La dimensión más injusta aparece cuando observamos quién paga las consecuencias.

Una familia con recursos puede comprar garrafones, instalar sistemas de filtración o almacenar agua. Para otra, esos gastos representan sacrificar una parte del presupuesto destinado a alimentación, transporte o educación. Así, una deficiencia del servicio termina convirtiéndose en una forma silenciosa de desigualdad.

Y hay algo todavía más delicado: la incertidumbre. No saber si el agua que llega a casa puede utilizarse con seguridad afecta la confianza de las personas en las instituciones encargadas de proteger su salud.

Por eso, Jalisco necesita mucho más que anuncios. Requiere mediciones independientes de calidad, información pública comprensible, auditorías, mantenimiento verificable y responsables identificables. También necesita una política que proteja las fuentes de abastecimiento y enfrente la contaminación sin excepciones ni complacencias.

La ciudadanía tiene la obligación de cuidar el agua, pero no puede cargar con la responsabilidad de corregir décadas de deficiencias institucionales.

La crisis hídrica de Jalisco plantea una pregunta que trasciende al SIAPA y al gobierno estatal: ¿qué valor tiene un derecho cuando las instituciones no consiguen garantizarlo?

El agua no debería convertirse en un privilegio determinado por el ingreso familiar, ni su calidad depender de la colonia donde se vive.

La verdadera medida de una política pública no está en los millones que anuncia invertir, sino en los problemas que consigue resolver.

Y mientras abrir una llave siga siendo motivo de desconfianza, Jalisco tendrá una deuda pendiente que ninguna obra, discurso o cambio de administración podrá dar por saldada.