Durante su reciente presentación en The Sphere, en Las Vegas, James Hetfield, líder de Metallica, encendió la conversación en la industria musical al arremeter contra los artistas que utilizan el escenario como tribuna política. Con un discurso que llamaba a mantener los conciertos como espacios de “evasión, amor y heavy metal”, el vocalista arremetió contra quienes difunden lo que calificó como “basura” ideológica.
Aunque la postura de Hetfield coincide con la línea histórica de la banda —que siempre ha evitado abanderar causas sociales para no polarizar a su audiencia—, la proclama por sí sola es una declaración.
Especialmente en tiempos de crisis globales y violaciones sistemáticas a los derechos humanos, elegir el silencio es una declaración per se.
El rechazo de Hetfield a la política en el foro enmarca un distanciamiento evidente frente a creadores que conciben el arte como una herramienta de transformación y denuncia.
Históricamente, figuras como Roger Waters convirtieron sus giras en alegatos contra la guerra y el autoritarismo. Más recientemente, el rapero Macklemore asumió la cancelación corporativa por condenar el genocidio en Palestina, mientras que agrupaciones icónicas como Blondie utilizan sus plataformas para la concienciación ambiental y la preservación del ecosistema.
De acuerdo con estudios del Pew Research Center sobre consumo cultural y polarización, cerca del 58% de las audiencias jóvenes espera que los artistas con gran proyección global fijen posturas claras frente a crisis humanitarias o de derechos civiles. Al negar ese espacio, Metallica opta por un repliegue que bordea la apatía y, quizás, retrata su decadencia… o, al menos, un anacronismo artístico. Y es que no se trata de la negativa a fijar una postura, sino de denostar a quienes sí lo hacen.
Esta controversia reaviva viejas fisuras en la reputación del grupo, que en el año 2000 protagonizó uno de los episodios más amargos de la era digital al demandar a Napster. En aquel litigio, Lars Ulrich y Hetfield entregaron una lista con más de 335,000 nombres de sus propios seguidores para exigir su bloqueo de la red de intercambio de archivos. Aunque la banda ganó la batalla legal en los tribunales y provocó la quiebra de la plataforma en 2001, la victoria implicó un costo de imagen devastador: la comunidad internacional los etiquetó como una corporación de millonarios distante de las inquietudes de sus fanáticos.
La comodidad del establishment
Hoy, el reclamo de Hetfield vuelve a colocar a Metallica en una posición que el público lee como profundamente conservadora. Pretender que el rock o el metal carecen de contenido político es negar el origen contestatario de un género que nació, precisamente, para incomodar al poder. Cuando la industria musical factura miles de millones de dólares anuales y los boletos para un concierto en un recinto de última generación superan con facilidad los cientos de dólares, la neutralidad abogada desde la tarima suena a la comodidad de quien prefiere no arriesgar patrocinadores ni taquillas.
Metallica optó por la asepsia política en un mundo convulso y demostró cuán fácil se funde su metal.