Sisoguichi

20 de Octubre de 2026

Sisoguichi

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Rubén Moreira

¡Ve y prende fuego al mundo!, le dijo Ignacio a Francisco Javier cuando lo mandó en misión al Lejano Oriente. La Compañía transforma lo que toca; miles de sus integrantes han caminado por el mundo para llevar la palabra viva de Jesús. Los hay en los altares y también en el anonimato.

Chihuahua es una gran entidad y es muy difícil, tal vez imposible, terminar de recorrerla y conocerla a profundidad. Por ejemplo, el municipio de Guadalupe y Calvo, según el INEGI, tiene 1,046 poblaciones donde viven 50 mil personas. Eso nos da una idea de la dispersión y de lo complejo de la sociedad que vive y convive en esas latitudes. Una buena parte del territorio de la entidad está formada por imponentes e impresionantes macizos montañosos que, por cierto, son el reino de la rica y emblemática cultura rarámuri.

Sisoguichi cumple 350 años. En su templo descansa el cuerpo de José Llaguno, el famoso obispo jesuita de la Tarahumara. Hasta ese lugar arribó la Compañía en 1676. Lo hizo en la figura de Antonio de Oreña, quien, con sus compañeros, inició un trabajo pastoral que sigue vivo. No solo era la transmisión de la fe lo que animó aquella empresa; esos hombres intentaban construir la utopía de una sociedad mejor, bajo aquel mandato de Ignacio que dice: «El amor se debe poner más en las obras que en las palabras».

La ahora concatedral de Sisoguichi data de 1720 y reemplazó edificaciones anteriores donde, por casi 100 años, se reunieron generaciones para adorar y clamar al Dios de Abraham. La primera construcción fue de adobe y paja, y seguro también sirvió de refugio, centro de evangelización y encuentro de culturas. Junto a ella había otras modestas instalaciones de la Iglesia y las casas de quienes primero se evangelizaban y adquirían una forma distinta de sociedad.

La Compañía llegó a la Nueva España en septiembre de 1572, por San Juan de Ulúa. Eran quince sacerdotes, enviados por san Francisco de Borja, tercer superior general de la orden, encabezados por Pedro Sánchez, primer provincial jesuita en México. Desde la capital del virreinato extendieron su labor hacia regiones del noroccidente, entre ellas Zacatecas, Durango, Chihuahua, Sonora y Sinaloa. A finales del siglo XVI y principios del XVII avanzaron hacia el norte, siguiendo dos rutas: desde Durango, capital de la Nueva Vizcaya, hacia el sur de lo que hoy son Chihuahua y Coahuila, y desde Sinaloa hacia la región de Chínipas, en la vertiente occidental de la Sierra Madre. En 1604, el padre Joan Fonte llegó a Santa Bárbara y penetró en territorio chihuahuense para establecer contacto con los pueblos indígenas; en 1611 fundó la misión de San Pablo, en la actual Balleza. Posteriormente, los misioneros extendieron su presencia entre los rarámuris, tepehuanes y otros grupos indígenas, estableciendo misiones en distintos puntos de la Tarahumara. Esta labor, marcada tanto por la evangelización y la enseñanza como por los conflictos y levantamientos indígenas, se prolongó hasta 1767, cuando Carlos III puso a los jesuitas de patitas en la calle o, mejor dicho, fuera de sus dominios.

Hace unos días me invitaron a los festejos de Sisoguichi. Estuve por poco tiempo, no el suficiente para disfrutar y aprender, pero sí el necesario para tomar conciencia de la importancia del sitio, la Compañía y la Iglesia católica. La liturgia, maravillosa mezcla de la aceptación de la palabra y el encuentro con la milenaria cultura rarámuri y la naturaleza, no solo repitió la pasión del Señor; además, nos recordó la epopeya de la Palabra en su viaje hasta ese sitio.

El párroco es un estudioso de la teología que busca construir el Reino desde la tierra, la misma que nació en Latinoamérica y que alentó no pocas rebeldías. El curita, lo digo con cariño, es orgulloso alumno de la prestigiosa Universidad de Centro América, José Simeón Cañas. Por cierto, tuve la oportunidad de conocer el anexo al templo y apreciar un homenaje en fotografías y recuerdos a monseñor Óscar Arnulfo Romero, el santo de los pobres.

No hace mucho fueron asesinados en Cerocahui, otra fundación jesuita, los sacerdotes Javier Campos Morales y Joaquín Mora, de 79 y 81 años. Murieron dentro de su templo y tratando de salvar la vida de un hombre que se refugió en el lugar. Entonces y ahora pienso en la grandeza de la orden fundada por aquel soldado vasco y el compromiso de sus miembros, expresado en la frase: “No trabajaremos, en efecto, en la promoción de la justicia sin que paguemos un precio”.