Luis M Cruz

1.

 El 20 de enero tendrá lugar la inauguración del nuevo gobierno de Estados Unidos, encabezado por el incuestionable ganador de las elecciones, Joseph Biden, en un entorno en el cual un mal perdedor, Donald Trump, puso de relieve la reciedumbre institucional de una democracia consolidada. Más allá del ruido mediático y el estruendo en las redes sociales, las instituciones estadounidenses resistieron el ataque constante al que fueron sometidas en los últimos cuatro años por un presidente diestro en el doble juego en los linderos de la legalidad. Donald Trump siempre creyó que los chantajes y amenazas con los que solía jugar en los negocios privados podía extrapolarlos sin consecuencias a las cuestiones públicas, en donde se actúa conforme lo permiten expresamente las leyes, a diferencia del ámbito privado, donde es posible todo lo que no está prohibido. 

2.

 Con notoria propensión a salirse del marco legal establecido, llegó al poder de manera controversial, envuelto en la diatriba y las complejidades de la conexión rusa, en donde a pesar de las evidencias de injerencias y contactos del embajador ruso Sergei Kysliak con personajes de su entorno cercano, incluido su hijo Donald Jr., el fiscal especial, Robert Mueller, no pudo demostrar cómo un poder extranjero adversario había intervenido y manipulado las elecciones presidenciales. Envalentonado,Trump pudo sortear todo tipo de escándalos, desde polémicas por el pago de impuestos, revelaciones sobre abusos sexuales y relaciones extramaritales, demandas civiles por fraude como el de la Universidad Trump en Nueva York o el despojo a familiares de su hermano Fred, hasta evadir un primer juicio de destitución al documentarse las presiones realizadas al presidente de Ucrania, Volodymir Zelenzky, para que abriera una investigación criminal en contra del hijo de Joe Biden, Hunter, entonces precandidato a la nominación demócrata. 

3.

 En todo este mal andar, los dirigentes del Partido Republicano fueron sus cómplices. Mitch McConnel, el líder de la mayoría en el Senado, se negó pública y abiertamente a recibir testigos cruciales en el juicio de destitución, uno de los cuales testificaría la manera abusiva y gangsteril con la que solía tratar a los dignatarios extranjeros, a quienes humillaba constantemente. En su libro La Habitación donde Ocurrió, el exasesor de Seguridad Nacional, John Bolton, mostraría la tendencia de Trump a retorcer los hilos de política exterior, obsesionado por buscar la reelección a toda costa, habituado a intercambiar favores y presiones como la realizada al presidente ucraniano y que le tenía sometido al impeachment. De alguna forma, esto sería confirmado por otro libro, Rage, de Bob Woodward, quien vería a un Trump alucinado con la reelección, desestimando la inminente pandemia que venía de China y exponiendo a los estadounidenses y al mundo al inmenso caudal de contagios y muertes resultante. 

4.

 El corolario parece propio de una tragedia griega. Por todos los medios, Trump buscó desconocer los resultados electorales desfavorables, maniobró y presionó a los jueces estatales y federales que suponía le debían el cargo, así como a los liderazgos republicanos que pensó le seguirían al precipicio, como lo prueban las grabaciones al secretario de Estado de Georgia, Brad Raffensperger, para que rebuscara los votos, hasta llegar al extremo de incitar públicamente a la rebelión y disponer la toma del Capitolio por una turba de seguidores. 

5.

 En la democracia, los liderazgos políticos viven las consecuencias de sus acciones. Trump deberá enfrentar ahora la destitución o un segundo impeachment, o bien, enfrentar cargos criminales una vez que deje la Casa Blanca. De no detenerlo ahora, la democracia seguiría corriendo el riesgo de la sinrazón, pues intentará mantener dominio del aparato republicano para buscar otra vez la Presidencia en 2024. 

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