La Ciudad de México es mucho más que avenidas, edificios y estaciones del Metro. En las Alcaldías Milpa Alta, Tlalpan, Xochimilco, Tláhuac, La Magdalena Contreras, Cuajimalpa de Morelos y Álvaro Obregón hay comunidades vinculadas con la vida rural. Allí, entre tierras de cultivo y bosques, viven mujeres que trabajan, estudian, emprenden, cuidan y participan en las decisiones de sus comunidades. Las mujeres rurales también son capitalinas y son motivo de orgullo para la Ciudad.
En octubre conmemoramos el Día Internacional de las Mujeres Rurales, hay que reconocerlas, mirar sus aportaciones y preguntarnos cuánto conocemos de sus vidas. Hablar de ellas exige escuchar sus voces, comprender la diversidad de sus actividades y reconocer las dificultades que enfrentan para desarrollar sus proyectos personales, familiares y comunitarios.
Ser mujer rural no se trata solamente de cultivar una parcela o ser propietaria de una tierra, pues entre ellas podemos encontrar campesinas, comerciantes, artesanas, estudiantes, profesionistas y cuidadoras, lo que nos hace entender que, ser mujer rural comprende distintas formas de vivir y participar en una comunidad. Ser mujer rural significa una forma de vida e identidad.
Las mujeres rurales también se dedican a actividades relacionadas con el campo: siembran, cultivan, cosechan y participan en la producción de los alimentos que llegan a nuestras mesas, por lo que merecen un reconocimiento particular. El trabajo de las mujeres rurales contribuye a alimentar al mundo.
Reconocerlas implica valorar sus conocimientos, experiencia y participación en la economía familiar y comunitaria. Llamar “ayuda” a su trabajo puede ocultar el esfuerzo, la responsabilidad y el valor económico de lo que hacen.
El artículo 14 de la “Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer”, conocida como CEDAW, reconoce la aportación de las mujeres rurales a la subsistencia económica familiar, incluido su trabajo en actividades que no generan ingresos monetarios.
Es primordial apreciar cuánto se sostiene con labores que suelen pasar inadvertidas; cuando alguien administra el hogar y vive en zona rural, resumir toda esa actividad de una mujer en la expresión “ama de casa” deja fuera muchas de sus aportaciones. El trabajo rural tiene valor propio. Una misma persona puede atender un negocio, participar en la cosecha, administrar recursos familiares, cuidar a una persona enferma.
¿Cómo se distribuyen esas responsabilidades? Cuando todo ello recae principalmente en ellas, disminuye su tiempo disponible para estudiar, descansar, obtener ingresos o participar en su comunidad.
En las Alcaldías con zonas rurales, compaginar el trabajo citadino y la vida rural es parte de las actividades de toda la comunidad, así se logra que los engranes de la Ciudad continuen su cauce.
En ese sentido, la CEDAW establece que los Estados deben considerar los problemas especiales que enfrentan las mujeres rurales y contempla derechos relacionados con la salud, la educación, la seguridad social, las condiciones de vida y la participación en el desarrollo rural; para hacerlos efectivos se requiere escuchar a las mujeres y considerar las características de sus comunidades, pues para atender sus necesidades, su voz debe contar.
Dedico hoy, mis palabras a mis queridas mujeres rurales chilangas, también a las de todo México; y a la vez, rindo homenaje a Gabriela Zamora Sánchez, mujer rural tamaulipeca, ejemplo para el país y veterinaria por vocación.
Cada generación de mujeres rurales de la Ciudad, tiene aspiraciones que merecen espacio y apoyo. Las niñas y adolescentes deben poder elegir su futuro, amando su comunidad, aprendiendo sus tradiciones y construyendo un camino propio; mientras que las mujeres mayores merecen cuidados, escucha y deben valorarse por sus conocimientos y trayectoria.
Este próximo 15 de octubre, demos realce a las mujeres rurales orgullo de la Ciudad de México; valoremos sus sueños y aspiraciones, escuchemos sus voces y garanticemos su participación en la toma de decisiones que impactan sus formas de vida y la transformación de la Ciudad.
Las mujeres rurales son fundamentales para el desarrollo de nuestra sociedad: con sus distintas actividades, sostienen familias y dan vida a las comunidades, que su voz se valore tanto como su trabajo.