“Cuando las personas temen al gobierno, hay tiranía. Cuando el gobierno teme a las personas, hay libertad”. Thomas Jefferson
El próximo domingo 25 de octubre se definirá, en una segunda vuelta electoral, el nuevo Presidente de Brasil y el triunfo de Flávio Bolsonaro podría convertirse en un momento que desarme el movimiento de izquierda en América Latina.
La primera vuelta del 4 de octubre ya dejó un veredicto claro, y es que el partido del Presidente Lula Da Silva quedó por debajo de un candidato que las encuestas habían subestimado, con 47% de los votos válidos frente al 45% de Da Silva, Flávio Bolosnaro logró tomar la delantera. Lo que se observa en el aún Presidente no es la serenidad de un estadista que confía en su legado, sino la agitación de un dirigente que percibe el riesgo de perder el poder.
La desesperación se ha vuelto evidente en las medidas de última hora, a pocos días de la segunda vuelta electoral, el gobierno de Lula anunció la eliminación temporal de los impuestos federales a la gasolina, prorrogó subsidios a los combustibles y amplió ayudas para contener los precios, por supuesto que se trata de alivios que llegan en el momento preciso de la campaña.
También ha buscado condonar impuestos a empresas, subsidios extraordinarios y ha anunciado beneficios con prisa electoral, lo que por supuesto no es una señal de un proyecto coherente; sino más bien síntoma de un gobierno que busca recuperar dos o tres millones de votos a toda costa.
Lula aspira a un cuarto mandato no consecutivo, la negativa a ceder espacio, a renovar el liderazgo o a aceptar que el ciclo natural de la política exige relevos se traduce en una concentración de poder que dificulta la renovación. En América Latina, este apego al cargo ha sido una constante de la izquierda y es que la retórica de la transformación social ha terminado en la perpetuación de quienes ya ocupan el poder, y es que cuando un dirigente evita a toda costa delegar y las decisiones clave se mantienen en un círculo reducido, el resultado no es continuidad democrática, sino una forma de tiranía.
El balance de la izquierda latinoamericana en las últimas dos décadas ofrece elementos suficientes para que el descontento de la población esté más que justificado, en varios países de la región se han registrado episodios de corrupción a gran escala, deterioro institucional, crecimiento del narcoterrorismo con todos sus daños colaterales, pérdida de competitividad económica y empobrecimiento de amplios sectores.
En otros países, la izquierda ha dejado deudas públicas elevadas, sistemas de seguridad y salud deteriorados y una sensación generalizada de que las promesas de inclusión no se tradujeron en mejoras sostenibles; incluso el encarcelamiento de disidentes políticos, la instrumentalización de la justicia y la dificultad para aceptar derrotas electorales forman parte de un repertorio que ya no puede presentarse como excepción.
Lula mismo tiene un historial de condenas por corrupción que, aunque anuladas, forman parte de la memoria política brasileña, pretender que ese pasado es irrelevante mientras se acusa a los adversarios de representar una amenaza democrática resulta, cuando menos, inconsistente.
Personalmente, me gustaría ver el triunfo de Flávio Bolsonaro, no se trata de idealizar una corriente política, sino de reconocer que una derrota del petismo en Brasil significaría un golpe más a un ciclo de la izquierda regional que ha acreditado ineficacia económica, deterioro institucional y colusión con el narcoterrorismo.
La segunda vuelta brasileña no es solo una disputa entre dos candidatos, es un momento en el que se pone a prueba si la izquierda latinoamericana puede renovarse o si continúa aferrada a los mismos liderazgos, a las mismas contradicciones y a la misma dificultad para aceptar que el poder no es permanente.
Si Flávio Bolsonaro obtiene la victoria el 25 de octubre, no solo se habrá definido el gobierno de Brasil; se habrá enviado una señal adicional de que el ciclo de la izquierda autoritaria, ineficaz y propensa a la concentración del poder enfrenta límites reales.