El problema de la política mexicana no es el partido en el poder, ni la mayoría que ostenta en el Congreso de la Unión. El mayor problema es que enfrente no hay brújula.
El PAN de Jorge Romero y el PRI de Alejandro Moreno se asumen como la conciencia crítica de la nación, pero cargan con dirigentes que no resisten la prueba del espejo, por un lado, a Romero lo persiguen desde hace años los señalamientos sobre el llamado cártel inmobiliario en la alcaldía Benito Juárez de la Ciudad de México, mientras que del lado de Alito, una residencia en Campeche valuada en 300 millones de pesos exhibió como una riqueza que nunca han logrado explicar.
Sin embargo, ambos son mordaces con los escándalos de Morena. Implacables para enjuiciar, increíblemente laxos en la autocrítica. Ahí está el detalle.
Cuando el ciudadano concluye que todos los políticos son corruptos, el voto deja de ser un juicio moral y se vuelve un cálculo práctico: “Al menos voto por el que me da algo, ya sea beca, pensión, o cualquier apoyo”, escuché explicar alguna vez a la tendera de un local en Tlalnepantla.
Morena entendió algo que el PRI y el PAN olvidaron: que las clases desprotegidas querían, antes que nada, sentirse escuchadas. En respuesta, la oposición opta otros interlocutores, en otros países y bajo una lógica imposible de descifrar.
Mientras el gobierno de Donald Trump hace de las redadas del ICE una cacería permanente contra paisanos, Alito viaja a Washington a denunciar “narcopolíticos” y acude al Departamento de Estado para pedir sanciones contra consejeros del INE. ¿En qué universo paralelo pedir auxilio a quien más ha insultado a los mexicanos rinde votos en México?
Los relanzamientos tampoco movieron la aguja.
El PAN estrenó logo hace un año y prometió no aliarse con nadie; hoy deja abierta la puerta al PRI, mientras que éste relanzó su estrategia en marzo, con Rosario Robles como coordinadora de la defensa del voto, ambas estrategias brillan por sus malos resultados, las membresías de ambos partidos están en los niveles más bajos registrados en toda su historia.
Pero la brújula está tan rota que resulta más rentable acosar a Jorge Álvarez Máynez que tocar una puerta, para ejemplificar la estrategia de la autodestrucción está el diputado Carlos Gutiérrez Mancilla, quien arrojó agua sucia al logotipo de MC en San Lázaro, con una jarra que decía “MC mata”, y persiguió a su dirigente entre gritos de “asesino” y “cobarde”. En agosto ya había protagonizado empujones en el Senado. ¿De verdad creen que así la gente los valorará?
No soy partidaria de ningún partido. Pero ninguna democracia funciona sin contrapesos: sin una oposición que recoja las demandas de la sociedad y las convierta en eco, no hay equilibrios, ni consensos, ni mejores políticas públicas.
La oposición mexicana no está moralmente derrotada. Está, simplemente, cegada.
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El impacto del Corona Capital
El Corona Capital tiene un impacto muy relevante en la Ciudad de México. Grupo Modelo y OCESA revelaron que el evento ha sumado más de 3 millones de asistentes con la participación de más de 500 artistas internacionales desde su primera edición en 2010. Corona, la marca de Grupo Modelo que da nombre al festival desde su origen, celebrará su decimosexta edición del 20 al 22 de noviembre en el Autódromo Hermanos Rodríguez. Hoy es uno de los festivales más relevantes del mundo, de acuerdo con Pollstar, y un referente de lo que Corona ha hecho por más de 100 años: posicionar a México en el mundo.
El festival atrae visitantes, moviliza una amplia cadena de proveedores y fortalece la proyección internacional de la ciudad. En 2025, cuando se registraron 236 mil asistencias, la Canaco CDMX estimó una derrama económica de 730.6 millones de pesos y una ocupación de entre 70 y 80% en hoteles cercanos al recinto. Según datos de Ticketmaster México, más del 40% de los asistentes viajaría desde otras ciudades o países, y el público reúne a más de 30 nacionalidades. Entre aficionados mexicanos, el gasto promedio por viaje musical es de 850 dólares y 28% supera los mil dólares.