Navi Pillay: un Premio Nobel para una justicia bajo fuego

13 de Octubre de 2026

Navi Pillay: un Premio Nobel para una justicia bajo fuego

Omar Hurtado_WEB.jpg

Omar Hurtado

Hoy no dejamos de vivir bajo el asedio de la barbarie, atrapados en ese eterno conflicto que Sófocles inmortalizó en Antígona: la rebelión de la conciencia humana frente a la irracionalidad del poder absoluto, rígido y autoritario, cuya falta de templanza conduce a la ruina. Habitamos bajo una crueldad sistemática, en una época ausente de moral, civilidad y respeto a la vida. Recientemente escribí un artículo en el número cien de la revista de la Asociación de Diplomáticos Escritores (ADE) intitulado “La infancia bajo fuego: el colapso de los derechos de la niñez en Gaza y Ucrania”, cuyo título no merece más explicación y cuyas imágenes no puedo menos que confesar que me causan dolor.

En los pasados días, los medios informaron que el Premio Nobel de la Paz 2026 fue otorgado a Navanethem “Navi” Pillay, quien ha afrontado una permanente lucha para garantizar que se persigan los crímenes de guerra, el genocidio y los delitos de lesa humanidad; actos bárbaros que atentan contra la dignidad mediante el asesinato, la tortura, la esclavitud, la violación sistemática, la persecución y el exterminio de los pueblos. Su trascendencia radica en su firme defensa de los derechos humanos y el derecho internacional humanitario.

La galardonada creció en una familia de origen tamil indio en Durban, Sudáfrica, cuando el país estaba bajo el yugo del “apartheid”. Las donaciones de su comunidad local le permitieron matricularse en la Universidad de KwaZulu-Natal, en cursos exclusivos para estudiantes no blancos. Tras graduarse, defendió a activistas que se oponían a la segregación, incluido su propio esposo y el líder Nelson Mandela.

En 1995 se convirtió en la primera mujer no blanca en ejercer como Magistrada del Tribunal Superior, para incorporarse posteriormente a los trabajos de la ONU como jueza del Tribunal Penal Internacional para Ruanda (1995-2003), creado para procesar a los responsables del genocidio de 1994. Más tarde fue magistrada de la Corte Penal Internacional (CPI) en La Haya (2003-2008), antes de ser nombrada Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (2008-2014).

Desde 2019 participa en el tribunal de la ONU sobre el caso de Gambia contra Myanmar por denuncias de genocidio. También presidió la Comisión Internacional Independiente de la ONU de Investigación sobre el Territorio Palestino Ocupado e Israel (2021-2025), encabezando indagatorias sobre crímenes de guerra y lesa humanidad en la región —donde un informe de la ONU de 2025, rechazado por Israel, afirmó la presencia de genocidio en Gaza—.

Todo esto sucede en un orden internacional bajo una intensa presión contra los mecanismos multilaterales de justicia por parte de potencias globales. Los ataques al multilateralismo y a la CPI se materializaron con sanciones financieras estadounidenses y bloqueos para asfixiar la capacidad operativa de la Corte, así como presiones directas contra magistrados y personal de la Fiscalía, incluida su presidenta Tomoko Akane.

Potencias que no forman parte del Estatuto de Roma —como Estados Unidos e Israel— han intensificado su rechazo absoluto a los fallos de la justicia internacional; Washington manifiesta su abierta intención de desmontar la CPI si continúa persiguiendo a sus ciudadanos o países aliados. Ante esto, el Secretario General de la ONU, la Unión Europea y diversos países denuncian que este tipo de medidas representa un ataque directo al Estado de Derecho global. A la fecha, Estados Unidos ha sancionado a 17 jueces y funcionarios de la Corte.

En este mundo nos tocó vivir; uno donde, aun con graves dificultades para hacer que los actores poderosos rindan cuentas, lo cierto es que el derecho internacional sigue siendo una necesidad absoluta para la paz. Pillay ha advertido con insistencia que las instituciones jurídicas, la CPI en particular y los derechos humanos están bajo un constante ataque, lo que socava la premisa de que la justicia es indispensable para una paz duradera. La jurista ha contribuido, como pocos, a definir las normas y principios jurídicos que sostienen al mundo a lo largo de su extensa y admirable trayectoria internacional.